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Opinión | Disidencias

Badajoz

Epifanía

Es el misterio de la Navidad, en realidad, el gran misterio de la humanidad frente al que se inclinan reyes y sabios, magos y gentes de la calle, pobres y ricos

Desde que tenemos una pizca, apenas un destello, de razón, llevamos toda la vida asistiendo a una epifanía, formando parte de su estructura genética y sociológica, construyendo sueños e ilusiones alrededor de ella, viviendo en su seno o a su vera como formando parte de un milagro que se sostiene sobre la suave brisa de una fe sin explicaciones, de una creencia sin razones. Una epifanía es una manifestación que puede congregar a multitudes o brotar en la intimidad del hogar, que puede producirse en silencio, entre murmullos o al socaire de la algarabía. Una epifanía es una aparición que no por esperada, deja de sorprender; una aparición que surge entre las sombras, en la oscuridad de la noche, bajo la luz de las estrellas, pero distinguible en sus formas, en el trazado de su senda llegando ante nuestras miradas atónitas y, sí, también, algo asustadizas.

Una epifanía es una revelación, un mensaje que todos entienden, un discurso que no cansa, que no se desvanece, la imagen viva de lo soñado, de lo esperado, de lo ansiado. En el capítulo 2, versículos del 1 al 12, del Evangelio del Apóstol Mateo es donde encontramos la Epifanía de los Reyes Magos: “Cuando Jesús nació en Belén de Judea en días del Rey Herodes, vinieron del oriente a Jerusalén, unos magos, diciendo: ¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle….y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra”. Nos hallamos ante una Epifanía neotestamentaria, evangélica, doctrinal, canónica y litúrgica, pero, más que nada, se trata del milagro de los Reyes Magos. No entramos en disquisiciones teológicas o en la búsqueda de fuentes que nos alumbren sobre el origen, la condición, el número, el nombre o el color de la piel de aquellos a los que se refiere Mateo.

La teología (Orígenes y Tertuliano en el siglo lll y otros más adelante, como Beda el Venerable), el arte (desde el mosaico bizantino del siglo VI en Rávena a Botticelli, Masaccio, Rogier van derWeyden, Gozzolli, Hugo van derGoes, da Vinci, Durero, Hieronymus Bosco, Veronés, Rubens, Tiépolo y tantos otros que representaron el instante de la adoración de tan ilustres visitantes al recién nacido) o la simbología y su estudio sobre el significado y la magnitud cosmológica, sociológica y trascendental del oro, el incienso y la mirra no han escrito un evangelio para principiantes o han impreso legendarias historias adaptadas al público infantil, sino que ha pergeñado un tratado breve, pero intenso y eficaz sobre la bendita locura de una adoración, una epifanía, que a todos nos conmueve y reúne en torno al Niño Dios que nace para morir y resucitar. Es el misterio de la Navidad, en realidad, el gran misterio de la humanidad frente al que se inclinan reyes y sabios, magos y gentes de la calle, pobres y ricos. No solo por respeto y devoción, que también, sino porque creen que nada de aquello fue mera casualidad. No hay religión en el mundo ni ideología perpetrada por la mente humana capaz de igualar semejante atrevimiento: una fe que nace en lo humilde, un mensaje que alcanza a todos, un misterio que reconocen incluso los más estudiados y que de tan lejos vienen -entendiendo la lejanía no solo geográfica sino también la intelectual, como le sucedería al propio Apóstol Pablo-, una revelación para cambiar el mundo, en lo más pequeño, en lo más inmenso.

En definitiva, una Epifanía, la de los Reyes Magos que, en el transcurrir de los siglos, la tradición ha rediseñado, adaptado y dulcificado a los niños, generando una ilusión colectiva, sonrisas, expectativas, esperanzas, una magia que no necesita fundamentos científicos para verla, sentirla, entenderla y tocarla. Un dejad a los niños que se acerquen a mí que demuestra que aquella fe cristiana que nació en un establo, de la mano de un niño, que necesitó del más grande de los sacrificios (la muerte) y el más increíble de los milagros (la resurrección) es, sin tener que acudir a subterfugios o elucubraciones, a lirismos o astracanadas teológicas o impostadas, una fe, que no religión, que humaniza, que comunica, que acerca a las personas, que mueve montañas, que enarbola la bandera de la solidaridad y promueve los derechos humanos sin excusas ni exclusiones. Es normal que algo tan hermoso, sencillo y enorme, cause ruido y sea motivo de escándalo, pero, precisamente, por eso, es normal que tenga en las ofrendas del oro, el incienso y la mirra, hoy día transformadas en el intercambio de regalos, en lo que se siente en la mañana de Reyes, en el recuerdo de aquellos magos de oriente, la expresión más contundente de la revolución más necesaria: la de la gente mirando al cielo y no empeñándose en alimentar infiernos. 

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