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Opinión | EL EMBARCADERO

Periodista y profesor

Consumidos por la Navidad

La Navidad se convierte en la época propicia para potenciar ese consumismo voraz aunque, en realidad, es un reflejo de lo que hacemos el resto del año. Sin embargo, de nada sirve culpabilizarnos o culpabilizar a otros

estas alturas de mes, habiendo pasado ya la Nochebuena y la Navidad, habrá quien seguro está ya un poco harto de cómo afrontamos, cada año, estas fiestas, con un desaforado ritual de consumismo que acaba consumiéndonos a nosotros mismos, ¿o no? Las largas comilonas (no una sino varias: con compañeros de trabajo, con amigos, con los colegas del gimnasio, con la familia…), los atascos, los paseos alocados y cargados cual burro en busca de regalos o ‘detalles’, jornadas absolutamente agotadoras que nos suelen dejar, a nivel individual, entre tanta bolsa y paquete, una amarga sensación de vacío. Y, a nivel colectivo, un planeta más agotado si cabe; porque sí, nuestras compras excesivas en Navidad pasan factura, y mucho, en el medio ambiente.

Afrontamos estas fiestas, una vez más, con una extraña paradoja, la de estar insertos en la sociedad de consumo de masas que nos mantiene insatisfechos y, al mismo tiempo, degrada al planeta, pero de la que es complicado salir. Para darse cuenta de cómo vivimos esta época del año solo hay que irse a un centro comercial o al centro de una ciudad, atiborrada de luces anestesiantes y empalagosas que forman parte de una espiral creciente de competición entre urbes, pero ese es otro tema, muy interesante, derivado del frenesí de estas fechas.

Parece que en estas semanas somos un poco más laxos en nuestras compras y no nos preocupamos por la trazabilidad de los productos ni por su huella ecológica ni por el agotamiento de las especies ni por la explotación laboral de aquellas personas que los fabrican. Pero, en realidad, reflexionemos: ¿esto forma parte de nuestro día a día el resto del año? No nos engañemos, vivimos en un sistema económico de corte capitalista en el que el que manda es el consumo y un discurso particular: el de la soberanía individualista según la cual, primero, nadie tiene que meterse con lo que tú compras y, segundo, si es legal, se consume. Punto, no se hable más. Es decir, resumiendo: tienes dinero, compra hasta que revientes; no lo tienes, mala suerte o pide un crédito para afrontar esos gastos. Es el discurso neoliberal muy ‘ayusiano’del«haz lo que tú quieras» o de la veneradísima «libertad individual», cueste lo que cueste. Y es que el consumo, por definición, individualiza.

La Navidad se convierte en la época propicia para potenciar ese consumismo voraz aunque, en realidad, es un reflejo de lo que hacemos el resto del año. Sin embargo, de nada sirve culpabilizarnos o culpabilizar a otros. La primera actuación debería ser tomar conciencia de este hecho para más tarde proceder. La pátina de amor que barniza a todas estas fiestas hace que nos dejemos llevar por un consumo acrítico, vinculado al deseo y a un cierto ritual social que provoca que celebremos comprando y que estemos más relajados con la tarjeta de crédito (la paga extra de diciembre ayuda). Todo ello conforma el caldo de cultivo psicosocial perfecto para explayarnos con unas compras que se adelantan al Black Friday y se extienden al 5 de enero por la noche. Aquello de si me anticipo y empiezo a gastar en noviembre, mucho mejor, no siempre funciona, pues se acaba consumiendo casi el doble. De cualquier manera, lo que está claro es que el consumo desaforado nos provoca consecuencias negativas. Sensaciones como frustración, culpa o insatisfacción nos acompañan cuando, una vez adquiridas todas las compras, volvemos a casa, o nos llegan los paquetes a nuestro domicilio, si es ‘e-commerce’. Los objetos nunca van a satisfacer las expectativas que nos hemos marcad, puestoo que estas no son fruto de un proceso racional, sino que están vinculadas a lo inmediato. Vivimos el consumo como una vía de escape individual, una zona de huida fácil de los problemas de la vida cotidiana ya que, mientras compramos, pensamos menos. Para los niños y adolescentes, consumidores más desprotegidos, por mucho que les regalen, nunca se va a cumplir con la lógica del deseo que se han fijado. Hay igualmente cierta sensación de frustración.

Ante este panorama, qué puede ser mejor: ¿dejarse llevar?, ¿resistir? Desde luego que puede parecer absurdo lo de convertir a los consumidores en culpables, con una moralina que no lleva a ninguna parte. Tras ser conscientes de que el consumismo nos acarrea aspectos más negativos que positivos, sería el momento de actuar pero ¿cómo? Por ejemplo, convirtiendo ese regalo para alguien en algo elaborado por nosotros. En caso de tener que comprar, lo suyo sería apostar por la segunda mano; o adaptar al máximo el regalo a la persona, optando más por experiencias (una obra de teatro, un almuerzo en un restaurante especial, una estancia en una casa rural, la entrada a un parque temático…) que por objetos físicos (el típico frasco de colonia, el jersey que no nos pega con nada…) y tratando siempre de reducir envoltorios. Otra opción es la de comprar productos de proximidad, elaborados por gente de confianza, y que cumplan con el criterio de relaciones laborales justas, esto es, que quienes los fabriquen reciban un salario adecuado y que se cumplan sus derechos laborales.

En suma, lo interesante de todo esto estriba, en mi opinión, no tanto en escapar o anhelar otro tipo de Navidad -algo complicado-, sino más bien en profundizar en unas relaciones sociales que nos sirvan para despresurizar y relativizar la necesidad de agotarnos en la búsqueda de expectativas demasiado altas. Disfrutemos de estas jornadas de regreso a casa de la familia, de abrazos, besos y lágrimas; de reencuentros con amigos, de reconectar con personas con las que no solemos estar y no nos preocupemos por esa fiebre de regalos que solo nos ocasionará estrés y malestar. Muchas veces solo basta con nuestra presencia. Por tanto, alejémonos de agobios y vivamos estos días con la mejor actitud y predisposición posible. ¡Felices fiestas!

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