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Opinión | La escotilla

Arqueólogo

Des-indignaos

Si uno se va a pelear con cuñados, hermanos, suegros o consuegros, que sea por algo serio como la composición de la tortilla o la liga futbolística, no por culpa de la casi siempre banal propaganda política

Hace no mucho se ha publicado un estudio sobre cómo afecta la polarización del ambiente político a la ciudadanía. Los medios han resaltado, con profusión e insistencia, el hecho de que un 14% de los españoles hayan roto con amigos o familiares por discusiones ideológicas o políticas. La imagen transmitida ha sido la de un país dividido, contagiado por el ruido ambiente de portavoces políticos, propaganda y altavoces mediáticos (de todo signo). Lo que no han resaltado es que donde hay un catorce por ciento, la conclusión aritmética y lógica es que hay otro 86% de españoles que no han/hemos roto con amigos o familiares por cuestiones ideológicas. Una holgada y muy representativa mayoría. Si se me permite, los medios en este caso no han estado muy finos, por mucho que ese 14% de españoles supongan una cifra preocupante. Es como cuando tenemos treinta y siete y medio de fiebre, no es mucha, pero conviene estar atento por si sube y es recomendable tomar medidas antes de que llegue a más. Pero no exaltarse.

No puede negarse que el discurso político-mediático en España, no solo en España, está desbocado. Oyendo a la mayor parte de los portavoces de partidos (no todos), de los candidatos en elecciones de cualquier ámbito, a demasiados opinadores televisivos, podría pensarse que el país y la ciudadanía están a punto de hacer correr la sangre por las calles, quemar iglesias y museos, volver a fusilar y enterrar en las cunetas. Yo al menos, cuando salgo a la calle, cuando interactúo con otras personas, hablando incluso de política, no veo eso, no percibo esa crispación, esa tendencia a eliminar y machacar al contrario. Claro está, cabe la posibilidad de que me equivoque.

Aun así, casi echo de menos esos tiempos en los que la política era aburrida, sosa, en apariencia gris e insustancial. En algún momento reciente todo esto cambió. La emoción, lo emocional, volvió al discurso político. Por poner un hito, mencionemos la aparición en 2010 del famoso libro de Stéphane Hessel, 'Indignaos', que tanto predicamento tuvo en los eventos del 15-M y aledaños, en la formación de nuevos partidos a la izquierda de la izquierda tradicional. No digo que el libro lo provocara, lo saco a colación como hito, no más, como punto de referencia.

Vale, hay mucho por lo que indignarse, mucho, demasiado. Considero que estamos en un momento en el que hay mucho que corregir y arreglar. Pero para hacerlo habrá que dejar de lado las emociones, siempre absolutistas ellas, dar cancha a la razón, al análisis, a la toma de decisiones. Al "esto no es aceptable" debe seguir siempre la opción de "qué hacer". Las emociones exaltadas se pierden en las palabras, las acciones generan cambios perdurables.

Todo esto, aunque no lo parezca, viene a cuento de las fechas en las que estamos, la Navidad. Se tome como se tome eso que se llama el espíritu navideño, se prefiera el recién nacido Niño-dios, la bonhomía de Papa Noel, el árbol o el Nacimiento, o cualquier otra significación, no es momento de estar indignados. Las reuniones sociales y familiares que ahora se prodigan pueden ser causa, es hasta un tópico, de enfrentamientos y situaciones incómodas. Cierto. Para superarlas hace falta calma, cabeza y mano izquierda, todo lo contrario de la indignación. Si uno se va a pelear con cuñados, hermanos, suegros o consuegros, que sea por algo serio como la composición de la tortilla o la liga futbolística, no por culpa de la casi siempre banal propaganda política.

Lo dicho, Feliz Navidad, felices fiestas, y para quienes no estén cómodos, esto solo pasa una vez al año.

Coletilla: el verbo indignar es primo hermano, no muy lejano, del sustantivo indignidad.

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