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Opinión | A la intemperie

Abogado

Feliz Navidad

Donde les cuento un sucedido y aprovecho para desearles feliz Navidad…

A finales de noviembre vuelvo a mis cementerios. Alguno sabrá cuáles. A este cementerio mío le creció alrededor un barrio de casas bajas que un día fueron blancas. Ya menos. Menos blancas. Un puñado de casas entre el cementerio, el polígono, el secano… y la desidia.

Acaba de amanecer, casi no es de día, pero ya se ve basura por doquier. En estos andurriales no se recoge la basura desde hace… ¿meses? Colchones abandonados, un carrito de supermercado sin ruedas, los restos de una hoguera, papeles al viento y hasta una nevera oxidada… ¿Por qué no se recoge la basura en este barrio? Debieron ser blancas... en las ventanas, rejas, y a las puertas, sillas. Más allá los jabalíes rebuscan en la basura. Basura no les falta. Ni soledad. Una soledad que ahora -a las primeras luces de un domingo de noviembre, festividad de Cristo Rey- está más sola aún. En un solar, un par de motos y lo que queda de un bmw. Frente al solar lo que parece una cantina destartalada. Casi venta del camino. Aparco a fuerza de apetito. Un solar, un camino bacheado, una hilera de cipreses y polvo. Todo está cubierto de polvo… y de abandono. Una tira de luces intermitentes en el dintel de la taberna. Descubro que además de apetito tengo miedo. ¿Ustedes no han tenido miedo en alguna ocasión? A ver si me equivoco y me meto en un charco… Todo por unas flores para un muerto al que no conocí y que ni siquiera está enterrado aquí. Ahora que lo escribo vuelvo a ver aquel tugurio, la basura, los cipreses… la soledad y el miedo chiquito. Entro. Un cuarto minúsculo, a la izquierda la barra, a la derecha cuatro mesas. En la barra un joven cetrino bebe colacao mientras juguetea con un mechero. Un viejo de sombrero de pana y cachaba en una de las mesas. Tras la barra una bata rosa, ya entrada en carnes, y el que pudiera ser su marido. Más lucecitas intermitentes. Y espumillón con trienios. Y un Niño Dios sin manos. Y bolsas de patatas fritas como para echar abajo la pared… y un buenos días que me supo a paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. A mi derecha un calvo cuarentón y un bocadillo de lomo hacen migas. Dudo entre la tapa de magro con tomate que por allí asoma y el bocadillo de lomo. Las voces se cruzan. Se conocen, pero no recelan de mí; así que me calmo y caliento mis manos con un vaso de leche manchada mientras le doy gracias a Dios por el lomo nuestro de cada día... y por la gente. Entra un muchacho y encarga un pollo para luego… que su abuela pasará a pagarlo. Suena, para mi asombro, Manolo Escobar por villancicos. Ahora, fuera, dos fuman. Los veo tras las rejas. El viejo del sombrero de pana se levanta, masculla algo que no entiendo y se va. Y casi ríen. Casi de todo. Entre aludes de bollería industrial veo una bandejita con unos hojaldres a medio camino entre los miguelitos de La Roda y los nicanores de Boñar. Pido uno. La que va dentro de la bata me dice que coja los que quiera; intuyo que son gentileza de la casa y acierto. Hablan alto y a patadas. Ella tartamudea. Alguien, mientras me zampo el hojaldre, pide 103. Ya ni siquiera me parece inhóspito el sitio. Co-co-coja otro, que pronto será Na-na-navidad. Por un instante soy inmensamente feliz entre esas cuatro paredes que un día fueron blancas. Digo adiós con pena. ¡Fe-fe-feliz Navidad! Feliz Navidad, le respondo.

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