Opinión | EL EMBARCADERO
Matonismo internacional
Nuestra capacidad para asumir hechos que antes eran inasumibles se ha incrementado, con la guerra en Europa oriental (Ucrania), el auge mundial de la extrema derecha, los regímenes autoritarios, la irrupción de la posdemocracia, el genocidio en Gaza o la posibilidad de que en el futuro haya una tercera guerra mundial
Todo el mundo deberíamos condenar el matonismo, lo practique un adolescente acosador en el patio de un instituto o, a mayor escala, el dirigente de una superpotencia como Estados Unidos. Lo que perpetró Donald Trump y su gobierno el pasado 3 de enero puede definirse como un ejercicio burdo de matonismo internacional aunque bien orquestado desde hacía mucho tiempo. Cuando apenas nos habíamos recuperado de los festejos por la llegada de 2026, hemos podido presenciar con horror el bombardeo estadounidense de Venezuela con la intención evidente de apoderarse del petróleo y de otros recursos naturales. Lo de menos era Nicolás Maduro y su dictadura porque sí, el mandato del venezolano no era democrático, pues usurpó la presidencia en unas elecciones fraudulentas. Además, su régimen persigue y encarcela a opositores políticos, no permite la libertad de expresión, provoca el exilio de millones de venezolanos y destruye la economía del país, con elevados niveles de pobreza y carestía en el acceso a alimentos, agua y atención médica por parte de la mayoría de la población. Y sin olvidar la corrupción, que campea allí a sus anchas. Dicho todo esto, sin embargo, esta enumeración de razones no justifica esta agresión de corte abiertamente imperialista que no busca ni justicia ni democracia para Venezuela. Se trata de una exhibición de fuerza de un gobierno, el de Donald Trump en Estados Unidos, que solo entiende el lenguaje de la violencia y del colonialismo (ser bruto siempre es indecente). ¿Qué vendrá después: Groenlandia, Cuba, Nicaragua, Colombia, México…?
Me sorprende que algunos sectores estén aceptando, como si nada, el peligroso escenario que Trump ha abierto en Venezuela. Ha habido incluso hasta un torero español, mejor no indicar su nombre por aquello de no darle más popularidad, que hasta ha llegado a sugerir a Trump que proceda en España contra Pedro Sánchez igual que ha actuado en Venezuela con Nicolás Maduro. Es intolerable. El narcisista de Trump ha dirigido esta operación para aumentar su popularidad ante el mundo, en el marco de una película con un guion perfecto en la que el mesías republicano vuelve a erigirse en supuesto salvador, saltándose al parlamento, bombardeando un país extranjero, ignorando las normas multilaterales y violando el derecho internacional. Qué mejor producción cinematográfica que esta, con imágenes de un humillado Maduro, que ni el mejor guionista de la etapa dorada de Hollywood lo podía haber imaginado. ¿O sí? Porque, en realidad, esta historia nos suena, ¿verdad? Al imperialismo del siglo XIX y a la vieja Doctrina Monroe, de las intervenciones estadounidenses y la injerencia política en cualquier país de América Latina, su patio trasero. De hecho, hay a quien lo ocurrido en Venezuela le recuerda bastante a lo acontecido con Manuel Antonio Noriega, en Panamá, a comienzos de enero de 1990, cuando este militar, líder de facto de esta república centroamericana, fue capturado por fuerzas yanquis tras una intervención militar y enviado a Estados Unidos para ser juzgado por cargos de narcotráfico y lavado de dinero. Aparte de apropiarse del petróleo de Venezuela, con esta operación militar y sus consecuencias, Trump distrae la atención de una ciudadanía que no sigue muy pendiente de cuáles son las vinculaciones de su presidente en el escándalo del criminal sexual Jeffrey Epstein.
El nuevo año ha empezado sin tregua, con un Maduro detenido y Estados Unidos volviendo a manejar las piezas del puzzle global y un orden geopolítico en constante cambio. Parece que se da la espalda a la diplomacia, a la resolución pacífica de conflictos y al multilateralismo propio del final de la II Guerra Mundial y se recurre a la ley del más fuerte, de matones que quieren imponer sus argumentos por encima de todo: Donald Trump en Estados Unidos, Vladímir Putin en Rusia y Xi Jinping en China, frente a una ONU inoperante y una UE desdeñada. No hacen falta grandes excusas para atacar un país, violar su soberanía y secuestrar a su presidente-dictador para juzgarlo en otra nación. En 2003 fueron las armas de destrucción masiva; ahora, el pretexto es el narcotráfico. No obstante, cuando en la calle gritábamos el «no a la guerra» nadie esgrimía que por decir aquello defendíamos a Saddam Hussein. José María Aznar, además, apelaba al amparo de la ONU, buscando dar cobertura legal a la invasión de Irak. Lo sabíamos entonces y lo ratificamos años después: todo era mentira. Hoy el derecho internacional parece haber saltado por los aires por culpa de un país occidental en pos de la democracia. Falso. Trump no actúa en defensa de la democracia y las libertades en Venezuela, le mueven sus negocios, el dominio político y el control sobre la energía y las rutas comerciales sobre la región. Básicamente, lo que le ha movido toda la vida ha sido el dinero y el poder para él, para su familia y para una élite codiciosa que quiere agrandar aún más su fortuna.
Desde luego que nuestra capacidad para asumir hechos que antes eran inasumibles se ha incrementado, con la guerra en Europa oriental (Ucrania), el auge mundial de la extrema derecha, los regímenes autoritarios, la irrupción de la posdemocracia, el genocidio en Gaza o la posibilidad de que en el futuro haya una tercera guerra mundial. Tanta perspectiva distópica nos aterra. ¿Qué nos queda por presenciar? ¿Quién lo sabe? ¿Pero, de verdad que vamos a aceptar la ley del más fuerte, también en el orden mundial? ¿En serio todo vale? Esperemos que estos nubarrones que acechan a las relaciones internacionales no vayan a más y que, como sucede en un centro educativo, se acorrale al matón que hace tanto daño para que sea consciente del dolor que ha provocado y que no vuelva a actuar nunca más así, con violencia y brutalidad.
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