Opinión | Miel, limón & vinagre
José María de Loma
Miguel Díaz-Canel, un revolucionario maduro
El presidente de Cuba es el segundo clasificado en el ranking de jefes de Estado con los que no simpatiza Trump

Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba.
Todo revolucionario que culmina la revolución acaba teniendo pinta de funcionario. De subversivo, a funcionario mayor. Una vez que se implanta un régimen, lo primero es establecer sus férreas normas y su burocracia. Que se cumplan, se antepone al bienestar. Miguel Díaz-Canel, presidente de Cuba, jefe del Partido Comunista, es el primer dirigente de la revolución cubana que ha nacido después de la revolución: por eso, en lugar de guerrillero que baja de Sierra Maestra vestido de verde oliva, tiene pinta de sexigenario, tomémosle prestado el neologismo al joven filósofo Javier Gomá. Canel es ingeniero. Aunque seguramente piense que el mayor éxito de su carrera debería de ser no acabar como el dictador venezolano.
Manda en Cuba. Y en su miseria. Y se supone que andará acongojado después de ver lo que le ha pasado a Maduro. Lo que le ha pasado a Maduro no lo ha visto nadie, pero todos lo hemos imaginado nítidamente. Canel es el segundo de una lista en la que el primero ya no está. Eso está bien si es una lista de clasificados de campeonato de petanca, pero no sí es el ranking de jefes de Estado con los que no simpatiza Trump.
Llegó a la presidencia de Cuba en 2019, cuando sucedió a Raúl Castro, que nadie sabe qué le sucedió. El segundo de la dinastía de los Castro tiene ya 94 años y está enfermo. Los rumores sobre su muerte son recurrentes. Canel: no habla tanto como Fidel Castro y parece más práctico que Raúl. Nació en el 60, fue ministro de Educación, tiene tres hijos y desciende de asturianos. La ventaja de Canel sobre Maduro es que al primero no le dan la tabarra los demócratas y la oposición exigiéndole que haga públicas las actas y los resultados de las elecciones. En Cuba no hay elecciones. Algunos creen que sí, son los mismos que creen en los unicornios. Hay partido único pero eso ya lo sabe usted, que seguramente ha viajado a la isla cuando estaba de moda. Cuba como destino turístico anda algo ajado, igual que la mayoría de las fachadas de los bellos barrios de la Habana.
Cuba ha pasado del yugo del dictador Batista a la ilusión revolucionaria. De ahí a la miseria y al doble yugo: su dictador y el embargo americano. Díaz-Canel dirige un tobogán de hambrientos que se mantiene a flote por la dignidad del pueblo, tantas veces invocado en vano. Ahora Trump quiere que Cuba sea de nuevo la isla de recreo de los yanquis adinerados. Tal vez su sueño es una cadena de resort con sedes en Groenlandia, Gaza, la costa venezolana y Cuba.
Dicen de Canel, que con ese pelazo blanco y esa tez bronceada podría ser el compañero de aventuras de Harrison Ford en una película de acción y que tampoco desentonaría en una terraza de Puerto Banús, que comulga (con perdón) con el lema de Quintiliano: Suaviter in modo, fortiter in re (Suave en las formas, duro en la acción).
Cuba enfrenta una crisis económica profunda, apagones prolongados, escasez de alimentos, deterioro de los servicios básicos y un creciente descontento social. Encima, hay alta tensión política internacional. Tambores de invasión. Imperialismo new age. Y en este contexto, estos días, Miguel Díaz-Canel, de gira en asambleas del partido en todo el país, culpa a la militancia de lo mucho que no funciona en Cuba. Al menos reconoce un problema, lo cual es bastante para un dogmático, esa gente que tiene una sola idea y un solo libro, ya sea la Biblia, el Corán o El capital.
Cuba ha sido siempre un fetiche para la izquierda, un balneario para la derecha; un lugar en los noventa y los dos mil para las lunas de miel de las clases medias y un burdel para no pocos europeos, americanos y canadienses. Un pueblo que está dejando de ser dócil para ser levantisco contra los que han instituido funcionarialmente la revolución, que como motor de progreso está gripado o al ralentí; un lugar en el que ya no cabe la lucha de clases porque solo hay una. La causa de Canel está madura.
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