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Opinión | La escotilla

Arqueólogo

Culturas (II)

Para los hechos culturales sólo tenemos una palabra, cultura, cuando esta tiene tantas facetas y aristas que cuando la utilizamos no siempre estamos denotando lo mismo

En la aportación anterior dije una cosa rara, la cultura humana es única y universal. Lo reitero. A pesar de lo que habitualmente pensamos, me incluyo, no hay una cultura china, ni una cultura europea, ni una cultura extremeña, ni una cultura catalana, ni una cultura vasca, ni una cultura queer, ni cualquiera de las múltiples culturas que nos afanamos en estos tiempos en definir y proclamar. Hay, eso sí, rasgos culturales diferenciales chinos, europeos, extremeños, catalanes, vascos, queer y muchísimas más. Pero no son grupos cerrados, incompatibles unos con otros. Una misma persona, en realidad cada persona, cada individuo humano, es portador simultáneamente de varias culturas y rasgos culturales de variada procedencia. Aclarémoslo con un ejemplo hipotético, al que si nos ponemos a buscar podríamos fácilmente poner nombre: un hijo de emigrantes extremeños criado en Cataluña y que fuera homosexual. ¿Cuál sería su cultura, extremeña, catalana, queer? Respuesta obvia: todas ellas.

El afán moderno, porque muy reciente es, en diferenciar culturas y considerarlas sistemas cerrados que definen a los individuos tiene mucho que ver con el racismo de los siglos XIX y XX que se encontró con la explosión de conocimientos sobre otras zonas geográficas y sobre sus gentes que eran sumamente diferentes en muchos sentidos de la normatividad europea. Como los «otros» eran de colores y lenguajes diferentes, la explicación más sencilla era suponer que las diferencias eran inmanentes (y desde el punto de vista de muchos, inferiores), explicación que además tenía la triste ventaja de facilitar y justificar el que se les sometiera a dominio y explotación, por su bien, claro está. El que algunas corrientes de pensamiento, supuestamente más ilustradas, hayan cambiado la valoración de estas diferencias «culturales» abogando por encararlas en clave positiva no está del todo mal, pero desde el momento en que identifican a las personas en función de su encuadre cultural mantienen, de forma más o menos consciente, el racismo subyacente a la explicación inmanente de las culturas y su carácter de sistemas cerrados.

En esto, además, la arqueología de principios del siglo XX, realmente hasta muy adelantado el siglo, tuvo su particular contribución. Cuando se descubría un nuevo tipo de cerámica o de cultura material inmediatamente se identificaba con «Cultura de la cerámica tal o cual», y en general se explicaba por un cambio de población en el lugar en el que se encontró esa cultura material. En los albores de la disciplina, podía tener un mínimo de sentido, pues en un primer momento sólo se conocían muy pocos yacimientos donde este testimonio se hubiera identificado, lo que ya no es el caso. Tampoco es aceptable la equiparación entre cultura material y pueblos, entre objetos y población. Las poblaciones tienen cierta tendencia a mantenerse aunque cambie su entorno material. Un ejemplo bastará: la gran mayoría de quienes viven en España descienden directamente de gente que vivía en España hace, digamos, un siglo. Nadie duda de que quienes vivían entonces y sus actuales descendientes sean españoles; pero a poco que uno se fije, el entorno material de unos y otros no podía ser más diferente. Los bisabuelos de los actuales españoles no conocieron plástico alguno, ni aparatos electrónicos ni tantas otras cosas, la mayoría ni agua corriente. La población española sigue en su sitio, no ha cambiado más que en lo material.

Ya apunté que el problema es que para los hechos culturales sólo tenemos una palabra, cultura, cuando esta tiene tantas facetas y aristas que cuando la utilizamos no siempre estamos denotando lo mismo. Ni siquiera he podido diferenciarlos dentro de este texto. Por tanto, cuando utilicemos la palabra cultura, con o sin mayúscula, tengamos mucho cuidado y prevención, no nos vaya a explotar en la cara.

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