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Opinión | La escotilla

Arqueólogo

Catedral

Prefiero que esté integrada en el entramado urbano, que sea parte de la ciudad, no una pieza aparte, una singularidad

Salvo contumacia, uno puede aprender de los errores, o salir del error aprendiendo. Esto es lo que me pasó a mí con la catedral de Badajoz. Durante mucho tiempo participé de la idea de que había que derruir las construcciones que la rodeaban para dejar libre el edificio, que se pudiera ver en todo su esplendor. Equivocación y grande, pues según fui conociendo mejor el edificio, la fábrica, vi que el caso era más complejo, pues todas las construcciones que rodean a la catedral, tal y como las percibimos al rodearla, forman parte consustancial de la misma.

Me explico. A pesar de lo que comunmente se piensa una catedral no es un edificio sino una institución, es la sede formal de un obispo. Tiene, claro está, un aula para la celebración de los oficios religiosos que está abierta a la feligresía, al público diríamos hoy, un aula que necesita accesos al exterior que además son una proyección pública de la importancia de lo que ocurre dentro. No confundamos una fachada con el conjunto del edificio. Pero un aula, por muy importante que sea, no es suficiente para la consecución de los fines de la catedral, ser sede del obispo y la celebración de la liturgia. Para ello es necesario contar con otros clérigos además del obispo que se ocupen de apoyarle en las celebraciones, lo que se llama el cabildo catedralicio, la encargada de gestionar el edificio y todo lo accesorio pero imprescindible para los oficios: vestimentas, vasos y libros sagrados, el pan y el vino de la Eucaristía, entre un sin fin de necesidades. Igualmente, una institución compleja como esta necesita recursos para mantener tanto el edificio como el personal, pues además del cabildo hacían falta sacristanes, campaneros, limpiadores, porteros y una larga nómina de oficiales y serviciarios. Hasta tiempos modernos estos recursos procedían de bienes propios de la catedral y de los diezmos que se pagaban a la Iglesia en especie, lo que requería almacenes y lugares donde procesarlos. A esto debemos añadir la necesidad de educar a niños para ocupar plazas en el coro (no olvidemos la importancia que tiene la música en la liturgia), lo que también requiere un espacio, como pasa con la necesidad de albergar a tantas personas y tener además salas de reuniones y talleres.

Una catedral era, y es, una institución compleja, y así fue en el caso de Badajoz. Todos los edificios que yo consideraba parasitarios, derrocables, forman parte de este complejo administrativo y económico, y así sigue siendo, pues las viviendas que hoy pueden verse contribuyen a las rentas de la institución. Así además, la catedral forma parte del entramado urbano, se abre a la calle solo en aquellos puntos, accesos, donde es necesario. Son innúmeras las iglesias que cumplen esta provisión, la más significativa de las cuales es la misma basílica de San Pedro de Roma, de la que desde el exterior realmente solo se ven su fachada y su cúpula. Ahora bien, conviene explicar el porqué de tan común error. Es fruto de una mala interpretación basada en la percepción de un templo en una historia del arte mal comprendida, para la cual el arquetipo de templo es el grecorromano, exento. No fue realmente así, pero en nuestro imaginario así se ha implantado reforzado por el error arquitectónico de considerar «piezas» a los edificios.

Por mi parte, prefiero que esté la catedral integrada en el entramado urbano, que sea parte de la ciudad, no una pieza aparte, una singularidad. Es más, prefiero los entramados urbanos, orgánicos, que constituyen un conjunto social y cultural; lo prefiero frente a tanto mal urbanismo que planta edificios exentos por todas partes, edificios sin relación directa con sus vecinos, aislados, expuestos al sol o al frío por todas sus partes. Una forma de construir acorde, lo admito, a nuestra sociedad hiperindividualista, pero que no genera ciudad, que no genera sociedad. No resulta extraño que en estas ciudades prime la soledad, el desconocimiento de los conciudadanos, en último extremo, la insolidaridad. Así nos va.

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