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Opinión | En la frontera

Abogada

Feliz Año Nuevo

Un sueño espeso parece adormecerlo todo, los dormitorios están cerrados y no se oye ni se mueve nada. Ilumina el Belén, sube el volumen un poco más para que sepan que es la hora

Le dijeron que no podrían venir por Nochebuena ni Navidad. Solo en Nochevieja, esa fiesta desangelada, que le huele a resaca y eferalgan disolviéndose como las ilusiones. Como su ilusión convertida en carbón. Se ha enjugado la lágrima y el nudo en la garganta con un manotazo rápido para que nadie la vea. Se ha tragado la penita porque se convence de que debe ser pequeña, y se ha repetido una y otra vez que las fechas no tienen importancia . Pero sabe que no es más que una mentirijilla. Ni siquiera le gusta el nombre. Significaba final, y acabado. Vieja como si fuera un sinónimo de desecho. Ahora que se acerca, que la toca con la punta de los dedos, la vejez se ha vuelto, a sus ojos, hermosa, liberadora. Sí, libre, como un nuevo estado, límpido, íntimo, tierno, y, a la vez rebelde, un, sinceramente, querida, me importa un comino, de Clark Gable, un que me quiten lo bailao, un se acabó y no me vengas con pamplinas, que diría María Jiménez.

Sin embargo, sí le gusta el año nuevo. Se ve reflejada en ese dia que es algo más que unas horas y una hoja del Calendario. Es la cara lavada. Es renovar fuerzas. Es levantarse antes que nadie para poner la fecha y la primera anotación en la agenda, y estrenar el día como quien estrena una nueva vida. Es moler un buen café que perfume la casa, que huela a casa, sacar la mantequilla para que esté blandita, las mermeladas de tomate y naranja amarga, un cuenco de arándanos, una jarra con kéfir, el bizcocho, sencillo, recién salido del horno, y esperar que se enfríe para cubrirlo con un glaseado de limón, naranjas en rodajas con aceite de oliva, cebolla roja, aceitunas negras y hojas de hierbabuena, aguacates aliñados haciendo nido para un puñado de alcaparras, salmón marinado con eneldo, huevos pochados con salsa holandesa, pan de masa madre que saca del congelador un poco antes y una botella que espera todo el año en el frigorífico para descorcharse y hacer pum mientras los demás aplauden y ríen con la nariz arrugada y los ojos chicos de susto. Se seca las manos en el mandil, satisfecha, con la mesa tan bonita que parece una ofrenda al niño Jesús. Pero un sueño espeso parece adormecerlo todo, los dormitorios están cerrados y no se oye ni se mueve nada. Ilumina el Belén, sube el volumen un poco más para que sepan que es la hora.

Y se acuerda. Entraba en sus habitaciones a oscuras, y les decía suavecito buenos días, feliz año nuevo, dormidos le sonreían y murmuraban un beso. Los aupaba y, en brazos y en pijama, los llevaba al salón envueltos en una manta, justo cuando, desde el palacio de Musikverein en Viena, conectaban con televisión española. Al rato jugaban en la alfombra mientras de vez en cuando levantaban la vista y corrían a la cocina para volver con los bigotes manchados de chocolate. El café se está enfriando. Ella, que, de pie, está sola, admira las flores enviadas desde Holanda la espalda curvada que se endereza y se pliega y se contrae…, como si fuera un instrumento, del maestro Nézet-Séguin, las japonesas con su kimono, tímidas, en los palcos.

Ella, que recuerda la pasión de Zubin Mehta, al que vio dirigir una vez y la alegría de Gustavo Dudamel. Ella, la que no puede resistirse a cualquier ritmo, mueve los pies siguiendo el compás del ‘ Vals del emperador ‘. Es la misma. Aunque parezca distinta, aunque parezca distinto. No hay barullo ni juegos ni besos rechupeteados. Sin embargo, se acerca a la ventana, como antes, y dice en voz baja, gracias Dios mío, no solo por esta mañana de sol radiante, por los alimentos que esperan sobre el mantel bordado, por el techo que les cobija, y el fuego de la chimenea que les calienta, por una nueva oportunidad para hacerlo mejor, para ser mejor, sino porque están, porque respiran y roncan y remolonean en la cama, porque poco a poco van amaneciendo, y se acercan con cara de hambre, porque se acercan.

Buenos días, mami. La miran, somnolientos, como si no hubieran pasado los años, la misma imagen, el mismo escenario: Su madre, descalza, delante de la televisión, siguiendo con las palmas, rebosante de entusiasmo, la Marcha Radetzky, y levantando una copa de Champagne para contestar, al director y a la orquesta, su ‘Frohes neues Jahr!’, ¡Feliz año nuevo!

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