Opinión | La atalaya
Califas (XIX)
Aquí, a orillas del Guadalquivir, las apariciones eran, hasta donde sabemos, más austeras
Escribía, en la penúltima columna, sobre el perfil religioso de los califas de Córdoba. Por su propia naturaleza de cabezas de la comunidad, en sentido religioso y político, debían demostrar devoción. Quizás esto fuese el perfil más importante y, desde luego, el que más había de cuidarse. No solo las instancias religiosas del poder, la comunidad -el pueblo- lo exigían. De ahí la necesidad de dejarse ver y de participar en ceremonias religiosas públicas. Los fatimíes de El Cairo, teóricos enemigos de los omeyas occidentales, celebraban auténticas procesiones para conmemorar diversos eventos anuales. Uno de ellos era acudir al Nilómetro -un medidor del nivel del Nilo- en la isla de Rawda, junto a la propia capital egipcia.
Se trataba de interceder a Dios para agradecerle la abundancia de la crecida o para rogarle para evitar la hambruna, si el curso de agua bajaba flojo. En última instancia se pretendía hacer patente al soberano y subrayar su papel de intermediario, de vicario de Dios en la tierra. Se ha dicho que estas cabalgatas imitaban el protocolo de los emperadores romanos de Oriente, pero, en el fondo, imitación o no, se trataba de aparecer en público con la máxima pompa posible.
Aquí, a orillas del Guadalquivir, las apariciones eran, hasta donde sabemos, más austeras. Pero, sin duda existían. El espectáculo de la salida del séquito real, cuando el monarca acudía a rezar en la aljama, no debía ser un acto muy solemne, porque la distancia entre el alcázar -el antiguo “palatium”de los gobernadores godos- y la mezquita mayor era muy corta. Apenas una calle, y no demasiado ancha. Y, además, se acabó desde el momento en que se construyó el “sabbat”. Era un paso elevado, sobre una arquería, edificada para comunicar directamente ambos edificios. Aumentaba la seguridad del personaje pero obligaba a adoptar una apariencia muy poco agradable a, como siempre, los doctores de la Ley, los ulemas. Ese corto acto, marchando por encima del común, no solo lo aislaba físicamente, también daba una apariencia de superioridad sobre el resto de los creyentes y eso era rigurosamente inaceptable. Serían los califas quienes dieran a esa “infracción” de sus predecesores un barniz de solemnidad.
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