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Opinión | La escotilla

Arqueólogo

Propaganda viejuna

Sería de desear que los partidos políticos y sus gabinetes de información (es decir, de propaganda) elevaran un poco el nivel y se tratara a la población como lo que somos, o creemos ser, un conjunto de ciudadanos bastante bien formados y capaces de tomar decisiones y opciones críticas

Estos gobernantes roban, son corruptos, tienen que terminar en la cárcel y siempre puede contemplarse la opción de ejecutarlos en la plaza pública. No estoy citando una de esas sesiones de control en el Congreso de los Diputados en los que no se controla al gobierno sino que se le acosa, ni líneas editoriales de medios antigubernamentales tanto en internet como en papel. Estoy citando una antología reciente titulada ‘Poesía clandestina y de protesta política del Siglo de Oro’ editada en Cátedra por Ignacio Arellano. Lo cogí por curiosidad y en un momento dado me golpeó la percepción de que esta poesía en el fondo transmitía el mismísimo mensaje que la actual oposición al gobierno nos viene soltando día sí, día también, con machacona insistencia.

La poesía de esta antología, que cubre los gobiernos de los llamados Austrias Menores, todo el siglo XVII, es pobre en lo literario, políticamente burda, y se puede resumir en lo ya dicho al comienzo de este párrafo con el sobreentendido de quítate tú para ponerme yo. Lo curioso, es que cuando esta propaganda política del seiscientos tenía efecto y caía el valido de turno, Lerma, Olivares y tantos otros, se repetía el mismo mensaje con idénticos contenidos en los que solo cambiaban los nombres de quienes eran ladrones y corruptos. Es una producción literaria aburrida, reiterativa y con un valor meramente testimonial de lo que pensaban (algunos) en la época.

Me molesta, sobremanera, el paralelismo con la situación actual, esa en la que deploramos la polarización y nos abrazamos a ella. Especialmente porque la poesía en cuestión se dirigía a una población poco formada, mayoritariamente analfabeta, con poco o ningún acceso a información contrastada y veraz. No es que fuera una población sin conciencia política, la tenía y mucha, pero sus condiciones reales no eran las ideales como para que pudieran distinguir y criticar los impulsos políticos que la propaganda les suministraba. Por ello, cuando algo iba mal, y en la España del seiscientos había muchas cosas que no iban bien, hasta el punto de que podía faltar lo más básico, pan y seguridad, la única reacción posible era suponer que los gobernantes y los reyes estaban actuando con maldad y que por ello había que cambiarlos, poner al frente a alguien bueno que enderezara la situación. Desconocía la mayoría de la población cómo funcionaba el gobierno y la gobernanza, por lo que su única perspectiva posible era reducir todos los problemas y su posible solución a una cuestión de bondad y maldad de los gobernantes.

Reitero, me molesta sobremanera el paralelismo con la situación actual, porque la población española del siglo XXI tiene unos niveles de formación y de educación, unos accesos a múltiples y diversas fuentes de información, muy superiores incluso a las de las mismísimas élites del siglo XVII. Parece que da igual, se le, se nos, sigue tratando como a una masa amorfa de palurdos analfabetos desinformados. Sería de desear que los partidos políticos y sus gabinetes de información (es decir, de propaganda) elevaran un poco el nivel y se tratara a la población como lo que somos, o creemos ser, un conjunto de ciudadanos bastante bien formados y capaces de tomar decisiones y opciones críticas. Del final del siglo XVII hasta hoy han pasado algo más de trescientos años, no es de recibo que se siga repitiendo, raca raca raca, lo mismo. Es una falta de respeto a la ciudadanía.

Claro que, igual me equivoco, y esta propaganda funcione, con lo que quedaría demostrado que, en conjunto, seguimos siendo una masa amorfa de palurdos analfabetos desinformados. Espero equivocarme en esto también.

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