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Opinión | Cotidianidades

Badajoz

Murgas, comparsas y agua o el día que salí a comprar naranjas

Admiro a todos los que participan del Carnaval tanto comparsas como murgas. Sé el esfuerzo que les supone, también a su familia. Lo hacen porque les gusta, porque disfrutan, y a la vez sacan durante unos días a la ciudad del anonimato que nos imponen las incomunicaciones y la lejanía

Árboles (tal vez almendros) en Gévora, cubiertos de agua.

Árboles (tal vez almendros) en Gévora, cubiertos de agua. / D. A.

El domingo pasado solté desde el balcón una paloma y vino con una rama de olivo en el pico, así que me vestí de fiesta dominguera, o sea, con chándal y gorro de lana, y me tiré a la calle con la cámara fotográfica colgada del cuello. Comprobé cómo ese día en el que había dejado de llover y asomaba tímidamente algún rayo de sol, cientos de pacenses habían hecho lo mismo que yo. La calle estaba llena. Me recordó los primeros días del final de la pandemia, cuando nos dejaron salir de casa por primera vez después del encierro. En la calle había deportistas corriendo por el camino que lleva a las Vaguadas, por la Granadilla, por la carretera de Elvas, gente andando, gente en bicicleta y mucha gente asomada detrás de las barandillas de todos los puentes, niños, padres y abuelos viendo y escuchando la potencia del agua como una música desconocida por estas tierras, donde estamos más acostumbrados al canto de la chicharra que al de los peces, en el caso de que los peces canten.

El agua había modificado el paisaje de la ciudad, transformando el río de los nenúfares conquistadores y cansinos en una corriente marrón que se desplazaba con la velocidad, potencia y torpeza de un elefante gigante, arrasando con todo lo que encontraba a su paso en un viaje loco hacía Ayamonte. El agua invadía las dos orillas, arrastraba ramas, árboles, botellas, peces, escombros, miedo, inquietud, desasosiego, tristeza, desolación… El agua corría como el que huye del mal que ha hecho, como si fuera consciente de la tragedia que estaba dejando detrás.

En la ciudad de Badajoz había demasiada gente para poner en funcionamiento mi cámara fotográfica, una cámara a la que no le gusta retratar personas que luego pueden sentirse ofendidas, y no sé como va eso de la protección de datos ni de derecho de imagen y como uno no está para multas, me fui de ruta por los alrededores de la ciudad para fotografiar paisajes líquidos y solitarios.

El primer lugar al que me dirigí fue a Gévora, que es donde hice la fotografía que acompaña este artículo, árboles cubiertos por el agua, creo que son almendros. Pase por el cartel que anuncia las casas aisladas de Gévora. Había un coche de la policía local que impedía el paso al camino que da acceso a las casas que estaban vacías, habían desalojado a sus ocupantes. El río, a la altura del puente de Cantillana, había engordado, llevaba la anchura diseñada por el agua haciéndose hueco a lo ancho al superar terrenos elevados y árboles medianos. En la siguiente rotonda, donde se suele poner los fines de semana un señor con una furgoneta vendiendo fruta, el paisaje había cambiado totalmente, parecía que estaba pisando otro lugar del mundo, como si aquel terreno fuera un escenario de quita y pon, los decoradores habían suprimido la anterior imagen de tierra firme para poner esta otra acuosa, un cambio de escenario en poco tiempo igual que hacen los murgueros en el López de Ayala entre actuación y actuación.

El temporal de lluvia y viento lo acapara todo, la radio, la prensa, sobre todo la televisión con las imágenes de las inundaciones en el interior de pueblos, de calles convertidas en ríos y donde el agua salía hasta por los enchufes de las casas. De todas estas escenas televisivas, una de las que me ha llamado la atención, ha sido la del hombre que estaba emocionado cuando los bomberos rescataron con una lancha a sus cien ovejas. El pastor, con voz entrecortada y alguna lágrima, decía que aunque los ganaderos se beneficien de los animales, tenían un sentimiento muy fuerte hacia ellos, una entrevista en la que hasta la periodista se emocionó y se fundió en un abrazo con el dueño del rebaño.

Durante los últimos días todo ha girado en torno al agua. A algunos hasta le ha venido bien un poco de descanso mediático para recomponer su maltrecha imagen, eso de que hablen de uno aunque sea bien no siempre es cierto.

A pesar del exceso de agua, la vida continúa fuera de ella. Así que cansado de tanto paisaje casi apocalíptico, de nubes grises y terrenos inundados, me voy de un campo sórdido con la intención de comprar unas naranjas en el mercadillo de los domingos. No hay nada como tener la posibilidad de hacer una compra para darle normalidad a la vida y borrar de la cabeza tanta desgracia, aunque en el recorrido de vuelta me vaya acordando de las casas aisladas de Gévora, de Valdebótoa, de los Lebratos, de la Dehesilla del Calamón, del Rincón de Caya.

Entro en la ciudad por la primera rotonda, la del Fuerte de San Cristóbal, hasta el final de la avenida Padre Tacoronte. Una vez en el polígono de El Nevero, ese laberinto de naves grandes con nombres comerciales en el que siempre me pierdo y donde hoy me pierdo más que otros días, porque hay calles en las no se puede pasar ya que varias comparsas están realizando los últimos ensayos antes de la gran actuación del domingo. Qué espectáculo y qué curro el de los miembros de las comparsas, todo por amor al arte, todo para lucir delante de los pacenses y forasteros en un recorrido por las calles de Badajoz, y conseguir que la ciudad brille con los diseños y el colorido de sus elaborados trajes adaptados a las distintas coreografías. Me paro para ver la disciplina casi militar de los pasos de una comparsa, que baila al ritmo que marca el contundente sonido de la percusión. Comparsas que son disciplina y jolgorio, complicidad y amistad. Me gustan las comparsas, aunque en Carnaval tengo debilidad por las murgas, por los letristas que tienen el don de combinar en una canción humor con crítica y algunas veces con sentimientos. Aunque nunca he estado sentado en el López viendo un concurso en directo, siempre lo sigo por televisión y a algunas murgas las veo y escucho en los bares cuando algún murguero ya está ronco y el traje ha sufrido algún desperfecto. En la calle también hay grupos que no se han presentado al concurso del López con un buen repertorio. Admiro a todos los que participan del Carnaval tanto comparsas como murgas. Sé el esfuerzo que les supone, también a su familia. Lo hacen porque les gusta, porque disfrutan, y a la vez sacan durante unos días a la ciudad del anonimato que nos imponen las incomunicaciones y la lejanía.

Fui al mercadillo a comprar naranjas y me encontré con el agua y el Carnaval.

A la vuelta veo a dos mujeres como sacadas de un cuadro de Botero, que llevan cada una de un asa un tambor gigante con el logo de su comparsa. En la calle sigue lloviendo.

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