Opinión | A mesa puesta
La Cuadrilla del Arte: cuchara, memoria y raya
Hay un respeto casi artesanal por el oficio del hostelero. Cuando el sitio se elige, se va a disfrutar, no a fiscalizar. Se pregunta, se escucha y se agradece

Integrantes de La Cuadrilla del Arte, en una de sus últimas reuniones. / P. G.
Hay grupos que se explican con un acta y otros que se entienden con un caldo. La Cuadrilla del Arte pertenece a los segundos: trece amigos -hoy son trece, aunque empezaron siendo cuatro y durante años se quedaron en siete- que llevan desde 1995 citándose, con una puntualidad casi litúrgica, cada segundo miércoles del mes. No para debatir de negocios ni para presumir de mesa, sino para rendir culto a la gastronomía de cuchara, a esa cocina de abuelas que no entiende de prisas y que se sostiene en dos pilares: tiempo y cariño.
Su ‘sede’ es, precisamente, no tenerla. No hay local propio, ni cocina alquilada, ni peña gastronómica con llave. Lo suyo es el camino: escoger establecimientos donde se prodigue ese recetario de puchero y cuchareo -en Badajoz capital, en los alrededores y también en la raya, con la vecina Portugal- y dejar que sea el restaurante el que ponga el fuego, mientras ellos ponen el ánimo y el respeto. Porque aquí la tradición no se improvisa: se busca, se reconoce y se celebra.
La norma madre es sencilla: cada miércoles manda uno. Un integrante elige el sitio y el menú, lo pacta con precio cerrado -un precio ya establecido y asumido por todos- y convoca al resto. No hay votaciones ni debate previo, pero sí una confianza absoluta en quien ejerce de anfitrión. Y ahí aparecen esas normas no escritas que sostienen a cualquier cuadrilla que se precie: llegar a tiempo, honrar la mesa, cuidar la conversación y entender que el protagonista es el guiso. En la Cuadrilla del Arte, la cita se respeta y el menú se disfruta.
El precio cerrado tiene su miga: evita discusiones, iguala a todos y convierte la comida en un pacto sencillo. Se sabe de antemano lo que cuesta sentarse, comer y brindar; la cuenta queda clara y el foco vuelve a lo importante. Si algún establecimiento propone un extra, se acuerda; si no, se respeta lo pactado. Esa previsibilidad -tan poco romántica en apariencia- es parte del secreto de su continuidad. Y si alguien falta, la mesa lo nota: sin reproches, pero con ganas de volver el mes siguiente.
Hay algo bonito en esa rotación: cada miembro, cuando le toca, revela una parte de sí. El que prefiere un cocido sin atajos. El que busca unas lentejas con su punto de comino. El que se emociona con un estofado oscuro y brillante. El que no perdona unas sopas de ajo cuando aprieta el frío. Y así, mes a mes, se va escribiendo un cuaderno invisible de gustos compartidos. No hace falta pose si el plato habla. No hace falta inventarse una tradición si la tradición está en el fondo de la cazuela.
La cuadrilla es heterogénea en lo profesional y homogénea en lo esencial. Entre sus trece participantes hay empresarios, bancarios, fuerzas de seguridad, ingenieros, abogados y profesionales liberales. Gente de sectores distintos que, sin embargo, se reconoce en la misma nostalgia: el cucharón, el pan para rebañar, el olor a sofrito que anuncia la comida antes de verla. Y quizá por eso han sobrevivido tres décadas sin necesidad de reglamento: cuando el vínculo es la memoria, el compromiso se firma solo.
En sus reuniones se persigue una idea: comer como se comía. Esa frase, que podría sonar a eslogan, aquí se convierte en criterio. Se buscan cartas donde aún haya legumbre de verdad, fondos trabajados, cocciones largas, guisos que llegan a la mesa sin maquillaje. No se trata de ‘cocina de autor’, sino de autorías anónimas: la de tantas mujeres -abuelas, madres, tías- que, con lo que había, levantaron un repertorio que hoy parece lujo. Un potaje bien hecho, unas judías con sacramentos, una caldereta con caldo corto, un guiso de carne que se corta con cuchara, unas sopas espesas o un plato de patatas que no necesita adjetivos.
También hay un respeto casi artesanal por el oficio del hostelero. Cuando el sitio se elige, se va a disfrutar, no a fiscalizar. Se pregunta, se escucha y se agradece. Se entiende que un guiso necesita calma, que la cocina de fondo no admite atajos, que hay días de más y días de menos, como en cualquier casa. Y se valora lo que hoy es raro: la continuidad. Esos establecimientos que siguen poniendo al mediodía el plato del día con dignidad, sin renunciar a lo de siempre.
Y en la raya el juego se amplía. Cambia el idioma, se mantiene el alma: caldos que recuerdan al cocido, feijoadas, migas a la portuguesa, ensopados, guisos de cuchara que podrían haberse cocinado en cualquier casa de Badajoz o de Elvas. La frontera, cuando hay mesa, se vuelve una línea amable. La cuadrilla entiende que la gastronomía es también una manera de recorrer el territorio: sentarse, mirar alrededor, escuchar la barra, preguntar por el origen del plato, brindar y seguir.
No buscan focos. No presumen en redes. No hacen foto de cada cucharada. Su mérito está en la constancia: más de treinta años sosteniendo una tradición pequeña, íntima, pero profundamente cultural. Porque lo que se cuece en estos segundos miércoles no es solo comida: es un rito civil. La cocina de las abuelas como lenguaje común. La amistad como receta que se renueva. Y Badajoz -capital, alrededores y raya- como despensa sentimental.
A veces, para entender una ciudad basta con seguir el humo de sus pucheros. Si uno quisiera trazar un mapa gastronómico de lo cotidiano, de lo que de verdad alimenta, tendría que escuchar a la Cuadrilla del Arte: trece nombres que cambian de oficio, de edad y de canas, pero no de brújula. La suya apunta siempre al mismo norte: una mesa puesta con cuchara, paciencia y memoria.
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