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Opinión | A mesa puesta

Badajoz

La última mesa del año

El 31 es un día partido. Y cuando avanza la tarde, todo ese andamiaje desaparece. Las barras improvisadas se desmontan. Las terrazas se vacían. La ciudad se recoge. A partir de cierta hora, el 31 deja de ser un día abierto y se convierte en una noche de decisión. No es una noche que admita derivas. Es una noche pensada, organizada, prevista con antelación. La cena marca el verdadero punto de inflexión

Una pandilla celebra la Tardevieja en el paseo de San Francisco, en Badajoz, hace un año.

Una pandilla celebra la Tardevieja en el paseo de San Francisco, en Badajoz, hace un año. / Andrés Rodríguez

El mediodía del último día del año se vive en Badajoz con una familiaridad casi tranquilizadora. Las calles se llenan, las terrazas se convierten en barras improvisadas y las plazas recuperan ese pulso reconocible que mezcla brindis tempranos, saludos cruzados y copas que se alargan más de lo previsto. No son barras fijas ni interiores: son apoyos circunstanciales, mesas altas tomadas al vuelo, espacios abiertos donde la celebración se improvisa. En esa escena se mezclan acentos, trayectos de ida y vuelta y una frontera que, durante unas horas, funciona más como punto de encuentro que como línea divisoria.

Durante ese tramo del día, el 31 no se distingue demasiado del 24. Cambia la fecha, pero no el gesto. La ciudad -y su entorno más próximo- vuelve a reconocerse en el aperitivo largo, compartido, espontáneo.

Pero el 31 es un día partido. Y cuando avanza la tarde, todo ese andamiaje desaparece. Las barras improvisadas se desmontan. Las terrazas se vacían. La ciudad se recoge. A partir de cierta hora, el 31 deja de ser un día abierto y se convierte en una noche de decisión. No es una noche que admita derivas. Es una noche pensada, organizada, prevista con antelación. La cena marca el verdadero punto de inflexión.

Hay establecimientos que llevan semanas preparándola: menús cerrados, horarios marcados, cenas que desembocan en cotillón, música y campanadas incluidas. Todo está medido. Todo responde a un plan. Para algunos, esa es la forma de vivir la noche: fuera de casa, pero lejos de cualquier improvisación.

Y está, claro, la opción mayoritaria. La de siempre. La casa. Desde primera hora del día, las cocinas empiezan a tomar protagonismo. Se adelantan elaboraciones, se organizan tiempos, se repasan listas. Hay aperitivos que se repiten cada año, entrantes que no admiten cambios y segundos platos que concentran buena parte del esfuerzo y la expectativa. Recetas heredadas, otras aprendidas con el tiempo, algunas que solo se cocinan esa noche. Da igual el lado de la frontera: el sentido es el mismo.

En esas mesas aparecen, casi sin necesidad de nombrarlas, muchas de las señas de identidad de Extremadura. Jamón, lomo, chorizo y salchichón ibéricos de la dehesa; quesos que forman parte del calendario emocional de cualquier casa; cordero y ternera que protagonizan segundos platos pensados para compartir. La noche del 31 y la comida del día 1 son, probablemente, los momentos del año en los que nuestras denominaciones de origen y figuras de calidad están más presentes en las mesas, sin discurso ni etiquetas visibles, simplemente porque es cuando toca.

A esa mesa no solo llegan platos. Llegan también los maridajes pensados con calma. Cervezas bien frías para los primeros pases, vinos blancos y tintos de los nuestros acompañando entrantes y principales, y los cavas extremeños esperando su momento. Cavas de aquí, cada vez más asentados, que forman parte del brindis sin necesidad de mirar lejos.

La mesa se viste de gala, pero lo importante está en lo que entra y sale de la cocina. Bandejas que circulan, platos pensados para compartir, productos reconocibles que ayudan a cerrar el año. No se trata solo de comer bien, sino de hacerlo como toca. La cena del 31 no es una cena cualquiera: es una construcción colectiva que empieza mucho antes de sentarse.

El 31 por la noche no es noche de barra, ni siquiera simbólicamente. La celebración se encierra, se concentra, se ritualiza. El espacio abierto del mediodía da paso a un interior cuidado, casi solemne.

La mesa sustituye por completo a cualquier forma de improvisación, y la cocina se convierte en el verdadero centro de la casa.

Y cuando el calendario está a punto de cambiar, todavía queda un último gesto compartido.

Antes de las campanadas, muchas familias y grupos de amigos salen hacia la plaza de España para esperar juntos la llegada del año nuevo bajo el reloj del ayuntamiento. Copas en la mano, uvas preparadas, abrazos contenidos y una ciudad que se va reuniendo poco a poco al aire libre. Con las campanadas llegan el brindis, los deseos compartidos y ese momento breve en el que Badajoz se reconoce a sí misma, junta, celebrando el cambio de año antes de volver a recogerse.

Después llega el día 1. Y con él, otra escena menos solemne, pero igual de reveladora. El día 1 no se cocina para celebrar, sino para aprovechar. Aparecen los restos bien entendidos, los platos recompuestos, las recetas nacidas de lo que quedó la noche anterior. Es una cocina tranquila, práctica, sin ceremonia. Aunque también se salga al mediodía, ese día no prolonga el 24 ni repite el 31: simplemente ordena lo vivido.

Quizá ahí esté la diferencia esencial. El 24 es el encuentro. El 31, el ritual. El 1, la consecuencia. Cuando llega el momento de despedir el año, se apaga lo provisional, se encienden los fogones, se descorchan botellas de aquí, se esperan las campanadas juntos y se comparte mesa. Y al día siguiente, se aprovecha lo que queda. Como casi todo lo importante.

Pero lo más importante es la mesa puesta para compartirla con familiares y amigos.

Feliz Noche.

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