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Opinión | Tribuna

Badajoz

No es una lección, es una elección

Cuando la decisión de David Uclés molesta

No hay nada más tonto, en principio, que contestar un artículo de opinión. Cada cual escribe desde su marco mental, sus filias y sus manías, y lo habitual es dejar que el texto se consuma solo. Pero hay excepciones. Cuando un artículo como el de Valbuena, sobre David Uclés, no busca reflexionar sino señalar, no analizar sino escarmentar, conviene responder para evidenciar qué hay realmente detrás de tanta palabra.

Lo que se presenta como una defensa del debate libre es, en realidad, un alegato ideológico envuelto en nostalgia. Un texto retóricamente envejecido, intelectualmente tramposo y moralmente condescendiente que se disfraza de concordia para practicar algo muy distinto: la desactivación política del pasado. No hay aquí una reflexión honesta sobre la memoria, sino una operación perfectamente reconocible.

El autor juega a una confusión tan vieja como interesada. Pluralismo no es equidistancia. Defender el debate no implica sentar a la mesa cualquier cosa como si todas las posiciones fueran moralmente intercambiables. Hablar de «todos los muertos» sin contexto, como si 1936 fuera una fecha neutra y sin responsables, no es reconciliación: es vaciado histórico. Y citar a Azaña para blindar ese vaciamiento no es profundidad intelectual, sino un uso instrumental y cínico de la memoria republicana.

El texto no discute decisiones concretas con rigor. No entra en criterios, ni en contextos, ni en razones. Opta por algo más simple y más viejo: el linchamiento moral de guante blanco. Se habla de inmoralidad, de patetismo, de servilismo político. Se acusa a Uclés de escuchar solo su propia palabra. Eso no es un ejercicio de opinión orientado al debate, sino un castigo ejemplar a quien ha decidido marcar un límite democrático.

Y aquí aparece una paradoja difícil de disimular: se acusa de censura mientras se escribe un artículo destinado a desacreditar públicamente a otra persona. Se invoca la libertad de expresión al tiempo que se niega legitimidad a una decisión ajena. Se pide debate, pero solo si se juega en el campo propio.

El artículo tampoco defiende la libertad de expresión. Defiende el derecho a no ser cuestionado. Defiende la idea de que cualquier decisión que incomode -o, más exactamente, que moleste- a un determinado marco ideológico es sospechosa, ilegítima o sectaria. Y eso es incompatible con cualquier espacio cultural mínimamente serio. Elegir no es prohibir. Decidir no es silenciar. Sostener una posición no es perseguir a nadie, por mucho que el reproche se envuelva en solemnidad y frases largas.

Todo ello se articula desde un tono reconocible: idealización del “antes” frente al “ahora”, desprecio a las generaciones actuales, uso reiterado del “guerra civilismo” como insulto, victimismo por no poder opinar y una confusión deliberada entre memoria democrática y revancha. Es el discurso clásico de la derecha autoritaria: no grita, pontifica. No argumenta, sentencia. No dialoga, se coloca por encima.

No aporta luz, ni datos, ni debate. Aporta ruido, resentimiento y nostalgia reaccionaria. Mucha prosa ampulosa, mucho gesto de erudición, mucho postureo intelectual. Pero escribir bien no consiste en recargar el texto ni en adoptar la pose del oráculo cansado del mundo. Escribir bien es no ocultar la intención bajo capas de retórica y no disfrazar de reflexión lo que no es más que una toma de partido.

A la intemperie, sí. Pero sin niebla, sin impostura y sin confundir la libertad con el privilegio de no ser interpelado.

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