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Opinión | La escotilla

Arqueólogo

Ojo con las tradiciones

Respetemos el pasado, respetemos lo heredado, sí, pero desde la crítica y sin caer en bobaliconas admiraciones basadas únicamente en la vejez percibida de lo pretérito

En 1770 el gobierno de Carlos III solicitó a los responsables de las diferentes provincias información sobre las cofradías, gremios, hermandades y otros colectivos similares existentes en el territorio que administraban. La respuesta remitida desde la provincia de Extremadura, muy detallada, se conserva en el Archivo Histórico Nacional de Madrid(Consejos, 7091, Exp.8). Fue publicada por Teodoro López en los Coloquios Históricos de Trujillo en 2018 y, como el expediente está digitalizado, puede consultarse y descargarse en el portal PARES de los Archivos Estatales españoles. Traigo este dato a colación no tanto por resaltar una fuente para la investigación de la historia local, sino para plantear una reflexión sobre la relación entre pasado y presente; sobre la relación entre tradición e historia.

Leyendo este expediente lo primero que salta a la vista es lo diferente que resulta la imagen resultante de la ciudad, de sus cofradías y de sus procesiones. En nada se parece lo descrito en estos papeles de dos siglos y medio a lo que acontece en el entorno cofrade del Badajoz presente, por mucho que muchos nombres y lugares coincidan o puedan ser identificados. Son mayores las diferencias que las similitudes. Algunas de las cofradías de entonces han desaparecido, o no aparecen allí otras de las actuales. Y las procesiones lo mismo, en poco se parecen.

Repárese que estamos hablando de cofradías y, en menor grado, de la Semana Santa, fenómenos ambos que de suyo transmiten la idea de tradición y tradicional, que aquello que hacen es resultado de una costumbre ancestral mantenida a lo largo de los años. Como queda dicho, no son demasiados los parecidos entre el pasado documentado, histórico, y el presente, tradicional. Es lo habitual. Cuando se investigan con métodos científicos y sin prejuicios las tradiciones como tales, constatamos que muchas de ellas no tienen ni un siglo de existencia, o poco más. Es bien cierto que hay costumbres y cuestiones culturales que tienen una antigüedad manifiesta, que pueden documentarse con más de un milenio, acaso casi dos, de existencia, a veces más. Pero no todo lo que pasa por ser tradicional es antiguo ni se fundamenta en costumbres heredadas del pasado, transferidas a través de las generaciones.

Esto contradice la percepción, ciertamente tradicional, de que aquello que se ha heredado del pasado, sea lo que sea, ha demostrado su utilidad social, es algo que de alguna manera podemos esperar que funcione porque mal que bien ya funcionó para los ancestros. La tradición, así percibida, viene a ser una piedra de toque, un sello de garantía, un contraste legitimador.

Cuando vemos que mucho de lo que pasa por ser tradicional es realmente muy moderno, esta legitimidad decae; lo tradicional se abre a ser cuestionado y desbancado. Es bueno que así sea, pues si lo tradicional fuera preferible por legítimo, tendríamos que reinstaurar muchas costumbres antiguas que felizmente han sido relegadas al olvido: no es cuestión de volver a la legalidad de la esclavitud y del trabajo infantil, negarle cualquier derecho a la mujer que no sea (por abreviar) la pata quebrada y en casa, cerrar toda escuela que no atienda a las élites dominantes, y quizá plantearnos abolir el dinero, pues la riqueza la tendrían cuatro, nosotros no, y ellos ya se entenderían entre sí; todo ello sin duda muy tradicional, pero que ya consideramos reprobable.

Por eso, yo al menos me pongo en guardia cuando se saca a relucir la Tradición, en mayúscula, para justificar lo que sea: como que toda fiesta popular es una antiquísima tradición con raíces en periodos de la Antigüedad de la que (¡sorpresa!) nada sabemos en la realidad; o que es preferible una tisana de a saber qué hierbas a cualquier remedio farmacológico contrastado, o que sólo puedan gobernar los ricos de según qué familias o cosas por el estilo. Respetemos el pasado, respetemos lo heredado, sí, pero desde la crítica y sin caer en bobaliconas admiraciones basadas únicamente en la vejez percibida de lo pretérito.

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