Opinión | A mesa puesta
Jazz y vino entre amigos: oído con gusto
Lo bonito es que el aprendizaje no se impone: circula. En la mesa se mezclan paladares veteranos y debutantes, gente que distingue la madera de un vistazo y gente que solo quiere entender por qué ese blanco «se hace grande» con un bocado salino

El grupo de amigos unido por el jazz y el vino,en la puerta del Capitel. / LA CRÓNICA DE BADAJOZ
Hay un momento en el que el murmullo baja medio tono, las copas se alinean como si fueran instrumentos y alguien, sin necesidad de decir «silencio», invita a escuchar. No escuchar solo música: escuchar un vino. Porque aquí la cata no se bebe a solas, se comparte; y el jazz, más que acompañar, marca el compás de la conversación.
Así funciona Jazz y vinos entre amigos: un foro con pulso mensual que ha convertido el maridaje en una excusa feliz para reunirse. La idea la encendieron dos nombres propios, Jesús Ferrer y Pepe Cortés, y se ha mantenido viva por un método sencillo y exigente: poner a la misma altura el vino, la mesa y la escucha. No es una cena con banda sonora de fondo, es un encuentro donde el ritual importa: aprender, probar, afinar.
El origen tiene algo de escena fundacional: un paseo hasta la ermita de Bótoa y una conversación que acabó en plan. Desde ahí, el formato fue creciendo jornada a jornada, hasta alcanzar cifras que ya hablan de constancia y comunidad. Hay ediciones que se anuncian como quien abre temporada, con la naturalidad de lo que ya es costumbre: el que viene por primera vez entra con curiosidad, el que repite entra con confianza, como quien vuelve a un bar donde le guardan sitio.
El hogar habitual de estas noches es el Hotel Río. Allí se monta la mesa como quien monta un escenario: fichas de cata, servicio atento, platos pensados para dialogar con la botella. Y, al centro, el hilo conductor: una selección de vinos y una banda sonora que, a veces, llega en directo y, otras, la trae preparada quien sabe lo que hace. Se habla de la «selección musical» de Pepe Cortés, y esa idea explica el carácter del grupo: no se trata de poner jazz, se trata de elegirlo, de darle sentido a cada copa.
La mecánica, contada en corto, es clara: se prueba, se conversa, se vuelve al vaso, se vuelve al plato. Cuando la jornada es «armonizada», el relato se escribe plato a plato, vino a vino. Un entrante que abre boca sin distraer, un principal con más fondo, un punto de cuchara si la noche lo pide y, entre medias, el vino cambiando de registro. Hay catas guiadas -mirar el color con calma, nombrar la nariz sin solemnidad- y bodegas que se prestan a contar su historia desde lo concreto: lo que hay en la copa y por qué está ahí.
Lo bonito es que el aprendizaje no se impone: circula. En la mesa se mezclan paladares veteranos y debutantes, gente que distingue la madera de un vistazo y gente que solo quiere entender por qué ese blanco «se hace grande» con un bocado salino. Aquí se puede decir «me gusta» sin justificar nada, y también se puede discutir de suelos, variedades, añadas y crianzas. El club se parece a una barra bien llevada: cada uno llega con su lenguaje y se va con alguna palabra nueva.
La música, por su parte, tiene la libertad de los buenos clubes: jazz, sí, pero también sus vecindades naturales. Aquí caben los cruces: soul, flamenco, los bordes que se tocan sin pedir permiso. El repertorio no está para rellenar; está para ordenar la noche. Hay temas que limpian el paladar y temas que lo ensanchan. Un contrabajo puede parecer tan terroso como un tinto joven, un saxo puede dejar ese final largo que uno no sabe si es música o vino.
Y luego está la ciudad, que siempre se cuela. Badajoz aparece en los saludos, en el acento, en esa forma de citar la Raya sin mapa. En el grupo se habla de jornadas atravesadas por el Carnaval -porque aquí el calendario manda y la calle contagia-, de escapadas enoturísticas y de esa forma tan nuestra de hacer cultura: sin solemnidad, con mesa por delante. A veces el encuentro se anuncia como cata; otras, como cena; otras, como jornada con precio cerrado. Pero la idea de fondo es la misma: un punto de reunión donde la ciudad se sienta, se reconoce y se deja llevar por el ritmo.
Quien ha ido lo sabe: la convocatoria llega por los caminos de ahora -un mensaje de WhatsApp, una nota en el blog, un cartel que circula por redes- y en pocas horas se completa el aforo. Ese gesto de apuntarse, de reservar plaza, tiene algo de club clásico: no por exclusividad, sino por cuidado. Se entra sabiendo que habrá tiempos, que nadie corre, que el vino se explica sin pedantería y que el jazz no se usa de papel pintado. Aquí la música es mesa.
No es casual que a Jesús Ferrer se le nombre como coordinador: alguien tiene que cuidar el tempo para que la reunión no se convierta en ruido. Se nota en detalles pequeños: el orden del servicio, la pausa para que la copa respire, la explicación breve y la invitación a que cada cual diga lo suyo. En algunas noches hay libreta, en otras basta con mirar a la copa como se mira un disco antes de poner la aguja. Y en todas hay una norma no escrita: respetar el momento, ese instante en el que el primer sorbo se queda quieto en la boca, como una nota sostenida.
En tiempos de prisa, Jazz y vinos entre amigos propone lo contrario: una noche para afinar. Para comprobar que un vino cambia si lo bebes con una balada lenta, que una nota de saxo puede hacerte volver al plato, y que la amistad -cuando se toma en serio- es el mejor maridaje. Badajoz tiene muchas barras donde se aprende a vivir. Esta mesa, además, enseña a escuchar. Y a volver, sin prisa.
Y quizá esa sea la clave: que aquí el vino no se bebe para olvidar, sino para recordar. Recordar una uva, un sitio, una conversación. Y que el jazz -con su manera de insinuar sin subrayar- enseña lo mismo: a disfrutar sin ruido. Al final, Jazz y vino entre amigos es eso: una mesa donde la ciudad se reconoce hoy en voz baja.
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