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Opinión | La ciudad como escenario

Crítico teatral

Cuando la calle volvió a ponerse máscara (I)

Mis recuerdos del nuevo nacimiento del Carnaval de Badajoz

Panel del Museo del Carnaval que explica sus orígenes.

Panel del Museo del Carnaval que explica sus orígenes. / LA CRÓNICA DE BADAJOZ

Hay ciudades que se despiertan con misa de ocho; la mía, en cambio, lo hizo un día al son irreverente de una charanga. Corría 1980 y todavía flotaba en el aire ese olor a pintura fresca con el que la democracia intentaba barnizarlo todo. El Carnaval llevaba décadas prohibido, como si la risa fuera un delito reincidente. Pero la risa -lo supe siempre- es terca y sabe esperar su turno.

Desde mi escaño independiente en el Ayuntamiento insistía en lo que algunos llamaban capricho y yo llamaba memoria. Defendí en la Comisión de Cultura, presidida entonces por el poeta Jesús Delgado Valhondo, la necesidad de devolver a Badajoz su fiesta. Más tarde, el 14 de marzo de 1980, la Comisión Permanente dio -¡por fin!- su visto bueno a mi iniciativa. El diario Hoy (15-3-1980) se hizo eco con cierta ironía amable, calificando aquella propuesta como una obstinación casi quijotesca. No les faltaba razón: a veces hay que ser un poco loco para pedir oficialmente lo que el pueblo ya desea en secreto.

Pero antes de los papeles llegó la calle. Todo empezó en tertulias improvisadas, en el quiosco de los hermanos Martínez de San Francisco, donde actores del Centro Dramático de Badajoz, músicos, pintores y estudiantes confundíamos cafés con proyectos. Y una tarde de febrero salimos. Sin permiso solemne, con máscaras teatrales y una convicción sencilla: «¡Esto es carnaval!». Más de doscientas personas se nos unieron desde el Paseo de San Francisco hasta la Plaza de España. Los guardias municipales miraban con asombro; el público, con regocijo. Yo veía algo más: la ciudad ensayando su libertad.

Aquella jornada espontánea fue el prólogo de todo. Luego vinieron los debates, las resistencias -algunos concejales de UCDex calificaron la idea de utópica- y también los aliados. Al final, el periodista José María Pagador asumió la organización con un grupo entusiasta, respaldado por el alcalde Luis Movilla. Yo colaboré desde la trastienda institucional y desde el teatro, convencido de que el Carnaval no es sino una gran representación donde el pueblo interpreta su papel principal.

El programa de 1981 incluyó pregón, desfile, concurso y verbena. Recuerdo al primer pregonero, Juan José Poblador, y aquellas reuniones en El Tronco y Los Montitos, donde la ilusión se mezclaba con vino de la tierra. En febrero, me disfracé con capa y chistera. Leí por calles y plazas la proclama desde el techo de un Citroën Tiburón de los hermanos Arbaizagoitia mientras Alfonso, el fotógrafo del Hoy, inmortalizaba la escena. No era teatro: era la vida ensayando su mejor acto.

Y cuando el 23 de febrero el país se estremeció por el intento de golpe de Estado encabezado por Antonio Tejero, temimos que la máscara volviera al cajón. Hubo dudas, conversaciones con el gobernador civil, aplazamientos prudentes. Pero una semana después, en marzo de 1981, el Carnaval salió oficialmente a la calle. Y ya nadie pudo devolverlo al silencio.

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