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Opinión | A mesa puesta

Badajoz

La Nochebuena en Badajoz empieza el mediodía

Desde hace años -tantos que ya nadie recuerda cuándo empezó- el mediodía del 24 se ha convertido en una liturgia civil. No hay que convocar ni planificar demasiado. Basta con aparecer

Ambiente en la plaza de los Alféreces, al mediodía del año pasado en Nochebuena.

Ambiente en la plaza de los Alféreces, al mediodía del año pasado en Nochebuena. / Andrés Rodríguez

En Badajoz, la Nochebuena no empieza por la noche. Empieza mucho antes, cuando el reloj todavía marca mediodía y la ciudad se echa a la calle con una excusa compartida: unas cañas, un vino, una tapa rápida y la certeza de que ese día es distinto. El 24 de diciembre se sale. Se sale siempre. Y se sale juntos, aunque cada uno lleve su propio itinerario y su promesa repetida de «me recojo temprano».

Desde hace años -tantos que ya nadie recuerda cuándo empezó- el mediodía del 24 se ha convertido en una liturgia civil. No hay que convocar ni planificar demasiado. Basta con aparecer.

Amigos que no se ven desde hace meses, familias que se cruzan entre brindis, compañeros de trabajo que se despiden del año como mejor saben: de pie, vaso en mano y riéndose más alto de lo habitual. Saludos rápidos, abrazos largos y la promesa repetida de «solo una y me voy». Ese mediodía tiene algo de paréntesis colectivo. La ciudad se permite bajar la guardia, suspender durante unas horas la rutina y reconocerse en lo compartido. No importa tanto de dónde se viene ni a dónde se va después. Importa el ahora: la calle llena, la barra abarrotada, la conversación que se cruza con otra sin pedir permiso. El 24 al mediodía es una forma de decirnos que seguimos aquí, que el año ha pasado pero la costumbre resiste.

Y, al mismo tiempo, todos llevan un reloj interior. En muchas casas ya huele a cocina, hay bandejas preparadas, una mesa que empieza a montarse y alguien que pregunta a qué hora vuelves. Por eso esta salida es un pacto tácito: celebrar sin perder el hilo de la noche. Es la alegría medida a ojo, el «me tomo esta y tiro», el mensaje rápido para tranquilizar en casa, la media sonrisa de quien sabe que la Navidad también exige presencia.

Esa tensión amable entre la calle y la casa es parte esencial del día. Se sale sabiendo que hay un regreso pactado, que la celebración tiene un límite invisible. Quizá por eso todo se vive con más intensidad: porque es breve, porque es compartido y porque no admite distracciones.

En la plaza Alta y el Casco Antiguo, el ambiente empieza pronto y no se disimula. La Cacharrería, El Silencio o La Bodega San José funcionan como puntos de encuentro donde el bullicio se acepta como parte del paisaje. El 24 no se explica: se vive en el rumor de los vasos, en las tapas que salen sin descanso y en ese movimiento continuo de entrar, saludar, brindar y apartarse. La plaza de la Soledad vive el 24 con un equilibrio especial entre reencuentro y celebración. En Dadá, Casona Baja o la Cervecería con J, los brindis se encadenan y las charlas se alargan más de lo previsto. Es una zona donde siempre aparece alguien conocido y donde el «luego nos vemos» se convierte en norma.

La plaza de España actúa como cruce natural de caminos. Se llega sin demasiadas excusas y se acaba quedando más tiempo del pensado. Cervecería Pepe Jerez, Bar El Carmen o La Corchuela reciben un trasiego constante de gente que entra y sale, que saluda, que invita y que se deja llevar por el ritmo que impone la mañana.

En el paseo de San Francisco, el 24 tiene algo de tradición intacta. La Marina, el Quiosco San Francisco o el Quiosco Silva se convierten en pequeños escenarios donde el tiempo parece avanzar a otro ritmo. Bancos, mesas altas y vasos apoyados con cuidado forman una escena repetida año tras año, casi idéntica, casi perfecta.

La plaza de los Alféreces aporta un ambiente más recogido, más de conversación larga. En Lo Nuestro, Viejo Bar o El Mentidero, la mañana se vive sin exhibición, con grupos que se reconocen y se acomodan, y con tapas que acompañan sin estorbar a la charla.

En la zona de Santa Marina, bares como La Despechá o Galaxia se preparan para un día que saben intenso. Y en Santa María de la Cabeza, Aldaba y La Buhardilla asumen su papel con oficio: más género, más manos y la paciencia necesaria para un día que no admite errores.

La ciudad se organiza por zonas, como si cada barrio supiera de antemano el papel que le toca. Pero el 24 no es solo del centro. También se brinda en los barrios, donde la tradición se vive con la misma intensidad y menos ruido. En La Estación, San Fernando, San Roque, Valdepasillas, Ciudad Jardín, Antonio Domínguez o la Urbanización Guadiana, las barras se llenan de vecinos, de saludos cercanos y de rondas compartidas. El gesto es el mismo: salir un rato, verse y brindar antes de volver a casa. Para los hosteleros es un día duro y especial. Hay refuerzos, cámaras llenas y barriles preparados. Saben que forman parte de algo más que un servicio: son el escenario donde se producen reencuentros, brindis importantes y despedidas rápidas. Ese día el bar es, durante unas horas, una plaza pública.

Ese recuerdo es el que permanece. Más que los sabores concretos, queda la sensación de haber formado parte de algo común. De haber compartido ciudad, tiempo y mesa -aunque fuese sin mantel- antes de volver a casa. Es un gesto sencillo, casi automático, pero profundamente nuestro: salir a verse, a reconocerse y a celebrar que la ciudad sigue siendo un lugar compartido.

Porque luego llega la otra mesa. La familiar, la íntima, la que huele a tradición doméstica. Pero antes está esta otra: la barra compartida, la calle como comedor improvisado, la ciudad celebrándose a sí misma antes de recogerse.

El día 24, al mediodía, Badajoz se mira, se saluda y se desea lo mejor sin decirlo en voz alta. Se brinda por lo que viene y por lo que permanece. Y así, entre cañas, vinos y tapas, la Navidad empieza como mejor sabe empezar aquí: A Mesa Puesta, aunque sea de pie.

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