Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (XV)

Todos los accesos se cerraban a su alrededor hasta dejarlo convertido en un auténtico recluso

Hace unos años, nuestros conocimientos sobre la ciudad de Medina Azahara -símbolo de la potencia del califato de Córdoba-, mandada edificar por Abd al-Rahman III sobre otro conjunto residencial de menores proporciones y nunca concluida del todo hasta el mismo final del reinado de al-Hixam II, eran menores. Se limitaban a los obtenidos no mediante excavaciones arqueológicas como las entendemos hoy, sino merced a un desescombro ordenado y meticuloso. Alguien, que sabía mucho de lo escrito y de lo visible del conjunto palatino, el arquitecto Félix Hernández Giménez, estudió varias edificaciones, conservadas en parte, y comenzó a llamarlas: 'los Dormitorios'.

Fue una opinión nunca publicada de modo completo y, por eso, solo virtual, pero no descartada formalmente, ni siquiera desde nuestra óptica. Don Félix llamó así a esas dependencias, muy decoradas, con aspecto de estar relacionadas directamente con el detentador de la autoridad suprema.

Su escala, pese a esto, es menor a la de los dos conocidos salones de recepción, conocidos como Rico y Basilical. Reúnen, sin embargo, un rasgo curioso: los mechinales para alojar las trancas de cierre de las puertas son más numerosas que en otras partes de la residencia palatina. Le pareció a nuestro investigador estar relacionado esto con la seguridad del sector. ¿Por qué? Por la necesidad del monarca de reposar con completa tranquilidad. Todos los accesos se cerraban a su alrededor hasta dejarlo convertido en un auténtico recluso. Quizás acompañado de una guardia exigua, más externa que interna, algún eunuco y, claro, alguna de sus mujeres, cuyo acceso a esa zona vedada debía producirse por algún corredor discreto y muy vigilado.

Debemos recurrir, nuevamente, el ejemplo -conocido, por conservado- del palacio de Topkapi, de Estambul. Nos faltan investigaciones, para concluir, y vestigios por excavar. Fabulamos, como hizo su excavador, sobre el destino de unos cuantos aposentos. Más que de utilidades, que también, quisiéramos obtener certezas razonables. Quizás así podamos pasar del conocimiento de las utilidades a la identificación de rasgos personales. Aquellos poderosos déspotas, vivían, pese a todo, atemorizados. Sueños inquietos.

Tracking Pixel Contents