Opinión | Narrador de historias
La memoria de las infinitas casas vacías
Como ya ocurriera con ‘El infinito en un junco’, y además en la misma editorial, Siruela, ‘La península de las casas vacías’ se ha convertido desde su publicación en la primavera de 2024 en un gran éxito literario gracias a las buenas críticas y sobre todo a ese circuito tan eficaz de las recomendaciones entre lectores y libreros

Las portadas de 'El infinito en un junco' y 'La península de las casas vacías'. / Tusitala
Como ya ocurriera con ‘El infinito en un junco’, y además en la misma editorial, Siruela, ‘La península de las casas vacías’ se ha convertido desde su publicación en la primavera de 2024 en un gran éxito literario gracias a las buenas críticas y sobre todo a ese circuito tan eficaz de las recomendaciones entre lectores y libreros. Sus autores respectivos, Irene Vallejo y David Uclés, comparten también haber saltado del anonimato al merecido estatus de referentes culturales en muy poco tiempo y gracias a un solo libro, aunque ambos contasen con varias obras anteriores. Incluso disponen ahora de tribuna en el mismo periódico. Sus muchos seguidores tenemos depositadas grandes expectativas en sus próximos títulos y, si bien en el caso de la primera no hay todavía noticias al respecto, hemos sabido hace pocos días que el segundo ha ganado el Premio Nadal con su nueva novela, ‘La ciudad de las luces muertas’, que saldrá a la venta en febrero. David Uclés ya fue distinguido recientemente con el Premio Dulce Chacón, el galardón literario para obras ya publicadas más importante entre los que se conceden en Extremadura.
No tengo la suerte de conocer en persona a Irene Vallejo, pero David pasó por la librería Tusitala a finales de 2024, invitado por el Ateneo de Badajoz, cuando ‘La península de las casas vacías’ empezaba a convertirse en el fenómeno literario que un año después no parece haber alcanzado todavía su techo. David es alto y simpático, amable y generoso, sabedor de la importancia de las librerías en el tejido cultural, y consciente de haber logrado con su libro el sueño que llevaba persiguiendo más de un decenio.
Para quien no las conozca todavía, diremos escuetamente que ‘El infinito en un junco’ es un ensayo sobre la invención del libro en el mundo antiguo, aunque abarca más épocas y temáticas, y destaca tanto por su fluidez narrativa como por la capacidad de la autora para transmitir su pasión por la literatura. ‘La península de las casas vacías’ es una novela que trata de componer un mosaico de la guerra civil española en clave de realismo mágico, con su pueblo de fábula y su familia que se dispersa y sufre o es testigo de casi todos los males patrios. Si me empeño en poner en paralelo a estos dos autores y a sus obras señeras no es sólo por los puntos que tienen en común relativos a su reconocimiento y a su trayectoria de publicación: creo que ambos libros cumplen una función terapéutica para la sociedad española, y eso explica en buena medida su éxito. Precisamente porque son cuestiones en franco retroceso y bajo amenaza de muerte por parte de fascistas y oligarcas (hay quien se define por ser ambas cosas a la vez), por un lado el ensayo de Irene Vallejo nos reconcilia con la idea fuerza del libro como artefacto cultural insustituible y a la vez imperecedero, y con la importancia y valentía de quienes a lo largo de los siglos han sido sus defensores y guardianes frente a tantos intentos de persecución. Por su parte, la novela de David Uclés es un canto a la memoria colectiva, a la necesidad de contar la historia trágica de España antes de pasar página y buscar algo parecido a la reconciliación. Si el junco de Irene nos invita a recorrer sus numerosas ramas y raíces para recordarnos que sólo la cultura nos puede salvar de la barbarie, la península de David es la prueba de la imposibilidad de reabrir heridas, puesto que siguen abiertas, supurando en fosas comunes y cunetas.
El propio David Uclés se preocupa de mencionarlo en cuanto tiene oportunidad, como hiciera en el discurso de entrega del Premio Dulce Chacón, en Almendralejo: el sangriento episodio de la llamada ‘Matanza de Badajoz’, que por supuesto aparece reflejado en su libro, es el que más le conmovió a la hora de trasladar los hechos históricos de la guerra a las páginas de la novela. Puede leerse incluso separado del resto del texto, como una ínsula; el capítulo se titula ‘La arena y la cal’, hagan la prueba.
Como yo también voy teniendo la memoria larga, cosas de la edad, recuerdo a Dulce Chacón a principios de este siglo, presentando su libro fundamental, ‘La voz dormida’, en el madrileño Círculo de Bellas Artes: la escritora de Zafra invitó para la ocasión a algunas de las víctimas de la dictadura en cuyas vidas se había basado para desarrollar los personajes de su célebre novela. Hubo un momento en el que Dulce calló porque ya sólo tenía sentido dar la palabra a aquellas mujeres represaliadas y a sus familiares, que tras tanto tiempo de silencio se levantaban para hablar, para desahogarse, para tejer juntas el junco de la memoria que todavía hoy, afortunadamente, sigue mostrando enérgicos brotes verdes. Acaso sean infinitos.
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