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Opinión | La atalaya

Arqueólogo

Califas (XVIII)

La ciudad, con un conocido complejo de inferioridad muy mal resuelto, encontró unas inesperadas señas de identidad en su pasado islámico

No crean que, a pesar de estar escribiendo sobre historias aparentemente distintas, me he olvidado del objetivo principal de esta columna: Badajoz. Pero, para entender determinados hechos, determinados acontecimientos, conviene estar al tanto de sus antecedentes. No se trata de remontarse a nuestros Primeros Padres. Busco que ustedes comprendan, hasta donde lo hago yo como arqueólogo, o sea, como historiador, la conveniencia de dominar intelectualmente el contexto. Así, en su conjunto. Unas veces, político; económico o militar, otras. Intelectual, siempre. De un tiempo a esta parte -algo de culpa me atribuyo, modestamente- se puso de moda lo marwaní, lo aftasí. La ciudad, con un conocido complejo de inferioridad muy mal resuelto, encontró unas inesperadas señas de identidad en su pasado islámico. ¡Quién lo iba a decir! Después de años -si no, siglos- de considerar a los árabes el origen de todas las desdichas y de utilizar, para corroborarlo, la memoria histórica corta de la horrible guerra del 36 al 39. De pronto, Abd al-Rahman b. Marwan, el Fundador, y los reyes de la dinastía taifa de los aftasíes se escaparon de los libros de historia, donde solo unos pocos los reconocían y, no siempre, los valoraban en su justa medida. Salieron a la luz, se enseñorearon de algunas calles -pocas- y hasta fueron el origen de una fiesta, que pudo ser una gran ocasión cultural y, a la chita callando, se ha ido convirtiendo en un mercadillo con disfraces. Y, esto es lo peor -según se mire-, ha hecho removerse en algunos cerebros el rancio y mohoso espíritu de la Reconquista.

No me acuerdo de los califas de Córdoba sólo por ellos mismos -que también-, pretendo describir su momento en esa magnífica ciudad, origen de muchas grandezas en otros lugares más lejanos. A apenas 200 kilómetros y un siglo de distancia, en nuestro caso. No podemos explicarnos los nombres de ciertas murgas, de teatros, de institutos y de empresas de servicios sin saber antes quienes fueron los tres monarcas omeyas, de remoto origen sirio y preocupaciones peninsulares. Gracias a ellos muchas ciudades de segunda cruzaron los límites de la fama y varios pequeños príncipes advenedizos se hicieron un hueco en las crónicas.

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