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Opinión | A mesa puesta

Badajoz

Trece ediciones de migas en Badajoz: comunidad y generosidad

Lo que de verdad importa no está en la receta, sino en el propósito. Esto no es un concurso ni un espectáculo: es comunidad alrededor de una mesa sencilla y la certeza de que lo que comemos puede servir para que otros coman

Una joven recoge su plato de migas con una loncha de jamón recién cortado, en la pasada edición de las Migas Solidarias Extremeñas.

Una joven recoge su plato de migas con una loncha de jamón recién cortado, en la pasada edición de las Migas Solidarias Extremeñas. / Andrés Rodríguez

Hay tradiciones que no se mantienen por inercia, sino por conciencia. A mis compañeros y a mí nos ocurre cada año: cuando se acerca la fecha, volvemos a sentir esa mezcla de ilusión y responsabilidad que sólo aparece cuando sabemos que lo que viene no es un simple encuentro gastronómico, sino una cita de ciudad. Este sábado, 17 de enero, en el templete de la plaza de San Francisco de Badajoz, volveremos a encender los fuegos. Y lo haremos con una idea muy concreta: que cada ración, entregada a cambio de un donativo de 3 euros, se convierta en ayuda real para quienes más lo necesitan.

Las Migas Extremeñas Solidarias nacieron así, desde la convicción -compartida con un grupo de amigos y compañeros- de que un plato humilde, hecho con verdad y en comunidad, puede convertirse en apoyo directo para muchas mesas. Con el tiempo, lo que empezó como una idea valiente se ha convertido en un latido colectivo. El templete cambia de piel y se vuelve escenario de ollas grandes, humo de aceite, migas humeantes y sonrisas. Y lo que más me emociona no es el despliegue, sino el fondo: ver cómo la gente entiende el sentido de la mañana y lo hace suyo.

Esta será la 13ª edición, y lo digo con orgullo sereno, desde mi papel de socio cofundador y participante activo, pero también con la humildad de quien sabe que esto no lo sostiene una persona ni un nombre, sino un equipo y una ciudadanía que responde.

En la organización hay una ley que intento cuidar siempre: el respeto a quienes trabajan codo con codo desde el primer minuto. El ritual se repite y, sin embargo, nunca es mecánico. Hay tres fuegos grandes para las migas ‘clásicas’; hay un fuego específico para las migas aptas para celíacos -porque la inclusión aquí no es un eslogan, es una prioridad operativa-; y hay un punto para el café, que inaugura la jornada como un abrazo sencillo y necesario.

Y si algo me gusta subrayar es que detrás de cada sartén hay oficio y compromiso. En la sartén principal está, como desde el principio, Javier García, con esa autoridad tranquila que sólo da la experiencia. A su lado trabajan José Luis Sánchez, Roberto Rebella y Manuel Espada. Y en el fuego destinado a las migas para celíacos está Ana Rebella, cuidando cada detalle. Alrededor, una red de manos que no busca protagonismo: voluntarios, colaboradores, amigos. A todos ellos procuro mirarles siempre con gratitud, porque sé lo que supone madrugar, aguantar el ritmo, coordinar turnos, mantener la seguridad y, además, sostener el buen ánimo.

La cifra estimada de este año ronda las 3.000 raciones. Pero, honestamente, el número es importante sólo a medias: lo verdaderamente decisivo es lo que esas raciones representan. Cada plato lleva migas y bebida, sí, pero sobre todo lleva un mensaje: que Badajoz se organiza para ayudar. Y, con ese donativo de 3 euros por ración, todo lo recaudado se entrega íntegramente a la Fundación Banco de Alimentos de Badajoz, que es quien conoce mejor que nadie la urgencia diaria de tantas mesas.

Yo siempre digo que la grandeza de esta iniciativa se mide también por su constancia. No es un gesto puntual para una foto; es una continuidad que se renueva año tras año, y que culmina en un momento que para mí tiene un valor especial: cuando la fundación recoge formalmente el cheque. Ese acto sencillo confirma que lo vivido en la plaza no se queda en emoción: se convierte en ayuda concreta.

La mañana, además, tiene un calor humano que no se puede fabricar. Desde primeras horas llegan vecinos del barrio, familias, personas que acaban de volver al trabajo tras las fiestas, amigos que se citan aquí como quien se cita con su gente. Y es justo ahí donde yo siento que el respeto debe ser máximo: hacia los ciudadanos que esperan su turno, aportan su donativo, agradecen el esfuerzo y, sin decirlo, sostienen el sentido de todo. Sin ellos no hay solidaridad organizada; habría, como mucho, buena intención.

Las migas saben a Extremadura: pan de pueblo, aceite de oliva, ajo, pimiento, y esa grasilla dorada que define una sartén bien trabajada. Y la tradición nos guiña un ojo con su frase conocida: “las migas del pastor, cuanto más vueltas, mejor”. Pero lo que de verdad importa no está en la receta, sino en el propósito. Esto no es un concurso ni un espectáculo: es comunidad alrededor de una mesa sencilla y la certeza de que lo que comemos puede servir para que otros coman.

Por eso, cuando la plaza se llena, cuando el humo se eleva, cuando se forman colas de camaradería y los voluntarios reparten con rapidez y calidez, todos mis compañeros y yo lo vivimos como una lección de ciudad. Hay una memoria colectiva que se refuerza con cada edición: la de un Badajoz que se reconoce solidario no sólo en los grandes discursos, sino en los gestos prácticos.

Y siempre llega ese instante en el que me detengo un momento, miro la plaza abarrotada, escucho el murmullo compartido y veo los fuegos encendidos. Entonces lo entiendo todo otra vez: estas migas tienen doble sabor, el del plato bien hecho y el de la solidaridad que lo acompaña. Llegamos a la decimotercera edición con la misma ilusión que en la primera, pero con más experiencia, mejor organización y una comunidad que ya nos conoce, nos anima y nos abraza. Las migas son humildes; su impacto, no. Son raciones que alimentan cuerpos y un gesto colectivo que alimenta esperanzas. Y cuando amanezca el sábado, la plaza y el templete volverán a latir al ritmo de la sartén y del corazón de una ciudad que, cuando quiere, sabe estar del lado de quien más lo necesita.

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