Opinión | EL EMBARCADERO
Los domingos
Los datos corroboran que los jóvenes no son tan cristianos como parecen o, al menos, como comparten en sus redes sociales
Voy a comenzar este artículo refiriéndome, lo sé, a «los domingos» cuando hoy es viernes. El último día de la semana en España, y el primero en los calendarios portugueses, es una jornada, por lo general, de descanso y de encuentro con el Señor en la eucaristía, según la tradición católica en la que estamos inmersos. Se denomina también así, ‘Los domingos’, la película que, por lo visto, está llamada a recibir más goyas en la gala que se celebrará el próximo 28 de febrero en Barcelona, tras cosechar distintos galardones en el festival de San Sebastián, los premios Forqué y los Feroz. Partiendo de la base de que es muy buena la historia que nos presenta su guionista y directora, Alauda Ruiz de Azúa, acerca de una joven vasca de diecisiete años que se plantea hacerse monja de clausura y el conflicto que genera en su entorno, puede interpretarse también, a mi juicio, como una nueva muestra de lo que algunos ya califican como un resurgir católico; pero, me pregunto, ¿hasta qué punto? Puede que la espiritualidad y la fe estén de moda y ejemplos no nos faltan aunque no lo es tanto como nos revelan, pienso. Además de este filme, encontramos el misticismo de Rosalía vestida de monja, los ‘influencers’ de la castidad, el grupo musical juvenil y católico Hakuna -que llena estadios-, el movimiento Emaús o los retiros de Effetá. Para más inri, nunca mejor dicho, poco antes de las campanadas, en TVE, Amaia Montero, en su vuelta con La Oreja de Van Gogh, nos sorprendía cantando: «Allí donde muere el orgullo, hoy nace la fe» y «Yo creo en Dios a mi manera», que forman parte del tema ‘Todos estamos bailando la misma canción’. Nada es casual.
Los datos corroboran que los jóvenes no son tan cristianos como parecen o, al menos, como comparten en sus redes sociales. De acuerdo con una encuesta de la Fundación Pluralismo y Convivencia, adscrita al Ministerio de la Presidencia, solo un 29 por ciento de los jóvenes entre 18 y 24 años se declaran católicos y más de la mitad son ateos, agnósticos o indiferentes a la religión. Otra fuente, en este caso el CIS, sí refleja un cierto repunte del número de jóvenes católicos, en la misma franja de edad, que pasa del 29,3 por ciento en 2020 al 37 por ciento en 2025. Sin embargo, los datos evidencian que esos jóvenes no van a misa más que antes. Estos números muestran que la mayoría de los jóvenes no son religiosos en nuestro país aunque sí se percibe un crecimiento de la espiritualidad, más aun en momentos de incertidumbre y crisis económica, social y política. No obstante, la tendencia en España es hacia la secularización y la laicización, con una cifra casi irrebatible: solo se declara católico practicante el 17 por ciento de la población española, según el CIS. Esto indica que contamos con casos de personas, jóvenes y no tanto, que pueden llegar a reflexiones y aseveraciones del tipo: creo en Dios pero no en la Iglesia y los curas; o voy a un retiro espiritual pero no a misa los domingos. Ese cuestionamiento, que quizá nuestras abuelas no tenían, está imbuido por el capitalismo neoliberal y las lógicas de los fenómenos de masas. El presunto renacer neocatólico podría ser flor de un día, un sustrato volátil, una moda que sube y baja como la espuma o un suflé, según sea o no tendencia en redes sociales, en los perfiles de artistas, ‘celebrities’ e ‘influencers’.
Si lo pensamos bien, hace no tanto tiempo, en la época de nuestros abuelos y padres, la rebeldía era alejarse de este tufillo católico y tradicional, que impregnaba la forma de relacionarnos con nuestras familias y entorno social. Quienes lucharon contra la dictadura franquista identificaban lo religioso como parte del nacionalcatolicismo y detestaban a la Iglesia católica y a su jerarquía, pese a que, ya en el tardofranquismo, afloró un número considerable de curas obreros que, fieles a su compromiso social, se bajaron del púlpito para tomar partido por el pueblo y lucharon por las libertades democráticas, renunciando a su salario oficial para vivir, y trabajar, junto a los más necesitados. Ese mandato del nacionalcatolicismo se plasmó en que, hasta los años setenta, la casi totalidad de los bebés eran bautizados, cuando ahora solo pasan por la pila la mitad de los recién nacidos. La solución a esa demanda de respuestas trascendentales ya no la da solo la Iglesia, que ha dejado de ostentar ese monopolio, sino que también llega a la población a través del ‘mindfulness’, el yoga, la astrología o incluso el tarot.
La Iglesia está encantada tanto con la película ‘Los domingos’ como con una Rosalía que ha evolucionado del uniforme de cuero y látex de ‘Motomami’ a, en ‘Lux’, un mensaje y una estética más cerca de la castidad, en el que está claro que hay una parte de marketing al jugar con los símbolos religiosos vinculados con la religiosidad católica y un cierto misticismo. ¡Qué diferencia con lo ocurrido, años atrás, con el ‘Like a Prayer’ de Madonna! No podemos dejar de obviar cómo los movimientos populistas de extrema derecha, con Trump y Vox a la cabeza, están intentando utilizar de manera excluyente y partidista lo religioso. Lo que les interesa del Evangelio para sus planes de poder, dominio, violencia y desigualdad no tiene nada que ver con las Escrituras. Para muestra, un botón: el racismo, la xenofobia y la aporofobia que exhiben al rechazar a los inmigrantes les aleja de un verdadero espíritu cristiano.
Por tanto, no es fortuita esta expansión de la religión, que más bien imita una burbuja inflada al compás de un conservadurismo galopante. ¿Qué quedará de esto en unos años? ¿Volverá la fe a impregnar las vidas de gran parte de la ciudadanía española? ¿Se llenarán las parroquias, los seminarios y los conventos? ¡Quién sabe! Si hay algo que parece constatarse es que este supuesto giro católico, en un 2026 que conmemora el centenario del fallecimiento de un artista catalán en vías de santificación como Antoni Gaudí, ha de venir acompañado de una Iglesia católica en España mucho más cercana, más participativa, más inclusiva, más integradora, más destinada a coser heridas y menos asociada a una ola reaccionaria y ultraderechista que se estima imparable, sin frenos. El futuro de la Iglesia, y del hecho religioso, no puede ser nunca ajeno a valores como la igualdad, la justicia social, la solidaridad y la interculturalidad. n
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