Opinión | Disidencias
Estrella
Sostengo que nacemos con estrella, simplemente, para ir creando ambiente, por el mero hecho de nacer
Si la sabiduría popular nos ha llevado a una dicotomía indigerible por su implacable realismo, la fortaleza de la gente, el afán de superación y el entusiasmo dosificado han permitido, están permitiendo que vivir no sea un tropiezo, que amar no acabe en un charco de lágrimas y que ser feliz no sea una entelequia. Empiezo fuerte porque fuerte me pareció siempre la expresión «unos nacen con estrella y otros estrellados». Reconociendo que el existencialismo más profundo, el materialismo desaforado y otros ismos de igual calaña nos han conducido a territorios de brusca mediocridad y excesiva estupidez y de ahí lo de «estrellados», quisiera reconocerme en la otra esquina del cuadrilátero o, si me es posible, fuera de ese minúsculo habitáculo, sudoroso y ensangrentado, bullicioso y sucio, donde solo podemos perder tras recibir una somanta de palos.
Nunca quise estrellarme, fuera muro o algodón de azúcar lo que tuviera enfrente, y me niego a ser un estrellado, un paria de la vida, un desarrapado por las circunstancias que termina una y otra vez en el fango. Ese abismo de oscuridad y arenas movedizas donde a veces chapoteamos para salir a sabiendas de que nunca vamos a ser libres de semejante condena. O sí. Porque existe la otra variable de una ecuación donde las matemáticas no son exactas: nacer con estrella. Sostengo que nacemos con estrella, simplemente, para ir creando ambiente, por el mero hecho de nacer. Nacemos con estrella, no sé si con las mismas oportunidades, que eso sería otro debate, pero estrella, al fin y al cabo. Una estrella que conjuga en su objetivo tanto indicarnos el camino como guiarnos al caminar. Una estrella que alumbra en los momentos de mayor oscuridad, pero que no pierde su encanto y vocación en aquellos otros de desbordante luminosidad. Tal vez, sea la estrella a la que, en su libro ‘La infancia de Jesús’, se refería el Papa Benedicto XVI: «la estrella conduce a los hombres de la ciencia al misterio». Una convergencia entre la razón cosmológica y la fe. La razón nos puede llevar a la locura. Kant afirmaba que la razón tiene sus límites y que traspasarlos nos sitúa en contradicciones insalvables. Nietzsche denunció que la fe ciega en la racionalidad podía sofocar la vida, el instinto y la creatividad.
En el siglo XX, pensadores como Adorno y Horkheimer hablaron de la «razón instrumental»: una razón que, obsesionada con la eficacia y el control, termina produciendo barbarie en lugar de progreso. En el Frankenstein de Mary Shelley, puesto de nuevo de moda por el cine de la mano de Guillermo del Toro, la razón científica sin freno ético conduce a la tragedia. En ‘El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde’, Stevenson muestra cómo el intento racional de separar el bien del mal libera una locura incontrolable. Incluso Don Quijote puede leerse como una figura donde el exceso de racionalización de los libros de caballerías termina rompiendo la frontera entre cordura y delirio. HAL 9000 presenta en ‘2001: Una odisea del espacio’ cómo una razón perfecta acaba volviéndose letal, en ‘Alguien voló sobre el nido del cuco’ observamos cómo la racionalidad institucional puede convertirse en violencia y ‘El silencio de los corderos’ explora mentes extremadamente racionales que rozan -o encarnan- la locura. Por eso prefiero a Ratzinger y ese camino hacia el misterio (María Zambrano indicaba en ‘El hombre y lo divino’ que «toda revelación necesita una estrella: algo visible que conduzca al misterio») guiado por la estrella con la que nacemos y que nos alumbra hasta el final de ese camino. O los ‘Versos divinos’ de Gerardo Diego: «La estrella se ha parado/sobre el temblor del mundo»; los de José María Valverde: «La estrella no alumbra el camino,/lo exige»; o los de Jiménez Lozano: «La estrella era poca cosa,/pero bastaba». Desde la razón que nos permite entender la poesía, desde la ciencia que no puede apagar nuestros anhelos de fe, parecemos, en palabras de Ernesto Cardenal, como aquellos «pobres astrólogos de Oriente», que no somos librados de la duda, que decía Unamuno, pero nos gusta creer que el milagro se produce y, por ello, «seguimos la estrella en el invierno más duro» (Eliot), porque «una estrella basta para inclinar el mundo» (Rilke). Es la estrella de Belén, por si alguno no se había percatado, que ilumina el portal, el establo, a los pastores en noche cerrada, a los sabios de Oriente con su oro, su incienso y su mirra, pero, al mismo tiempo, nos ilumina a todos en el devenir de los tiempos y los problemas, entre los corazones rotos y las lágrimas que se ilusionan, por secarrales donde a veces se atisban tragedias y por tormentas de donde siempre se sale. El evangelista Mateo escribe algo que turbó a Herodes, precisamente porque el mundo se divide entre los que se turban frente a la revolución del alma que solo se ancla en la paz y en la fe, y los que adoran al Dios nacido, sin aspavientos, sin teorías de la conspiración, sin más armas que la palabra y el aliento: «¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente y venimos a adorarle». Como dejara escrito C. S. Lewis: «Dios escribe en el cielo para que el hombre lea en la tierra». Y leemos, nuevamente, sobre una revolución, pausada, pero eficaz; no siempre triunfante a los ojos del mundo, pero siempre exitosa cuando recalamos en ese establo al que nos condujo la estrella. «Los hombres buscaban una señal -exclamaba Nikos Kazantzakis- porque no soportaban la oscuridad». Y la oscuridad se difumina siguiendo aquella estrella donde la luz nunca se apaga y siempre consuela.
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