Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Cotidianidades

Badajoz

Después de Navidad

Siento curiosidad por el vendedor de pañuelos, por su vida, de dónde es, cómo vino, dónde vive y con quién, si tiene hijos y si viven con él o en su país

La avenida Jaime Montero de Espinosa, donde está el centro de salud.

La avenida Jaime Montero de Espinosa, donde está el centro de salud. / D. A.

Siempre pienso los días laborables, cuando voy camino del trabajo, que el sábado voy a salir de casa a la misma hora de todas las mañanas, y que cuando llegue a mi destino seguiré caminando en lugar de encerrarme durante siete horas entre cuatro paredes y cientos de papeles, como he hecho en los últimos 38 años, casi el mismo tiempo que llevo pagando al banco un tercio de mi nómina en ese… No sé cómo llamarlo, quizás, atraco, y que ellos llaman de forma eufemística hipoteca. Un banco al que tengo que estar agradecido por tener confianza en un tipo como yo, cuando tenía unos veintipocos años y solo llevaba unos meses ejerciendo de funcionario, la cosa tenía pinta de continuidad, porque ya por aquel entonces se veía venir que ni la literatura ni el columnismo ni la fotografía me iban a sacar de horas de oficina, ni tampoco de la nómina mensual que era lo que le interesaba a ellos.

Como consecuencia de esa generosa confianza que el banco depositó en mí, hoy tengo un piso que las nuevas generaciones, con mis mismas condiciones laborales y económicas no podrán tener.

El sábado quiero caminar hasta el edificio de mi trabajo y encontrarme con la puerta cerrada y así cumplir la fantasía de continuar andando para disfrutar de la serenidad del campo, de la amenidad de los colores del cielo, del frescor del rocío, del colorido variopinto de las calles y su gente. Es una fantasía realizable como los que programan el despertador a la hora de siempre en domingo para que, cuando suene, apagarlo de un manotazo y seguir durmiendo en un acto de desprecio y rebeldía ante la esclavitud horaria.

Todos los días, una vez activado, después de recorrer a pie los 15 minutos desde casa al trabajo, con los brazos, las piernas y la cabeza caliente, el cuerpo me pide más marcha, quiere seguir andando. Así que el último sábado, a la hora de siempre, fui hasta el Centro de Salud como escribí antes y seguí el camino acompañado por otro de los hermosos amaneceres anaranjados de la ciudad. Entonces fue cuando me encontré otra vez con la señora que lleva sus dos perros en el cochecito de bebé, vi también a una mujer fumando. Probablemente, habría estado delante del espejo arreglándose, pintándose los ojos, los labios, mirando de un lado, de otro, embelleciéndose, dudando si se pone falda o pantalón, sin darse cuenta de lo antiestético que le queda el cigarro entre sus dedos, sobre todo cuando se lo lleva a la boca y expulsa el humo; una hermosa mujer que huele a perfume caro empobrecido con nicotina barata y que lleva impregnado en el humo el metal de la guadaña.

Un joven entrado en carnes corre con la cara enrojecida, va al borde de la extenuación, me entran ganas de decirle que pare, que no se adelgaza en un día. Probablemente, quiera perder peso por estética en lugar de por salud; está pensando más en alguna muchacha que le dijo no, que en el doctor.

Me cruzo con un anciano que deja caer todo el peso de su vejez encima de un bastón de madera, probablemente también su soledad, una soledad que le empuja a la calle a primera hora de la mañana. La soledad no es necesaria, ni siquiera la soledad literaria, ni tampoco la de los que quieren vivir solos, por eso hay tantos perros en las casas ocupando las habitaciones de los niños que no nacieron. Hemos sustituido la mirada fiel de una mascota por la tierna y sacrificada de los hijos.

Creo que se llama Paco, aunque no estoy seguro; le veo impulsando con las manos y con la misma energía, rapidez y nervio su silla de ruedas que cuando era jugador de baloncesto del MIDEBA. Paco se coloca, como otros muchos, en la cola de un kiosco de la ONCE para acertar con los números del día, aunque eso sea más difícil que encestar un triple desde la silla de ruedas. Los que viven por sus manos también sueñan con ser ricos.

Me cruzo con una joven, con cara enfadada, arrastrando una maleta roja con ruedines dirección a la estación de autobuses, también lleva una mochila a su espalda, quizás una mochila cargada de desencuentros. Le doy los buenos días y ni siquiera me mira. Detrás de ella sonríe disfrazado de rey negro el hombre que vende pañuelos de papel en el semáforo, aunque del disfraz de rey solo le queda ya el gorro y el color negro de su piel, un color que es suyo. Este hombre siempre tiene dibujada una sonrisa en la cara, saluda a todos los conductores, les da los buenos días, y ofrece pañuelos de papel, no deja de sonreír y siempre da las gracias tanto si le pagan por los pañuelos un billete como una moneda de cincuenta céntimos, incluso si no le dan nada. La muchacha de la maleta roja se cruza con él, él le muestra su sonrisa amable, ella su desprecio, y aquí, no sé por qué, encuentro un cierto parecido entre la joven y Albiol, ese alcalde larguirucho de Badalona.

Siento curiosidad por el vendedor de pañuelos, por su vida, de dónde es, cómo vino, dónde vive y con quién, si tiene hijos y si viven con él o en su país. Parece mayor, aunque el rostro de la necesidad nunca tiene la edad que parece. Le puedes dar una moneda pero la generosidad es suya, no todo el mundo te alegra el día con una sonrisa y un “buenos días”.

Me cruzo con un hombre de barba de tres días, tiene alguna cana, probablemente es más joven de lo que aparenta, se le ve triste, tiene aspecto de no haber dormido en toda la noche, no sé si es un vagabundo o un trasnochador que regresa de algún tugurio nocturno, huele a alcohol y lleva la mirada perdida. A ciertas horas el vagabundo y el trasnochador parecen la misma persona. Se dirige a la tienda donde venden latas de cerveza, todavía está cerrada, se sienta en el banco de enfrente a esperar su apertura, mientras tanto se queda dormido con un cigarro entre los labios, no sé si apagado o encendido.

Una hermosa joven camina por encima de la alfombra de hojas amarillas, unas hojas que siguen siendo bellas aunque estén muertas, sus pasos suenan entre la hojarasca con un crujido como la música inacabada de los amores platónicos.

En el interior de algunos pisos se ven luces encendidas y personas que se mueven dentro de casa en pijama, desde la calle se puede intuir el olor a café y colacao y el brinco de la tostadora expulsado un trozo de pan crujiente. Familias que preparan la mesa juntos, esos que no tienen que salir a la calle para desayunar porque no soportan el ruido del silencio de su vivienda. Hay un Badajoz que desayuna fuera de casa y otro en su hogar.

Es lunes, voy al edificio de mi trabajo, entro. Han pasado los años y sigo pagando al banco la hipoteca, porque como se veía venir cuando era joven, ni la literatura ni el columnismo ni la fotografía me retiraron de este trabajo, que ahora me gusta, no sé si tendré el síndrome de Estocolmo. Mi compañero, el que aprobó las últimas oposiciones, no tiene casa. Los funcionarios están destinados a tener pareja, a tener dos sueldos para vivir, a no ser que en lugar de estar interesados por fotografías y letras, su afición esté relacionada con el fútbol, el salseo, o la política, que eso sí da para hipotecas, cañas y gin-tonic.

Se acabó la magia de la Navidad y volvemos a nuestras cotidianidades.

Tracking Pixel Contents