Opinión | Disidencias
Travis
Detrás de una sonrisa, unas cervezas, un viaje, un baile o un éxito residual o permanente puede que, en vez de equilibrios emocionales, estados de felicidad o paraísos terrenales, no haya más que trenes que pasaron, depresiones que no se curan, tristezas y melancolías que matan y sueños rotos
A propósito de cumplirse ahora el cincuenta aniversario del estreno de la película Taxi driver, uno de los grandes clásicos de Martin Scorsese, un film que, en palabras del profesor Robert Kolker, representa, como todas las películas de los años setenta, ‘un cine de soledad’, su personaje protagonista, Travis Bickle, me ha conectado con el Travis Henderson de la película París Texas, de Win Wenders. Más allá de que ambas sean dos obras maestras, con escenas icónicas que han pasado a la historia del cine, profundizan en temas universales y atemporales como el vacío existencial, la soledad, las pérdidas, el amor desfigurado y la búsqueda de redención. Los dos Travis son ciudadanos que dejaron de creer en la sociedad en que viven y en la gente que les rodea, esencialmente, porque todo eso les hizo daño (también dañaron ellos, obviamente), caminan por la vida como desgraciados, deambulando entre las miserias que habitan su mente y los anhelos sobre frágiles cimientos que jamás se alcanzarán.
En esta sociedad opulenta, hedonista, maniatada, de ruido y simulacro, donde nos creemos reyes siendo esclavos, donde la felicidad es un suspiro y despertar cada día una batalla contra sí mismos, los recuerdos que nos atenazan y el futuro que nos da miedo, es difícil percatarse de esas miserias humanas que creemos ajenas y solo las tenemos disimuladas en ese lugar de la mente y del corazón donde jamás queremos mirar por no salir espantados. Taxi driver nos presenta el aislamiento de un tipo frustrado y obsesivo, atrapado en sus contradicciones y observando cómo le devora el infierno de la ciudad. Nos conecta directamente su situación existencial con la descrita por Sartre en ‘La náusea, cuando señala que «en la vida cada uno carga con su propio cadáver» o aquello de que «todo lo que nos rodea nos resulta extraño e incomprensible» o que «la realidad es insoportablemente dolorosa».
La aparición de Travis Henderson, silencioso y con la mirada perdida, recorriendo el desierto como caminando hacia la nada, en ese desierto inmenso y abrasador, como la vida a veces, se nos intuye como entrada en escena de otra persona que la vida ha acuchillado con toda su bravura. El Travis de París Texas también huye de un pasado que lo ha carbonizado, de un trauma del que no ha podido liberarse. Y le surge la oportunidad de redimirse. Como al otro Travis, con alguna mujer por medio. El taxista se enamora, sin éxito, de una asesora política con la que no encajará y acabará despreciándolo. La siguiente mujer que pasa por su vida es una prostituta a la que rescata de su proxeneta. El hombre del desierto destrozó a su mujer y a su hijo a sabiendas de que los perdería para siempre. Y, cuando los encuentra de nuevo, volvemos a la redención, en casi quince minutos devastadores, decide redimirse con el reencuentro de la mujer de su vida y su hijo, aunque para ello tenga que sacrificarse él y salir de la ecuación. Podemos entender que Travis Henderson acaba siendo un héroe… o no, como Travis Bickle, que, en su espiral de violencia, de redención, no queda claro si en vez de héroe en realidad es un villano. La relación de ambos Travis con las mujeres que pasan por su vida y creen que pueden completarlos, darles sentido, también podría explicarla Sartre: «No hay amor más profundo que el que muere lentamente en la incomunicación».
Hoy hablamos de la lluvia y el cambio climático, ayer lo hicimos sobre la bolsa de la compra y la economía y mañana tal vez nos interese alguna guerra, algún político, alguna tontada del Twitter o como se llame ahora, Broncano y Motos o el First date, pero la realidad es más compleja, más oscura, sus matices no siempre se pueden explicar con palabras y los destrozos que nos ocasiona tardan en superarse. Las heridas de la vida nunca terminan de curarse. Aunque lo hicieran, quedan las cicatrices que nos recuerdan que una vez fuimos vulnerables, caímos y, si acaso nos levantamos, lo hicimos a duras penas y con consecuencias.
La sociedad contemporánea, como décadas atrás, como en los años venideros siempre tendrá un tema superior revoloteando sobre nuestras cabezas: cómo sobrevivir a tanto dolor, a tanta ausencia, a tanta inapetencia y, a tanta tristeza. Un día amaneces y resulta que el sol desapareció y, entonces, toda tu vida se vuelve del revés. Y en ese instante observas que los telediarios no informan, que la tele no divierte, que los libros están mejor en la hoguera, que los debates no resuelven, que la gente te sobra, que las oportunidades se han difuminado y te alimentas solo de fracasos. Sí, se puede vivir con eso. De hecho, casi todo el mundo lo hace, aunque no seamos conscientes de las condiciones en las que lo hace cada uno. Como escribe el filósofo de moda Byung-Chul Han en ‘La sociedad del cansancio’, «así como la sociedad disciplinaria foucaultiana producía criminales y locos, la sociedad que ha acuñado el eslogan Yes We Can produce individuos agotados, fracasados y depresivos».
Detrás de una sonrisa, unas cervezas, un viaje, un baile o un éxito residual o permanente puede que, en vez de equilibrios emocionales, estados de felicidad o paraísos terrenales, no haya más que trenes que pasaron, depresiones que no se curan, tristezas y melancolías que matan y sueños rotos. No se trata de ser héroes o villanos como los Travis, se trata de que la única redención posible en esta vida helada es no propiciar circunstancias que nos vuelvan locos de soledad ni tener que dejar partir a quienes quieres para regresar al vacío del desierto.
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