Opinión | La frontera
Año de bienes
¿Cuándo empezamos a posponer, a que pesara más la mancha, la arruga en el traje, la cita, la obligación que a veces no es tanta, y puede esperar, el teléfono que resuena dentro como una alarma, una alerta constante? ¿Cuándo empezamos a pronunciar la palabra espera, después, cuando termine la carrera, cuando encuentre trabajo, cuando me jubile? Sabiendo además que después será demasiado tarde.
La marmota Punxsutawney Phil salió y pudo ver su sombra. No pudo sentir los crocus que bajo la nieve apuntan deseando salir, ni oler el perfume terroso de las setas que cóncavas se ponen de cuclillas para coger fuerza, empujando desde dentro. En Punxsutawney, hombres con escarcha en las cejas, con largos abrigos negros, mirada seria y convencida de la fiabilidad del pronóstico, se reunieron alrededor, expectantes para saber si debían sacar del armario el vestidito de flores color lavanda o merecía comprarse en las rebajas otra camiseta térmica y un par de calentadores Dirty Dancing.
El invierno será largo aún.
Y la nieve tan perfecta e inmaculada no entiende esa querencia tan nuestra de apurar, de pasar página, de que canse todo y a otra cosa mariposa. Se extiende como un manto que diría la poesía que mandan hacer los maestros de primaria. Espero que aún manden hacer poesías, y redacciones sobre lo que uno ve y lo que uno sueña y que sigan sonriendo corrigiéndolas, levantando la vista de los renglones torcidos para ver al niño detrás, intentando, forcejeando, como los bulbos de primavera, romper y crecer, y crecer, explotando de belleza.
Año de nieves, año de bienes. ¿Y si en lugar de esperar que lleguen, nos deslizamos por ella, sacamos el trineo físico o mental y gritamos de gusto por la cuesta abajo?
El día amaneció jugando a ser postal. Se ponía de perfil, de canto, incluso de espaldas, sabiéndose fotografiado de cualquier lado, enviado por mensaje a las amigas, a la familia, a las portadas de los periódicos y a las entradas de los telediarios. Se sabía fantástico.
No podía dejar de mirarlo. Parecían oírse, por doquier, los OH maravillados. Y a él hacer una reverencia coqueta aceptando el cumplido y levantar a lo lejos, en el lago, polvo de nieve como un pestañeo de Rita Hayworth. Los patos palmean sobre la superficie sólida sin acabar de creérselo, y fruncen el ceño, y las alas, volviendo a la orilla aún blanda que los acoge invitándoles a hacer nido. Vuelvo al tema de esta columna que no es tema, sino paseo, y que empezó con una pregunta que me hizo un cachorro de beagle. Evidentemente, sabía español porque se paró delante y con una pronunciación perfecta me preguntó ¿juegas? Y sonó tan prometedor como Richard Gere, con su smocking, tendiéndote la mano y murmurando ¿Shall We Dance?.
La blancura salpicada por niños resbalando, tropezando, empapados de carcajadas flojas, perros que se rebozaban y después corren desatados en un galope que pretendía que los copos se desprendieran del lomo para volver otra vez a buscarlos con el hocico. Un señor mayor les mira mientras no quitaba ojo al suelo sin fiarse mucho de su estabilidad, hasta que se harta de pensar en su cadera y se dedica a reírse con ellos.
En sus ojos se ve reflejado el deseo de brincar, más intenso que el arrepentimiento de no haberlo hecho cuando su cuerpo podía. Otro, sin embargo, no había podido resistirse, y aunque sabía que sus músculos no aguantarían hacer la croqueta, quitó el polvo de sus esquíes y deslizándose, deleitándose, recorrió, sonriendo, el sendero que solían utilizar para entrenar los corredores.
¿En qué momento perdió la capacidad del juego, de retoce, de la risa tonta, este mundo nuestro?
¿Cuándo empezamos a posponer, a que pesara más la mancha, la arruga en el traje, la cita, la obligación que a veces no es tanta, y puede esperar, el teléfono que resuena dentro como una alarma, una alerta constante? ¿Cuándo empezamos a pronunciar la palabra espera, después, cuando termine la carrera, cuando encuentre trabajo, cuando me jubile? Sabiendo además que después será demasiado tarde.
Para qué esperar la primavera si ya el frío nos ofrece valorar una casa que nos cobija, el fuego de la chimenea, o el brasero en la cocina, si ya el frío nos hace sacar los gorros variopintos, y las bufandas largas, que fuimos comprando en viajes que al llegar a casa se quedaron en un cajón. El frío nos da licencia para ponernos extravagantes sacando la capa española, el capote portugués o el abrigo de piel de la abuela, y para sonreírnos al cruzarnos con otra alma gemela, propensa al jugueteo, que luce un sombrero con plumas que se balancean al ritmo de sus caderas. El parque luce a rabiar, con esa rabia de dientes apretados y mirada chispeante con que el sol le dice, guapo, que no se puede estar más guapo. Y los perros trotan, y los que se han enfundado las mallas y las zapatillas trotan, y los niños trotan, soltados por fin de las manos de sus madres, y las ardillas bajan de los árboles para mirar, cotillas, y trotan después, cuando me acerco a hacerles una foto. El día guiña un ojo y te dice, ¿lo ves?, ya te lo dije. Y tú mueves la cabeza, asintiendo, es verdad, que más nos da que la marmota vea o no el final de los fríos. El ahora primoroso, irrepetible, nos quita la razón, nos devuelve a la infancia, nos aguza los sentidos y, de repente, bajo la cera acumulada, bajo nuestras propias y auto creadas telarañas, podemos oír con total claridad, nuestro corazón. Que nos invita a jugar, ahora, ahora … Grita, estalla, como los bulbos, como las setas, como los niños creciendo, aunque no sea primavera.
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