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Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (XVII)

La mezquita mayor de Córdoba, ese edificio que hoy oficia de catedral, es una obra dinástica. Un raro inmueble al que todos, seguramente, de los miembros de una estirpe, la omeya, añadieron algo, hasta convertirla en algo más que en una obra monumental: en el símbolo de toda una ideología

Es obvio que en la educación y en la propia personalidad de los califas jugaba un papel destacado el aspecto religioso. Por la propia naturaleza de la institución, eran la cabeza de la “umma” (=comunidad de los creyentes), en el aspecto religioso, lo que, leído en clave musulmana y en pleno siglo X, conllevaba la dirección del Estado -aunque el término resulte poco apropiado para aquel momento-. En definitiva, el Príncipe de los Creyentes -el califa- gobernaba en lo espiritual y en lo civil. Y definía, de acuerdo con los consejeros en materia de religión, los aspectos dogmáticos de la dinastía. Debemos, por lo tanto, suponerle a cada monarca unas profundas convicciones religiosas, lo que no debe interpretarse como una necesaria restricción en ninguna de sus tendencias y deseos personales.

Era un soberano absoluto y la apariencia había de adaptarse a la Ley. Sus gestos públicos, como ha ocurrido y ocurre siempre en estos casos, eran muy importantes, los hicieran por convicción o por apariencia. Poco puede aportarse a la hora de aclarar la personalidad de cada monarca. El testimonio de los cronistas, como vengo afirmando repetidamente, es importante, pero debe aceptarse con todas las reservas. ¿Y qué es capaz de añadir la Arqueología?

La mezquita mayor de Córdoba, ese edificio que hoy oficia de catedral, es una obra dinástica. Un raro inmueble al que todos, seguramente, de los miembros de una estirpe, la omeya, añadieron algo, hasta convertirla en algo más que en una obra monumental: en el símbolo de toda una ideología. Los califas cordobeses solo añadieron dos partes, de las cuatro que conforman el conjunto. La más renombrada, por bien conservada y más perceptible, es la tercera. De ella nos ha llegado una parte sustancial de sus elementos definitorios: naves, alquibla, “mihrab” y “maqsura” o zona cercada en la que se situaban el califa y los más cercanos, para rezar con calma. Esta parte no la tenemos completamente definida en extensión, y, lo contaré, aún siendo elemento importante del oratorio, inspiraba ciertos recelos entre los medios religiosos. Dividía a los creyentes en zonas y eso no era lícito. La aljama también habla, si sabemos mirarla y escuchar con calma su mensaje.

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