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Opinión | EL CHINERO

Directora de La Crónica de Badajoz

Indiferentes

En un pueblo nadie permitiría que un vecino durmiese en la calle sin cobijo

Una persona se cobija en un portal con un saco de dormir, en una calle de Badajoz.

Una persona se cobija en un portal con un saco de dormir, en una calle de Badajoz. / S. GARCÍA

Siendo muy joven, cuando estudiaba en Madrid, una mañana me dirigí al centro en Metro. El vagón estaba lleno hasta los topes y me quedé de pie junto a la puerta. En el trayecto, de repente empecé a sentirme mal y me mareé. Debí perder el conocimiento unas décimas de segundo, porque cuando lo recuperé estaba agachada en el suelo. Nadie me auxilió. Nadie se acercó a preguntarme si me encontraba mal. Era obvio que algo me ocurría. Pero era una desconocida anónima entre desconocidos anónimos, que no demostraron el más mínimo atisbo de humanidad ante un evidente problema de salud del prójimo. Seguramente pensaron que mi desmayo era producto de algún exceso. Prefirieron no complicarse la vida e hicieron como que no me habían visto. En cuanto me recuperé, me levanté por mis propios medios, salí del vagón en la primera parada, subí al exterior y me compré una Coca Cola en el establecimiento más cercano que encontré.

Me he mareado más veces en plena calle. La penúltima ocurrió en la esquina de la plaza de San Atón con la calle Obispo en Badajoz. Acababa de donar sangre en la diputación y, tonta de mí, al terminar no bebí ni tomé nada de lo que me habían ofrecido. Acababa de desayunar y no me apetecía. Mal hecho, porque el líquido que se pierde se tiene que reponer cuanto antes para evitar, precisamente, lo que me ocurrió después. Me encontré con un amigo y estuvimos hablando a pie quieto un buen rato. En un momento dado sentí que me mareaba, avisé, pero ya era tarde y me desvanecí. No solo mi amigo, sino todo el que pasaba se ofreció a ayudar. Me sacaron una silla de una sucursal bancaria para que me sentase, allí, en mitad de la acera, bajo los soportales. Alguien me trajo una lata de un refresco y otra persona, una botella de agua. Hubo quien se esperó hasta que comprobó que había recuperado el color de mi tez perdido. Y mi amigo, que se dirigía a realizar unos trámites, suspendió sus planes para acompañarme al centro de salud.

Comparo estas dos situaciones vividas en mis propias carnes para atestiguar que cuanto más grande es el lugar en el que vivimos, más impersonales se convierten las relaciones entre las personas que lo habitan. La falta de empatía con el desconocido que camina a tu lado es directamente proporcional al tamaño de la localidad en la que transitas. Cuanto mayor es la ciudad, más se distancian los ciudadanos de los problemas de sus vecinos. Sus preocupaciones se circunscriben a los lugares y a la gente que conocen. Fuera de ahí, los problemas de los extraños les resultan ajenos. Lo son hasta que invaden la esfera propia.

Todo viene a cuento porque en las últimas semanas ha habido en Badajoz protestas de colectivos ciudadanos que reclaman al ayuntamiento soluciones para las personas que viven en la calle. En Badajoz es tristemente habitual encontrar a alguien que en plena ola de frío duerme a la intemperie. Pasamos por su lado y lo máximo que hacemos es observarlo con tristeza. Nada más. Solo estos colectivos (sesenta) han alzado la voz en su ayuda.

Badajoz ha alcanzado el tamaño suficiente para que la mayoría de sus ciudadanos hagan su vida sin mirar hacia los cartones que cubren el suelo de un portal. Nos hemos vuelto indiferentes. Algo así es impensable en los pueblos, donde nadie permitiría que un vecino o un forastero durmiese en la calle sin cobijo. Nunca pasaría desapercibido. Estoy convencida de que cualquiera que lo viese se acercaría a preguntarle qué le ocurre y en qué se le puede ayudar.

Nunca he visto en mi pueblo a nadie durmiendo a la intemperie (ni siquiera la mona) ni pidiendo limosna en la puerta de la iglesia o la moneda del carro en el supermercado. Los pueblos mantienen viva la empatía entre vecinos. Por humanidad, esa solidaridad no puede faltar, se viva donde se viva. 60 colectivos están pidiendo soluciones en Badajoz. Mirar hacia otro lado no es una respuesta.

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