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Opinión | Fragmentos de Badajoz

Badajoz

El puente de Gévora

Una de las primeras reparaciones en este siglo fue tras la Guerra de la Independencia (1808-1814)

de 1814 de la reconstrucción de un arco. Plano de Valentín Falcato del puente-alcantarilla en 1844.

de 1814 de la reconstrucción de un arco. Plano de Valentín Falcato del puente-alcantarilla en 1844. / LA CRÓNICA DE BADAJOZ

El puente de Gévora fue construido, según la tradición, por el arquitecto portugués Gaspar Méndez, iniciado en 1531 y finalizado cuatro años después. Linda por su otra orilla con la antigua dehesa del Palacito, que fue propiedad de la Diócesis de Badajoz hasta su desamortización. Después fue del senador Alejandro Barrantes Moscoso y que luego vendió al comerciante y alcalde de Badajoz Manuel Molano. Por el norte lindaba con la dehesa de Calatraveja. Mirando hacia Portugal con la dehesa de Santa Engracia. Hacia el este con las dehesas de Sagrajas y Machuca y hacia el sureste con la de Las Bardocas. El puente fue declarado Bien de Interés Cultural en 2022 por la Junta de Extremadura.

Una de las primeras reparaciones en este siglo fue tras la Guerra de la Independencia (1808-1814). El 29 de agosto 1814 se citaba que «considerando esta muy noble ciudad los graves perjuicios que se están siguiendo a este vecindario y pueblos circunvecinos, por hallarse inutilizado el puente de Gévora, y con el justo objeto de remediarlos en la parte posible, antes de que vengan las aguas en el próximo invierno, sáquese a subasta inmediatamente la obra de recomposición del puente de Ébora, rematándose en el postor más ventajoso». La obra la realizó el maestro alarife y picapedrero Antonio de Silva, quizá portugués. Se contrataba el 27 de septiembre por 18.000 reales. Debería estar concluido en cincuenta días, a no ser que las avenidas del río lo impidieran, rematando lo que faltase del arco de madera, para poderse pasar con carros y caballerías, hasta que el nivel del río permitiera su conclusión. Este arco es el que aparece en el plano de la primera fotografía.

Debe tratarse de un arco cercano a la otra orilla que tiene una base de piedra de granito, pero con varias hileras de ladrillo. No coincide el número de estas hileras con el plano de 1814, por lo que pudo ser reparado de nuevo en 1892, cuya fecha está escrita en un pretil.

El 26 de enero de 1843 se hizo un informe sobre el estado de los puentes del término municipal por el maestro mayor de obras de fortificación, arquitecto y capitán de la Milicia Nacional Valentín Falcato. En él se cita lo siguiente: «Puente del Gévora sobre el río de este nombre. Este puente se halla a 3/4 de legua distante de esta plaza en la comunicación del partido de Alburquerque y pueblos del Montijo, La Roca, Villar del Rey y otros (…). El estado de este puente es crítico, por la circunstancia de que uno de los ojos reparado después de la Guerra de la Independencia fue tan mal construido, que amenaza ruina, por su visible cuarteo y mala adherencia». En 1844 se hizo la escritura de contrata para otra reparación. El consistorio la contrató el tres de agosto a Francisco Vargas y a su hijo Mariano Vargas Pérez. El primero de julio, «practicado el reconocimiento y vista ocular del citado puente, el arquitecto elegido dio la relación de su estado y el presupuesto del costo de su reparación, añadiendo la precisión y urgencia de construir igualmente una alcantarilla sobre uno de los brazos del mismo río, que en las temporalidades de grandes lluvias, impedía el paso de comunicación desde el puente para la parte de su izquierda, hasta tocar la altura natural del camino del Montijo, máxime cuando se encontraban vestigios de otra semejante, tan antigua o más, como el citado puente de Gévora». El plano lo hizo el arquitecto Valentín Falcato. Esa «alcantarilla» era un pequeño puente que vemos en la segunda fotografía. O no se construyó o desapareció tras la construcción del puente del ferrocarril. Si hubo otro segundo puente más antiguo como se insinuaba, quizá esté bajo tierra, por lo que sería interesante hacer una excavación. La Diputación de Badajoz autorizó la reconstrucción del puente y la alcantarilla, concediéndoles hasta 55.000 reales para el pago de los costos, procedentes de arbitrios que le debía el ayuntamiento. La subasta estuvo abierta durante quince días, hubo varios pujadores y se aprobó la de Francisco y Mariano Vargas, que hicieron una importante rebaja. No habiendo quien la mejorase, se les remató por 22.122 reales. Se trataba de reedificar el segundo ojo mayor de la derecha en la dirección del agua.

El 1 de julio de 1844 la diputación citaba el mal estado en que se encontraba el puente de Gévora y la importancia que entonces tenía, pues unía por carretera Badajoz con Cáceres y servía de tránsito desde Mérida por la orilla derecha del Guadiana hacia Portugal. El 15 de marzo se comunicaba que había habido quejas al ayuntamiento porque los trabajadores que extraían la piedra con barrenos de la falda del fuerte de San Cristóbal lo hacían durante todo el día. Ello ocasionaba perjuicios al tránsito. Se acuerda que estos trabajos se hiciesen al ponerse el sol. El 9 de agosto se presentaba un escrito de Valentín Falcato y el síndico, Nicolás Jiménez, encargados de vigilar las obras, dirigido al alcalde. En él citaban que para el reconocimiento no se pudieron inspeccionar los cimientos de los pilares por impedirlo el nivel del agua. Cuando el nivel bajó, se pudo comprobar que había algunos socavones, sobre todo en el pilar izquierdo del arco mayor, que era de gran consideración. Se debía de reparar con cal hidráulica, pues de lo contrario, quedaría el edificio «en falso», y la experiencia le había enseñado que cuando adolecían de este mal, era «la muerte o caída infalible». Advertía de que no podía dar precio del coste total de la reparación hasta que no se pudiese desaguar el cauce, pues no se podía saber si había más desperfectos en los cimientos.

Posteriormente, el alcalde Manuel Molano había oído rumores de que se había arruinado completamente esta obra de reparación e iría a visitarlo. Confirmaba la noticia del derrumbe, se especulaba que pudo haber sido motivada por no haber dado concluida la obra en el tiempo oportuno, es decir, el día 15 de octubre. El ayuntamiento celebró un cabildo el 14 de noviembre de 1844 que dice lo siguiente: «Puente de Gévora. El señor alcalde presidente dio cuenta de que ha tenido noticia de haberse arruinado enteramente la obra de reparación que se estaba ejecutando en el puente de Gévora, llamó a los contratistas y les hizo ver la obligación en que estaban de volverla a hacer de nuevo, cuando se le previniese, disponiendo que en el entretanto que aquella se verifica, habilitasen inmediatamente el ojo del referido puente para que no se obstruya la comunicación y tuvieren libre paso las personas, ganados y caballerías». Los dos contratistas, padre e hijo, quedaron obligados a empezar de nuevo la obra. Se acordaba cubrir el puente con grandes vigas, con estribos apoyados en los cuchillos o arranques del ojo. Se cubriría con tablones, de forma que quedase seguro y cómodo, poniendo barandillas a cada lado. Mientras durase la obra de reparación, los contratistas pondrían a su costa una barca cómoda y fuerte para no cortar el tránsito.

El 18 de noviembre se informaba del suceso a la diputación. Se citaba que los empresarios habían mostrado «gran voluntad y exactitud» de todo lo que se les había exigido, de tal forma que «los pasajeros y trajinantes no han experimentado el más leve perjuicio y dentro de muy pocos días quedará habilitado el ojo del puente para el paso de las personas, carruajes y ganados». Los contratistas afirmaban que el derrumbe fue por «la fatalidad, que preside en algunas cosas, bien otras causas, que no están a nuestro alcance descubrir. El resultado fue que cuando habíamos tocado el deseado término en una obra tan dispendiosa, se hundió el arco del ojo recompuesto, proporcionándonos nuevos disgustos y nuevos gastos. Se asegura que la causa del hundimiento provino de haber principado a edificar sobre una parte de la obra antigua del puente, que los maestros creyeron no fallaría, y que fue precisamente la causa de esta ruina». El ayuntamiento citaba que en las obras iniciales se usaron materiales de la mejor calidad, y que «también es verídico que el temporal continuado de lluvias acaecido en el transcurso de los trabajos fueron otra de las causas que pudieron motivar la hundición».

Una vez terminada la segunda reconstrucción, se practicaría un nuevo reconocimiento por Valentín Falcato. El 31 de octubre se informaba al alcalde de que la obra estaba completamente terminada para ser reconocida. Se acuerda que no que se quitase la cimbra, como lo aconsejaban las reglas del arte, aparte de que era temporada de lluvias y solo debía quitarse cuando pasase el temporal del próximo invierno. Falcato matizaba que estas obras solo se consideraban terminadas cuando estaban sin esos apoyos, por lo que nadie podía responder totalmente de alguna falta invisible, y que cuando se quitase la cimbra se verificaría. El 6 de junio de 1846 el cabildo municipal pide quitar la cimbra y realizar un nuevo reconocimiento de la obra para saber si había quedado terminada con solidez y se nombraría al maestro alarife Francisco Trejo. Este confirmaba al alcalde el primero de julio que había pasado a reconocer concienzudamente la obra. Citaba que estaba concluida con toda solidez y de acuerdo a las reglas del arte y que la obra daba señales de firmeza. Se quitó la cimbra y no se había producido movimiento alguno, dando por terminada la obra.

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