Opinión | El embarcadero
Más truhan que señor
Desde luego que este bombazo nos ha sorprendido bastante, o tal vez no tanto, a tenor del comportamiento general de Iglesias con las mujeres; por ejemplo, en diferentes eventos que se están rescatando, con acciones deleznables como agarrar de la cabeza a una presentadora de televisión para besarla en la boca sin su consentimiento
Cuando estudiaba en la facultad, había una parte del temario que me atraía especialmente. Era la relacionada con el periodismo de investigación y su capacidad para desvelar aspectos, datos o informaciones que, por su naturaleza, alguien o algo deseaban mantener en secreto. Recuerdo haber leído el libro ‘Periodismo de investigación’ de la profesora Petra María Secanella, de la Universidad Complutense de Madrid, para saciar ese interés por el considerado uno de los géneros más fascinantes del periodismo, cuyo ejemplo paradigmático se halla en el famoso caso Watergate, en el que se implicaron dos reporteros de ‘The Washington Post’: Bob Woodward y Carl Bernstein. Dedicarse a este tipo de trabajo en los medios de comunicación, además de valentía, requiere exactitud, autenticidad, testimonios y acudir siempre a fuentes directas, preservando su anonimato. Al presentarse como una información denunciadora de unos hechos, suele abordar temas relacionados normalmente con las corrupciones y los abusos. Hay investigaciones periodísticas que duran semanas o meses. Por lo general, las mejores se suelen cocinar a fuego lento, llevan su tiempo puesto que hay que estar muy seguros para defender esas informaciones porque cabe la posibilidad de que lluevan demandas judiciales e indemnizaciones millonarias. Así ocurre con la que acaban de sacar a la luz el Diario.es y Univision Noticias, una gran exclusiva que les ha llevado tres años y que podría titularse así: Extrabajadoras de las mansiones de Julio Iglesias acusan al cantante de agresiones sexuales; por tanto, de delitos muy graves, relacionados con la violencia sexual, la explotación laboral y la trata de seres humanos, que podrían ser penados con cárcel.
Desde luego que este bombazo nos ha sorprendido bastante, o tal vez no tanto, a tenor del comportamiento general de Iglesias con las mujeres; por ejemplo, en diferentes eventos que se están rescatando, con acciones deleznables como agarrar de la cabeza a una presentadora de televisión para besarla en la boca sin su consentimiento. Esas conductas tan abominables nos han de hacer reflexionar sobre la catadura de estos individuos aunque, en principio, alguien pueda preguntarse: ¿cómo va a agredir sexualmente nuestro cantante más célebre, un seductor nato, un conquistador de corazones, un encantador de serpientes y un auténtico ‘sex symbol’? ¿Cómo va a abusar él de alguien si durante toda su vida ha encadenado novias, mujeres y amantes; si ha sido un tipo atractivo y triunfador; si tiene más de ochenta años? Parece que en el supuesto retrato robot de un abusador no entra alguien como Julio Iglesias, a pesar del tremendo testimonio de las víctimas publicado tras esta investigación periodística y cuyo caso ya está en manos de la justicia a través de una denuncia en la Fiscalía de la Audiencia Nacional. No hay duda de que Julio Iglesias tiene, como todos los españoles, el derecho a la presunción de inocencia y habrá que ver el recorrido judicial del caso y las nuevas informaciones que se publiquen. No obstante, los testimonios de sus exempleadas son demoledores y nos indican ya que Julio Iglesias es mucho más truhan que señor y que denuncian estos hechos para ayudar a otras posibles víctimas.
Lo que llama la atención es la férrea defensa que han hecho de él sus amigos, por lo general hombres de otra época como Jaime Peñafiel, que exculpan al artista con argumentos peregrinos y machistas: «Julio nunca ha tenido la necesidad de abusar porque siempre ha tenido a todas las mujeres a su disposición. Se las ha tenido que quitar de encima toda la vida». Les cuesta creer que un agresor sexual sea guapo, ligón y con éxito entre las chicas; nos les cuadra. Eso deben pensar Santiago Abascal e Isabel Díaz Ayuso, dos dirigentes políticos que también han defendido sin ambages al cantante y que han criticado que se le desprestigie. El líder de Vox ha dicho, incluso, que estas denuncias son un plan del gobierno para que no se hable de su corrupción. Vamos, que Pedro Sánchez es el culpable de esto también y ha vuelto a hacer de las suyas, sacando un conejo de la chistera para desviar el foco de atención. Quienes tanto defienden a este artista quizá deberían trabajar más sus argumentos porque, ante la gravedad de las acusaciones, se caen por su propio peso. En verdad, aquí estamos hablando de machismo, de poder, de relaciones de dependencia, de intimidación, de impunidad, de explotación, del ecosistema tóxico en torno a la fama y el dinero, y de un modelo de masculinidad que ha encumbrado a la gloria a referentes como Julio Iglesias, un artista, por otro lado, bastante sobrevalorado, bajo mi punto de vista.
Cada vez son más las denuncias que conocemos -en la política, la cultura o el mundo académico- a hombres con poder acusados de ejercer violencias. Ahora es Julio Iglesias pero hace un mes fue Adolfo Suárez, subido a los altares democráticos aunque su trayectoria ha quedado manchada por el testimonio de una mujer, que denunció haber sido víctima entre 1983 y 1985 de abusos sexuales por parte del expresidente del Gobierno, cuando ella tenía 17 años. En esos abusos de poder hay patrones: cuanto más poder social y económico tenga quien ejerza esa violencia sexual, mayor será la impunidad y la incapacidad de las víctimas de romper el silencio y salir de esa espiral nociva. A su vez, el escándalo de Julio Iglesias ha puesto sobre la mesa una realidad invisibilizada como es la situación del trabajo doméstico en España, en ocasiones con extenuantes jornadas, sin apenas días de libranza y con agresiones sexuales. Según un informe de la asociación ‘Por ti mujer’, de 2024, sobre la situación de vulnerabilidad de las trabajadoras domésticas en nuestro país, muchas de ellas migrantes, más de la mitad de las encuestadas declararon haber sido víctimas de acoso o violencia sexual en las casas donde trabajaban. Nos encontramos ante uno de los eslabones más frágiles de nuestra sociedad: mujeres migrantes y racializadas, con trabajos precarios y encerradas con sus agresores, que además son sus jefes, envueltas en dinámicas de poder y dependencia que imposibilitan su huida. Se trata de un panorama preocupante que nos recuerda la importancia de que las mujeres dejen de tener miedo para denunciar estas agresiones y para escapar de esos infiernos.
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