Opinión | En la frontera
Frío
Cuando dicen su nombre se levanta sin alivio, sin querer huir, echa la vista atrás, y sin sonreír pero llevándose la mano al corazón, les dice “no pierdan la esperanza”
Una vez que todo hubo terminado el pasillo no era tan largo como le pareció al principio. La gente se frotaba las manos y permanecía sentada con los abrigos puestos, esperando. Cada vez que se abría la puerta, el relente, intentaba saltarse la cola. Por eso las butacas cercanas a la entrada permanecían vacías para hacerle frente, una primera línea para defender al resto, una muralla levantada para amortiguar el primer sobresalto.
Aún así un escalofrío silba, se desliza sibilino, llega hasta los recodos, cotillea entre el cuello y la camisa, acuchilla por la espalda, entre la ropa y el descuido, estremece los riñones, trepa por el hueco de la manga. Se instala en el espacio que media entre las parejas, que aquí no se tocan, y se comunican levantando una ceja, o los hombros, que se separan con un ”ánimo”, que nadie más que ellos pueden escuchar, como si hubieran inventado un lenguaje propio. Un enfermo, un familiar, uno que no sabe si está enfermo, un familiar, otra que sí lo sabe y lo guarda como un secreto en su pecho. No hay familiar esta vez para no desvelar el dolor. Otro que teme, otro que no quiere creerlo, otra que no puede cargar con ello sola, que no le dan los brazos para tanto peso, y lo comparte con su hija que de repente se hace madre.
Ordenados y cabizbajos, pertrechan tras las mascarillas blancas, cuchicheos, desangelados. Después el silencio flota, leve como algodón. Me acuerdo de hojas de algodón enrollado entre papel duro azul violáceo. Y del olor a alcohol y al metal de las cajitas donde el practicante guardaba las jeringuillas de cristal y las agujas, como si fueran tesoros o misterios. Una fila de sillas, blancas, guardan la ausencia de los que ya no volvieron a revisión, un número que se dice en alto y al que no responde nadie, nadie se levanta, una plaza que aún conserva la huella del que fue, y su miedo.
Alguien aparece y pasa lista, con uniforme, blanco. No dice buenos días. Quizá piense que nunca lo son en un hospital. Ella, sin embargo, dice buenos días, respondiendo a un saludo inexistente, al que debiera haberse pronunciado, para romper el hielo, y el tiempo que pasa lentísimo hasta escuchar cada nombre, y la desazón y la incertidumbre, que como la mala hierba sube desde la boca del estómago, hasta la garganta, la mandíbula, y encharca los ojos. Lo dice como una declaración de intenciones, un deseo, una petición, mirándole a los ojos que él esquiva. Tutea incluso a quien le dobla la edad, eleva la voz presumiendo una sordera general, se mueve hastiado, con el gesto ya cansado aunque sean las ocho de la mañana.
Otra sala, dentro. Ya los asientos se ocupan de uno en uno. Los acompañantes se quedaron fuera, siguiéndoles con la mirada hasta que la puerta se cierra. Frente a ella una mujer se atusa el pelo, restriega una y otra vez una mano contra la otra, mueve la punta de los zapatos. Dice "si estoy así hoy, qué será mañana”. Los demás evitan cruzar la mirada. Asidos a sus teléfonos. Otros apartan la vista buscando una mosca, una grieta en la pared para escapar por ella. Repite la misma frase cada vez que entra alguien. Hace propósito de enmienda, piensa que aunque hayamos aprendido a rehuir a quienes se muestran inestables, como al conflicto, esa mujer necesita ser escuchada. Le dice, intente estar tranquila, intente respirar. Se miran. No comprende. Pero se agarra a las palabras que le dirigen y descarga su historia, su cáncer, tres veces, su historia se desborda, sin freno. Otra mujer casi sin pelo, la mira, despacio, dice , tengo metástasis. Otro silencio, espeso, humilde, cae hasta besar los pies de cada de esas mujeres. Roto por la voz de otra y otra y otra.
Unos ojos empañados, otros cerrados con rabia, “no lo acepto”, otra nombra a Dios y a Él se acoge, ella habla de los avances de la ciencia sin terminar la frase, inútil, incapaz de consolar. Cuando dicen su nombre se levanta sin alivio, sin querer huir, echa la vista atrás, y sin sonreír pero llevándose la mano al corazón, les dice “no pierdan la esperanza”.
Se desvistió, y mientras su cuerpo entraba en el tubo oscuro, mientras sonaba el sonido martilleante, mientras escuchaba, no se mueva , no respire, rezaba por ellas, y daba las gracias.
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