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Opinión | EL EMBARCADERO

Periodista y profesor

Miedos

El miedo es utilizado como herramienta política, amplifica su poder, como hace la extrema derecha al extender el temor al extranjero, al inmigrante, al pobre. Se trata de una herramienta política cuyo objetivo es justificar la falta de proyecto, desviar la atención, sacar rédito electoral y suprimir el análisis racional de la realidad

Bien lo sabemos: algo que resulta imprescindible para la vida, el agua, se convierte también en un elemento mortífero, capaz de llevarse por delante cultivos, puentes, carreteras, enseres domésticos, casas, recuerdos y, lo más preciado, vidas. Se ha abierto un río atmosférico, un flujo de borrascas encadenadas que llegan a la península ibérica desde el Atlántico empapando unos suelos saturados que no admiten más lluvia.

Cuesta pensar que hace pocos meses, durante el verano de 2025, los incendios asolaron algunas comarcas del norte extremeño, estos días afectadas por unas intensas precipitaciones que no parecen tener fin. Representan de algún modo el reverso de una moneda, la del cambio climático, que puede provocar fuegos de gran intensidad, como el de Jarilla, y, en ese mismo territorio, que haya ríos desbordados por una sucesión de fuertes temporales. Es natural que, al ver esos torrentes furibundos, que arrastran casi todo lo que encuentran en su camino, nos invada una sensación de temor. Porque sí, el miedo opera a veces para protegernos, para evitar una tragedia, como cuando decidimos no pasar con el coche por un badén aunque la corriente de la rivera parezca inofensiva, ya sea en febrero o en septiembre.

Otras veces el miedo se activa por traumas del pasado, heridas de la infancia o creencias aprendidas difíciles de cambiar. Cuando el miedo no es real nos miserabiliza y nos impide disfrutar del momento, como le acontece al niño que, por mucho que se lo diga su madre, es incapaz de superar el pánico a la oscuridad o a lo que pueda haber debajo de su cama. No es fácil responder a la pregunta: ¿a qué tenemos miedo?, como tampoco a la de las razones que hay detrás. Tener o no miedo, algo muy humano, dice mucho de cada uno de nosotros. Esos fantasmas que recorren los recovecos de nuestra cabeza, enmarañándolo todo, muchas veces son completamente irracionales. Cada persona podría pensar en un listado propio: el miedo al rechazo, a estar solos, a perder el control, a fallar, a que nos dejen, a no estar a la altura, al juicio ajeno, a no encajar, a perdernos un plan, al paso del tiempo, a ser despedidos, a lo diferente, a los espacios cerrados, a la enfermedad, al dolor, a la muerte…

Estas últimas semanas presenciamos el miedo a que siga lloviendo, como si fuera un castigo divino que trata de borrar la maldad, al estilo del diluvio universal; y, en ciertos lugares de Estados Unidos como la ciudad de Minneapolis, el miedo a ser víctima de deportaciones masivas por parte de unos agentes migratorios (el ICE, el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de los Estados Unidos) instruidos para cazar inmigrantes como si fueran ciervos en una montería. Imaginen por un momento la escena: familias hispanas y asiáticas que llevan semanas sin abandonar sus casas por miedo a ser arrestadas. En esa atmósfera de pesadilla, que incluye redadas indiscriminadas de agentes del ICE, entrando en las casas, rompiendo ventanas de coches, disparando a matar…, salir a la calle sin el pasaporte encima puede ser una imprudencia. A la vez que se produce esto, florecen la solidaridad y las redes de apoyo a estas personas vulnerables, así como las protestas de unos manifestantes que no se achantan ante el autócrata de Trump y graban con sus móviles esta barbarie para que el mundo se dé cuenta de lo que está ocurriendo en EE. UU.

El miedo es utilizado también como herramienta política, amplifica su poder, como hace la extrema derecha al extender el temor al extranjero, al inmigrante, al pobre. Se trata de una herramienta política cuyo objetivo es justificar la falta de proyecto, desviar la atención, sacar rédito electoral y suprimir el análisis racional de la realidad. Así resurge la amenaza de los regímenes autoritarios y populistas y normalizamos con asombrosa rapidez que personas inocentes mueran a manos de policías federales (recordemos los casos de Renee Good y Alex Pretti), que Donald Trump deshumanice a los inmigrantes llamándolos insistentemente «aliens» (extraterrestres), o que Santiago Abascal argumente que la regulación extraordinaria de inmigrantes que ha anunciado el Gobierno de España tiene como objetivo que voten a Pedro Sánchez.

Los de siempre, los dirigentes de una ultraderecha vergonzosa, emponzoñando el ambiente de insultos y bulos; es a lo que nos tienen acostumbrados. Por eso, frente a tanto odio, racismo y xenofobia exacerbados, frente a la cruzada antimigratoria de Trump, me alegra mucho la apertura de este proceso de regularización extraordinaria para las personas extranjeras sin papeles en mi país, que trabajan sin contrato ni derechos en la construcción, la hostelería o el ámbito de los cuidados, entre otros sectores. Este anuncio no es un tanto para el gobierno ni para Pedro Sánchez, ni para el PSOE ni para Podemos; es un éxito de la defensa de la dignidad humana y de los movimientos sociales que impulsaron una Iniciativa Legislativa Popular sobre este asunto que, sin embargo, quedó bloqueada en el Congreso de los Diputados.

Algunos de los escenarios más tremebundos, como los incendios forestales, las inundaciones desmedidas o la captura de inmigrantes, no forman parte solo de una película de terror. Por desgracia, son ya una realidad, según presenciamos. En la teoría, aprender a convivir con el miedo, a manejarlo y a evitar que bloquee nuestra vida o nos paralice es lo que nos suelen recomendar los especialistas. Quizá otra buena vacuna sea la información, la que está contrastada por periodistas y publicada por un medio de comunicación serio y profesional. Nos ayudará, sin duda, a combatir tanta mentira y a vivir con menos miedos. Atrevámonos a cambiar.

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