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Opinión | El embarcadero

Periodista y profesor

El humor, nuestro gran aliado

Puede ser la herramienta clave para lograr que nuestras existencias sean más asimilables, pese a todas las adversidades que se presenten

Transcurrida la celebración del Año Nuevo, algunos se apuntan a los propósitos para este 2026. No voy a dar la brasa con esto otra vez. Aunque no estaría de más invocar al destino, o a quien cada uno desee, para que este nuevo ciclo que se abrió ayer, 1 de enero, nos dé muchos motivos para agarrarnos a la vida. Habría tantos como personas, ¿no creen? Pero algunos, estoy seguro, son compartidos:

«La inmensidad de las montañas. Los viernes por la tarde. Ese viaje especial o, mejor aún, los preparativos para hacer realidad esa aventura que llevas tanto tiempo imaginando. Sentir y expresar verdadera gratitud, no falseada, por todo lo bueno que nos rodea. Que te acaricien solo con la yema de los dedos. Cuando, tras un invierno crudo de frío y lluvia, comienzan a brotar los árboles y el sol a calentar, muestra de que pasamos un nuevo Rubicón vital que nos alienta a salir a la calle, a pasear, a socializar, a amar… El primer día de vacaciones. Las buenas conversaciones que no quieres que se acaben, que son las mejores, porque parece que el reloj no existe. Bajar la ventanilla del coche durante un largo viaje y oler por fin a campo. Las risas inoportunas y contagiosas que no paran. Esa historia que te aferra a un libro y no te suelta hasta que no se desvela lo que acontece a esos personajes que te teletransportan a un tiempo y un espacio en el que te gustaría transitar. En verano, bañarse en una garganta del norte de Extremadura. Las noches en vela cuando son por algo agradable. Meterte en la cama con la certeza de que no hay que madrugar y de que podrás dormir hasta la hora que quieras. El olor y el sabor de un sofrito como antesala a un plato casero elaborado con mucho mimo. Oír hablar a alguien en tu lengua materna cuando estás muy lejos de casa. Encontrarte de manera fortuita con alguien que fue importante para ti, a quien hace mucho que no ves, y alegrarte tanto de ello que decides romper tus planes y pasar la tarde con él o ella. Quedar la mente en blanco, sin pensar, o intentarlo, bajo el chorro de agua caliente en la ducha. Tener bromas en común con un amigo y que nadie más sepa de qué habláis. Pasear de noche por la orilla del mar y dejarse mecer simbólicamente por el rumor de las olas. El pan calentito. Que los malos nunca más se salgan con la suya. La sensación de bienestar en tu cuerpo tras ducharte después de practicar deporte. Hacer amigos nuevos cuando rondas los cuarenta. Acurrucarte en el sofá con una taza de té, una manta y un libro. Tener siempre un objetivo y una causa por las que luchar. Caminar sin rumbo por una ciudad desconocida, con los sentidos bien abiertos para captar la esencia del lugar. Que el médico, tras unas pruebas cruciales, te diga que es benigno. Acordarte de personas con las canciones que escuchas. Abrir la puerta de tu piso y que tu gato te reciba como solo un minino lo puede hacer: con sus ronroneos, sus contoneos y su fricción entre tus pies. El cosquilleo de los cinco minutos antes de una cita. Ir al cine sin saber muy bien de qué va la película y que esta te ilumine el alma. Llamar a esa persona querida para contarle algo muy bueno que te ha ocurrido. El viento moviendo las hojas de los árboles de un bosque. Ir a saludar a una persona con dos besos y que te sorprenda con un abrazo. Durante estos días invernales, calentarte las manos con una taza de café. Y, mayormente, sonreír, aprender a reírse de todo, empezando por uno mismo, siempre desde la comprensión y el respeto».

El humor es un gran aliado y su uso, en nuestros aconteceres, puede ser la herramienta clave para lograr que nuestras existencias sean más asimilables, pese a todas las adversidades que se presenten. Ha servido, y sigue sirviendo, por fortuna, para sobrellevar el peso de una vida subordinada, sortear la violencia o dinamitar la autoridad. Los seres humanos nos reímos para enfrentarnos al sufrimiento o a la brutalidad. La risa surge para hacer frente a lo que nos aterra, nos oprime, nos sobrecarga o nos resulta absurdo. La muerte, la religión, el gobierno, la clase política, la amistad, el amor, el sexo…, todo, por qué no, puede ser objeto para despertarnos unas carcajadas aunque, en ocasiones, pensemos aquello de: «vamos, que reímos por no llorar». A casi todo el mundo nos ha pasado: ante momentos angustiantes, la comicidad ayuda a desengrasar, como si se tratara de un antídoto frente al veneno de la violencia, el miedo o el dolor. Incluso en los momentos más horribles, puede atisbarse un halo de luz para el humor, como le ocurrió, según cuentan, al pobre san Lorenzo durante su martirio, allá por el siglo III, cuando estaba siendo asado en una parrilla romana. Al parecer, en pleno suplicio, Lorenzo le dijo a sus verdugos: «Creo que esta parte ya está hecha. Podéis darme la vuelta». Cuando el filósofo de la Antigua Grecia Diógenes, en el siglo IV a. C., fue condenado a destierro, se consoló diciendo que él condenaba a sus jueces a quedarse. Que no falte nunca la gracia, incluso en momentos dramáticos de la historia.

Nos reímos ante situaciones complejas y también, por supuesto, del poder, de las autoridades. Los amos, con su típica risa de malvados, llevan milenios riéndose de sus subalternos, aunque no digieren bien la burla en la dirección contraria. Con el poder, siempre, mucha broma, al estilo de la famosa escena de Pijus Magníficus en la desternillante película de los Monty Python ‘La vida de Brian’ (1979). ¿La recuerdan? Esa falta de humor de los poderosos se trasladó, por ejemplo, a un Napoleón que quiso exiliar a todo caricaturista que lo retratase y a lo que pasó con otro monarca francés decimonónico. Así, a Luis Felipe I, según relatan, lo retrataron con forma de pera (que en francés significa también ‘bobo’) y cuando el caricaturista fue llevado a juicio se defendió afirmando que a quien debían realmente detener era a todas las peras de Francia por parecerse al «rey burgués». Antes y ahora, el humor se convierte en nuestra arma para desnudar los peligros del fanatismo y la ambición. En estos tiempos de embrutecimiento, exaltación y polarización, hagamos del humor nuestra verdadera bandera y forma de vida, un carnaval de la parodia. Sirvámonos de la mofa para burlar el horror, la opresión y lo que haga falta. Más humor en tiempos convulsos: una buena receta para este recién estrenado 2026.

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