Opinión | Cotidianidades
Desde la barra del bar
Un buen cliente nunca se emborracha, al bar no se entra para beber sin control, sino para estar con los demás, el buen cliente es el que sabe cuándo tiene que hablar, cuándo escuchar, cuándo pagar, cuándo invitar, si dejar propina o no, cómo saludar, cómo despedirse, con quién hablar, con quién callar y cuándo y cómo te tienes que ir, incluso si hace falta irte sin decir adiós

Un vaso de vino de tinto y unos cacahuetes. / Diego Algaba Mansilla
Hoy me llevo el ordenador a la venta Mayga de Gévora para escribir sentado en una de las mesas, la última de la izquierda, donde estaba esta navidad el portal de Belén. Me siento delante de la vitrina de la colección de coches y camiones de miniatura. Uno empieza a pertenecer a un bar cuando tiene su lugar fijo, cuando el camarero te sirve la consumición sin preguntarte qué quieres porque ya sabe tus gustos, cuando te llama por tu nombre o por el mote, como hacen en algunos pueblos.
Hoy estoy sentado aunque a mí lo que me gusta es la barra. Reclamo volver a la barra igual que hace Pepe García algunos miércoles en esta misma página. La barra es ese pequeño espacio en el interior del local que es como de tu propiedad, la zona donde sacas del bolsillo tus pertenencias para ponerlas encima de la encimera: el móvil, las llaves, el tabaco si tienes la valentía de sacarlo, y el mechero si tienes tabaco. También sacas el estrés, es el momento de aflojar la tensión del día, de cambiar a tu yo más tranquilo, quitarte la máscara y desnudar tu alma en ese trozo de barra que te pertenece durante el tiempo que estés en el local, como si fuera la mesa de tu cocina y donde algunos se sienten más a gusto que en su propia casa.
Tu bar, al que siempre acudes, es el local donde respetan tu rincón y tus costumbres; tu opinión, aunque te la cuestionen; tus tristezas y tus alegrías, tus triunfos y tus derrotas. Cuando entras por la puerta del bar, si eres veterano, el que ocupa tu lugar te lo cede, igual que le cedes tú el suyo, o cuando llega el que lee el periódico habitualmente no tiene que decir nada, el camarero lo busca con la mirada y se lo da, algunos hasta hacen el crucigrama y el sudoku. En el bar del barrio donde vas con frecuencia, conoces al resto de clientes, surgen bromas, comentarios, se habla de fútbol, de las noticias del telediario, algunos lo hacen con indiferencia, otros con pasión y casi todos con respeto, no con respeto al que sale en la televisión hablando, sino con respeto al que está delante de ti acodado en la barra igual que tú. El que es del Madrid habla con el del Barsa, el de derechas con el de izquierda, el bar de barrio es el lugar adecuado para que se tomen una caña Reverte y Uclés, porque hablar siempre es bueno, y mejor hacerlo con alguien que no piense lo mismo que tú. Oírse solamente a uno mismo no lleva a ninguna parte, a ninguna enseñanza. Se aprende siempre en el otro.
El bar de confianza, el bar de tu barrio, el que está más cerca de tu casa, ese que yo llamo bar de cabecera, ese es mi bar. El bar donde cada uno tiene su sitio, hasta el que no tiene sitio en otro lugar. En el interior del bar a mí me gustan los rincones, ese espacio donde la barra tuerce formando un ángulo recto. La añorada barra de mediodías largos, de buenos amigos, de tapas variadas, de conversaciones intensas o banales, de silencios cómodos, de risas y de llantos, esos bares que son poesía, porque la poesía no está solo en las páginas de un libro leídas en el sillón de casa a luz de un flexo, la poesía está en la calle.
La barra fue otra de las cosas que nos robó la pandemia, nuestra relación con el bar cambió a partir de entonces. Ahora nos sentamos y esperamos ser atendidos, las barras cada vez están más vacías, donde antes había personas hablando ahora hay bandejas, platos, tazas y vasos sucios. Con lo entretenido que era cuando podías observar sentado en una banqueta los movimientos del camarero. Lo veías cuando salía de la cocina con una bandeja de color metálico llena de aperitivos humeantes para ponerlos en el calentador: mollejas, higadito, callos, riñones, mondongas, pestorejo… era cuando aprovechaba para pedir otra y probabas un aperitivo recién sacado de los fogones. Ahora que estás sentado no te mueves del sitio. En la barra tenías movilidad, te desplazabas para hablar con unos y con otros, o te quedas quieto, según el día. Me gusta la gente que tiene cultura de bar, los que saben estar en los bares. Un buen cliente nunca se emborracha, al bar no se entra para beber sin control, sino para estar con los demás, el buen cliente es el que sabe cuándo tiene que hablar, cuándo escuchar, cuándo pagar, cuándo invitar, si dejar propina o no, cómo saludar, cómo despedirse, con quién hablar, con quién callar y cuándo y cómo te tienes que ir, incluso si hace falta irte sin decir adiós. Bares, qué lugares tan gratos para conversar, decía la canción de Gabinete Caligari.
Hoy me he traído el portátil a un bar para escribir en la distancia de otros bares. Estoy sentado en una mesa, con un café humeante en un vaso de cristal donde pega más escribir con lápiz y papel que tecleando, incluso también pega no escribir y escuchar sobre todo hoy que tengo sentado al lado hombres mayores que según dicen entre ellos, han trabajado toda su vida en el campo, aunque no entiendo algunas de las palabras que utilizan en su jerga particular. Me parece mágico que sepan trucos para que de una tierra parda salgan a los pocos meses verduras que sirvan para dar de comer a la gente.
Abro el ordenador en el Mayga para empezar a escribir en este principios de febrero que comienza tal y como dejamos Enero, con lluvia, frío y viento.
Me gusta el Mayga, aunque no sea uno de mis bares de cabecera, ni siquiera es un bar, es una venta, un restaurante y también un lugar de desayuno, de migas, jamón con tomate y aceite, cachuela, café en taza o en vaso de cristal, un lugar que me gusta y al que vengo con frecuencia los fines de semana y del que estoy empezando a conocer un poco de su historia.
Al final abro el ordenador. Hoy podría escribir sobre Victoriano Granero, con el que hice una exposición de fotografía en Mérida en el centro cultural Santo Domingo de Mérida de la Fundación CB y que murió hace dos semanas, demasiado pronto, siempre es pronto para morir. Podría hablar de su generosidad, cada vez que iba a su casa de Mérida me regalaba un libro de su extensa biblioteca, o uno de sus múltiples discos de vinilo. Una casa que junto a su mujer Celia, profesora de arte y pintora, siempre me recibían con cariño. He sentido mucho su muerte sobre todo por Celia y por sus dos hijos pequeños. Victoriano, amigo, las balas empiezan a pasar cerca y cada vez duelen más.
También podría escribir aquí en el Mayga de mi médico de cabecera y amigo que se jubila el próximo miércoles a sus 70 años, y del que su compañero José Ignacio escribió “Su labor como médico e intelectual ha sido un ejemplo continuo de que la medicina no se limita al diagnóstico y al tratamiento, sino que es también una forma de comprender al ser humano en toda su complejidad, su trayectoria ha marcado el modo de entender la medicina su dedicación, rigor intelectual y compromiso humano han dejado una huella profunda en la institución”.
No sé si es una buena idea escribir desde el bar en estos días de lluvia donde la melancolía se adueña de uno a pocos días de otro 14 de febrero que me pilla otra vez sin una mujer a quién darle mi regalo.
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