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Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (XII)

Quemarlo fue todo un golpe de efecto, que impactó en la conciencia de la cristiandad europea

La verdad es que en general existe un cierto tono de menosprecio entre especialistas en la historia de A-Ándalus cuando nos referimos a la época de Almanzor. Quizás porque, pasados los reinados esplendorosos de Abd al-Rahman III y de al-Hakam II y reducida a la nada la autoridad de al-Hixam, el gobierno de un valido, de un usurpador, nos sabe muy ácido. Y, sin embargo, desde una perspectiva distinta a la del derecho político, el último tercio del siglo X y la primera decena del XI resultaron ser el período de mayor dominio de un poder político árabe sobre la península Ibérica y una parte del norte de África.

Si no se reconquistó el Norte no fue, seguramente, por falta de fuerza, sino por la enorme dificultad de repoblar -al modo usado entonces- un territorio perdido o abandonado tiempo atrás. Pero eso no deja de ser una ucronía. El implacable chambelán inició una política militarista, a base de importar grupos imaziguén -llámenles beréberes, aunque sea un despectivo- para enrolarlos en los ejércitos de Córdoba.

Así se mantenía una actividad militar constante que, fuera de su valor político, tenía muy bien abastecidos los mercados andalusíes gracias a la venta del botín resultante -ganado, bienes muebles, esclavos- y daba lugar, sin la menor duda a una próspera actividad económica.

Los principados neogóticos no conseguían relajarse. Las tropas cordobesas -musulmanas y cristianas- lo saquearon todo: Barcelona, Pamplona, León. Pocas poblaciones importantes se libraron. Y dos lugares de poca importancia castrense, pero de altísimo valor simbólico: San Millán de la Cogolla (1002) y Santiago de Compostela (997).

En el primer cenobio se veneraba al patrón de Castilla y el segundo era, ya a esas alturas, el centro de peregrinación más famoso de Occidente, excluida Roma. Quemarlo fue todo un golpe de efecto, que impactó en la conciencia de la cristiandad europea, aprovechando su miedo a la proximidad del año 1000. Quizás por eso Almanzor no ha gozado de la buena fama de los califas legítimos. Eso es lo que tiene llegar a lo más alto sin apoyo jurídico y gobernar con el único sostén del ejército, fingiendo monarquía. Con el alborozo de los comerciantes, claro está: los beneficiarios.

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