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Opinión | En la frontera

Abogada

Fechas

Son marcas del pasado. Como una cicatriz que no queremos que cure del todo

Las fechas. Ese círculo que señala un número en el calendario de la cocina. Esa sonrisa con dos puntos por ojos que recuerdan en nuestro cuaderno los cumpleaños de quienes amamos.También llevan corazones encarnados los aniversarios, el último examen, el primer día de trabajo, los días que antes de pasar no sabíamos que nos cambiaría la vida, cuando las manos se entrelazaron por primera vez, cuando pronunciamos sí quiero. Son marcas del pasado. Como una cicatriz que no queremos que cure del todo. Acariciarla de vez en cuando, cuando nos sentimos perdidos, es un ancla, que nos recuerda que valió la pena. Un instante fugaz tatuado, con vocación de permanencia.

Después están las otras señales. Las de los días subrayados en verde. Fe, confianza y promesa de un tiempo mejor, con sol, de una preocupación menos, un ojalá enmarcado. Forman parte de las listas de año nuevo, de los propósitos murmurados mientras comíamos las uvas, puestos por escrito al estrenar agenda.

Hace un tiempo, en enero de 2024, me compré en la tienda del Metropolitam Museo, un cuaderno precioso. Tapa dura, pequeño para que quepa en un bolso, con un dibujo art deco de flores sobre un fondo rosa empolvado, entrelazadas en verde bosque, mi color favorito. No era un diario, ni un cuaderno de gratitud, ni una libreta para no olvidar hacer recados o la lista de la compra. Era todo eso, también. El título: 'moments four you'. Y lo que me decidió a elegirlo fue el pie de página, 'ever growing', siempre creciendo.Tan definitorio del camino que intento transitar, de este estado de buena esperanza que cada día da a luz un nuevo día. Rellené la fecha, mi nombre y dirección, los recuadros con los deseos y objetivos y poco más.

Debí colocarlo en algún sitio donde ha vivido, ajeno a mí, escondido de la rutina de la vida, hasta que esta mañana me decidí a comprar por fin la agenda del 2026, y me acordé de él. Busqué y busqué hasta que entre libros lo vi como si fuera una novela más, pero vacía, en blanco casi, esperándome. No taché la fecha, puse esta a su lado, y le expliqué.

Han pasado días buenos, malos, pero más de los primeros y sí, sigo intentándolo. Mi lista ha cambiado, pero solo un poco. Con satisfacción he puesto varias cruces en lo que al menos comencé a cambiar, comencé a aprender, me comencé. En un par de hojas, sin importar que mi letra sea ilegible, le he resumido estos dos años, y he vuelto a rellenar las columnas de mis pretensiones sin sorprenderme del contenido. Sin dudar, las prioridades han salido naturales, claritas como el agua. Y al releerlo, el puzzle de lo que hacer, a lo que aspiro, encaja.

Los nombres en mayúsculas, con garabato al lado, con signos de admiración, son los mismos que en el teléfono llevan la A/a, avisen en caso de emergencia, los que llevan un icono de corazoncito que sonríe, que tiene brazos largos para rodearse en una abrazo en forma de infinito. Y mas allá. Y debajo de él me coloco. Solo después de su paz, de su salud, de su alegría y de su amor. Ese es el orden. El mismo que recito al rezar cada noche y sobre el que doy las gracias cada mañana. Encontré también en la biblioteca, yo que no creo en las casualidades, un librito que se llama 'El juego de los días contados'. 365 páginas con extractos de obras, que hacen referencia o se crearon en un día concreto. Hoy, 11 de enero, Grahan Greene, escribió en Hanoi, en 1954, "Cena con amigos franceses y, después seis pipas. Estruendo de cañones y el bramido de los helicópteros que volaban rozando los tejados, traían heridos de alguna parte”. Desde el salón de mi casa llega el sonido de las noticias, su ruido, que brama también, como heridas. Las de Miguel Hernández. Las nuestras, como un mantra común, que no entiende de fronteras ni de fechas.

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