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Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (XIII)

Cada uno buscó la fortuna como pudo. Es decir, utilizando la fuerza, su único patrimonio

Para acabar de explicar el proceso de comienzo, ascenso y caída del califato de Córdoba hay que hacer un mínima reflexión -todo lo profunda que permite el marco- sobre los principales motivos por los que la monarquía más poderosa de Europa occidental se extinguió en tres generaciones, después de alcanzar un nivel político, económico y cultural jamás visto entre el final del Imperio Romano y el siglo XII. Siempre se ha estudiado desde una óptica demasiado local, como si todas esas claves fuesen sólo de tipo interno. Como si todo hubiese procedido de enfermedades endógenas. Y, no siendo incierto, también es verdad que el proceso desarrollado aquí tiene paralelos en otras áreas del mundo islámico y afectó de modo muy parecido a otros destacados poderes del momento.

Después de los grandes monarcas, los primeros, se produjo un proceso de militarización que acabó poniendo en manos de tropas mercenarias, a falta de contrapesos locales, el monopolio del poder. Ocurrió en la orilla del Guadalquivir a finales del siglo X y comienzos del XI. Almanzor necesitaba tropas exógenes -norteafricanos y, también, castellanos y catalanes- para mantener constantes campañas -aceifas, cuando eran en verano- y las pagaba con el botín obtenido. Pero, cuando el caudillo y su hijo mayor, Abd al-Malik Almuzafar, desaparecieron, este último muy pronto, todos esos contingentes, algunos muy tribales en organización interna, se quedaron sin autoridad directa y, sobre todo, sin pagador. Vivían de alquilar sus servicios.

Y entonces se asistió a una auténtica revolución –’fitna’ se le llama en árabe-. Cada uno buscó la fortuna como pudo. Es decir, utilizando la fuerza, su único patrimonio. Varios miembros secundarios del clan omeya intentaron atajar el caos, con poco éxito. Ninguno poseía la capacidad suficiente, ni el prestigio necesario. En 1031 se puso fin, oficialmente y por acuerdo, al califato, deponiendo a un fantasmagórico Hixam III. En Iraq había ocurrido algo muy parecido. A los grandes califas abbasíes sucedieron dinastías de mercenarios que controlaron aquel gran imperio islámico oriental. El califa pasó a ser una figura meramente decorativa. La dinastía usurpadora más notoria fue la de los buyíes.

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