Opinión | Disidencias
Miscelánea
No soy capaz de reunir una veintena, una decena de sitios que me haya perdido y con esta historia se me ha ocurrido preguntarme cómo anda el personal de conocimientos sobre su ciudad
Para un tipo que se ha bañado en la playa del Guadiana o ha navegado en aquellas barcas góndolas más inestables que mis principios (siempre me declaré abiertamente marxista, de Groucho Marx, por supuesto), ha comprado en el Peysan de la calle la Sal o en el Simago que hoy es el Día, estrenó el Videoclub Extremeño, ha visitado enfermos en el Hospital Militar, bailaba en la discoteca del Casino (última planta, al fondo o, en su defecto, en el salón noble donde hoy se celebran los plenos de la Diputación, que eso sí que es una conversión y no la de Saulo de Tarso, con perdón) el Hotel California, el Angie de los Rolling, El año del gato, la Europa de Santana o Si de amor ya no se muere (grande, muy grande Gianni Bella, que nos permitía inclinar la cabeza levemente sobre el hombro de la chica para por si acaso), le ponían la inyección (a saber cuál) en Los Pinos o en Previsión, actual Gerencia del SES, estudió la EGB en General Navarro y el BUP y el COU en Zurbarán, vio a las murgas en el Menacho o en La Granadilla, conoció la juguetería de Las tres campanas, los bacalaos donde hoy está el Arzobispado y la zarzaparrilla en Ronda del Pilar, intentar encontrar lugares por donde no ha pasado o pastado o padecido o se ha perdido en este Badajoz incierto, se antoja titánica batalla que ni con el astuto Leónidas a la cabeza o el paciente Ulises intentando sortear las engañifas de los dioses, podría traer benéficos resultados.
Para alguien que conoció el cine Conquistadores o la discoteca 29-92, que comió en el primer restaurante chino que hubo en Badajoz (a ver si adivinan cuál y dónde se ubicaba), que tardó casi treinta años en subir a la torre de Espantaperros o entrar en el Fuerte de San Cristóbal, que conoció el Seminario de San Atón ahí mismo, en San Atón, que vio cómo se anegaban Las Moreras años antes de la riada de infausto recuerdo, que asistió a una misa negra en San Isidro, como así documentó en una historia que por ahí anda publicada, que entraba en La Alianza o en La Diocesana (librerías y papelerías, por si alguno ya no recuerda), que conoció antes a Pascual Alba que a La Cubana, que soportó los olores del caño de la Cambota cuando aquello no eran vertidos esporádicos, sino una catarata de detritus, que una vez conoció abierto el Hotel Lisboa, que comió en Aldebarán, que vio correr la banda en El Vivero a Tienza o Marmesat, que a punto estuvo de ahogarse en el Rincón de Caya, por cierto, ya que estamos, que pasaba al otro lado de la Raya cuando había dos controles con sus cabinas y policías y en las puertas de Galerías Preciados se cambiaban escudos por pesetas, para alguien así, digo, o sea, escribo, no hay inteligencia artificial que se resuelva la ecuación o le indique el camino hacia aquellos páramos o abismos o rincones o vacíos que no ha logrado visitar ni siquiera de refilón.
¿La Ermita de Bótoa? En la romería de mayo. ¿Tal vez el gallinero del López o del Menacho? Cuando La Misión o Titanic, que los remataron. ¿Si acaso el lejío de los chinatos? Pero, ¡hijo mío!, si hasta los carros (de combate) y los gusanos (de seda) poblaron aquellas lindes, como la Estellesa o un poco más allá la LEDA o el Hospital de la Cruz Roja (¿se acuerdan los que por allí hicieron la mili?) o la mismísima cárcel antes de ser Meiac. ¿Y qué de la boca del lobo, el parque infantil, el ciervo en La Legión, los langostinos del Pryca, las piscinas Conde o Florida, el aljibe de la Alcazaba, la grúa llevándose el coche a la vieja plaza de toros, la feria de San Juan en La Paz, kioskos de prensa como setas ¡¡con prensa!! y golosinas y otras chucherías y el Rayo Pardaleras y el BBC y los eucaliptos de la margen derecha, el cine los domingos por la tarde en Los Maristas, la Metalúrgica y el fútbol en tierra, incluso, el mercado metálico embutido en la plaza Alta?
Vuelvo a Ulises: “…en su alma llevaba las huellas de mil pesadumbres/ padecidas en guerras y embates del fiero oleaje…”. Todo esto para llegar a una estación de término: ¿Por qué con la edad que tengo y los oleajes a los que me he visto sometido nunca entré en el parking o la torre de Simago, ni en el Hospital San Sebastián desde cuando dejó de sanar cuerpos para alimentar almas, no subí a la torre de la Catedral o entré en el Banco de España desde que está casi en la periferia? Por más que rasco y pienso en los pliegues gastados de la oxidada memoria, intento averiguar aquellos parques, aquellas calles, esos edificios singulares o, sencillamente, vulgares, esos paisajes urbanos, esos recovecos casi inaccesibles que se me hayan resistido, por los que haya pasado de largo, que no haya conocido. Bares, sí, y restaurantes, muchos, de los que no conozco ni el nombre, pero lo otro…Ya en su momento, tardé años en entrar en el nuevo palacio de congresos (¿hace falta que explique, de nuevo, las circunstancias que motivaron aquel rechazo?) y, bueno, sí, alguna Facultad, alguna sede vecinal, alguna biblioteca de barrio, pero no soy capaz de reunir una veintena, una decena de sitios que me haya perdido y con esta historia se me ha ocurrido preguntarme cómo anda el personal de conocimientos sobre su ciudad, no ya solo de historia, que me imagino que, como todo, poco habrán leído y de todo sabrán, marca de la casa de toda esa pléyade de todólogos que pueblan las Españas. Me refiero, más bien, al in situ, o sea, ¿qué te has perdido, dónde no has subido, entrado o pisado en Badajoz?
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