Opinión | La atalaya
Califas (XX)
En nuestra capital el primer pasadizo lo edificó, a muy finales del siglo IX, el emir Abd Allah. Sus restos se han excavado hace poco
El “sabbat” o pasadizo entre la aljama de Córdoba y el alcázar, la residencia de los monarcas omeyas, solo era una información llegada a nosotros vía testimonios cronísticos. Pero resultaba muy extraño, porque carecíamos de precedentes en mezquitas mayores de otras ciudades, y, desde luego, de pruebas arqueológicas. Había un precedente, extraño a lo islámico, en, como siempre, Constantinopla. La comunicación, por un pasillo volado, entre una de las dependencias del Palacio Imperial -la Magnaura- y la basílica de Santa Sofía. Era una solución cómoda y segura; la vida de las personas reales nunca estaba asegurada del todo. Pero, en un contexto político musulmán ortodoxo -otra de las características personales de la familia reinante en Al-Ándalus- establecía diferencias entre creyentes y en ámbitos religiosos no se veía bien.
Leída desde la perspectiva de la sede política cordobesa, ese acto, escenificado con una construcción relativamente simple -o no tanto-, era una demostración de potencia, al modo bizantino. En nuestra capital el primer pasadizo lo edificó, a muy finales del siglo IX, el emir Abd Allah. Sus restos se han excavado hace poco. Después, cuando al-Hakam II ordenó su extraordinaria ampliación del oratorio mayor, se derribó el antiguo paso y se levantó otro de mayor escala, mucho más patente y ceremonial. Lo sabemos gracias a la Arqueología.
Creemos que tenía dos pisos, aunque su conexión con la mezquita, visible en parte, se ha modificado durante algún proceso de restauración, quizás moderno. Los cimientos han podido documentarse, y señalarse en el pavimento de la calle. El resto de la información la están desvelando, poco a poco, mis colegas: los que trabajan duro dentro y en el alfoz de la catedral-mezquita. El soberano llegaba desde su residencia al rezo -público o privado- por un largo pasillo con varias puertas intermedias, contrapeadas, por prudencia -conservamos una parte dentro de la sala de oración. Desde el exterior, llegando desde el puente sobre el Guadalquivir, los peatones veían un arco de varios vanos -creo que cinco-. Un auténtico arco de triunfo. Debía estar adecuadamente decorado. Se cumplía así una función práctica y, al tiempo, significativa.
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