Opinión | La frontera
Nieve en Adviento
En la primera escena, las 'Mujercitas' llegan alegres a casa y Jo intenta saltar la valla, pero tropieza y cae
Nevaba. Blandamente. Como solo creía que pasaba en los cuentos. Los bosques eran siluetas que se habían quedado en los huesos, grises y desangeladas, tiritaban sin cobijo. Mástiles alineados, tras los cuales no habría podido esconderse ni un lobo, ni una caperucita. La blancura, intacta, salvo por las huellas pequeñitas, en zig zag, como las que pintaba Pier Brueghel el viejo, o como las que salen en los dibujos animados. Seguramente un mapache, una mofeta corriendo en busca de un disfraz, que no la hiciera una presa fácil en la desnudez del día. No había viento y el frío era agudo igual que la punta de los carámbanos de hielo que cuelgan de los tejados. De las chimeneas sale también un humo blanco.
Cruje, lechoso, el glaseado de los rollitos de canela. Un té caliente aunque sea para calentarse las manos y sentir el vaho empañar las gafas y las ventanas de la cafetería. A un lado un templo masón con su ojo que todo lo ve grabado en la fachada. Y al otro, la aguja, tan alta como una oración, de la Iglesia congregacional trinitaria. Inmaculada, apenas se distingue cuando la nevada arrecia y el aire se vuelve espeso. Las horas pasan sobre las conversaciones, sobre una pareja dichosa de estar a cubierto, de retener las manos del otro entre las suyas y mirarse, largamente. La camarera pasa ofreciendo volver a llenar las tazas del café. En cada mesa se encienden las lamparitas tintineando como los cascabeles de los renos. Y el tono de voz baja, cuidadoso, de no espantar la magia, el amor, enamorado, que se ha posado, suave, como un copo, perfecto. Hizo una ventana de luz en el cristal de la ventana. Ahuyentando con la manga del jersey la irrealidad, empañada. Casi se desearía que las máquinas quita nieve tardaran en pasar y el tiempo también, pasará de largo, silbando un bolero. Los pasos se hunden, pesan. Aunque nada pudiera parecer más bello, los músculos se contraen, la respiración se acelera, trémula, reconociendo, y a la vez sin dar crédito al encuentro. Tan inmenso, tan fuera del alcance de un sueño, que ni siquiera imaginó ser soñado.
En la primera escena, las 'Mujercitas' llegan alegres a casa y Jo intenta saltar la valla, pero tropieza y cae. Apenas se atrevía a rozarla, como si en lugar de una valla de madera fuera una reliquia. Alzó la vista y la ventana de la habitación desde donde escribía estaba allí, no en su imaginación, no en sus deseos infantiles de convertirse en escritora, sino ante sus ojos. Recorrió Orchard House como quién vuelve a la casa de su infancia, a ella misma. Le tembló la barbilla, la boca, el recuerdo de esa niña haciendo teatrillos en casa de su abuela, siempre con un libro debajo del brazo, garabateando, siempre en vuelo, habitando selvas, islas, mundos submarinos, castillos, hasta llegar allí, cuando ni siquiera sabía situarlo en el mapa. Miró sin que nadie más pudiera verlo. Sentada en el escritorio, con los dedos manchados de tinta, Louisa May Alcott, Jo, y una rosalía pequeña. En voz baja les contó que en un anticuario encontró una vez una horquilla de plata con el nombre de Jo grabado, y que lo prendió en su pelo, entre flores, el día de su boda. Les dice que sigue escribiendo, que hace diez años que cuenta historias cada semana en un periódico de Extremadura. Que descubre lugares y gentes, que viaja, que lee, que lee sin parar, que crece, y aprende, y aprende a crecer, que escribe y escribe, que ama, que vive, como si fuera Peter Pan repitiendo yo creo, si creo, yo creo en las hadas. Les habla, aunque nadie pueda oírla, dándoles las gracias. Ha dejado de nevar y, sin que puedan despertarla, las campanas suenan, repiquetean, alegres, ascendiendo, como un milagro, en Concord, Massachussets.
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