Opinión | La ciudad como escenario
Cuando la calle volvió a ponerse máscara (II)
Mis recuerdos del nacimiento del nuevo Carnaval de Badajoz

De Romeo y Juieta. / LA CRÓNICA DE BADAJOZ
En 1982 dimos un paso más. Introdujimos los concursos de murgas y coros, convencidos de que el Carnaval debía tener voz propia y no vivir a la sombra de otros modelos. Admiraba la tradición, desde la antigüedad clásica hasta el esplendor del Carnaval de Venecia, y guardaba en la memoria mi experiencia en el Carnaval de San Juan de Puerto Rico, donde aprendí que la fiesta es un lenguaje universal. Pero Badajoz necesitaba su propio acento.
Imaginé entonces la ciudad como un gran escenario y al pueblo como actor y espectador al mismo tiempo. Coordinamos intervenciones teatrales en la calle, acciones de provocación festiva, juegos dramáticos que invitaban a perder la timidez y ganar imaginación. La Cátedra de Teatro ‘Torres Naharro’ (bajo mi dirección) y grupos teatrales venidos de Madrid y Andalucía enriquecieron aquella apuesta. No queríamos un desfile pasivo, sino una explosión compartida. Una gran fiesta parateatral.
En 1983, cuando el proyecto ya respiraba con fuerza, la organización pasó definitivamente al Ayuntamiento. Ese año, aún como concejal, asumí un papel clave en la expansión de las actividades, trabajando en coordinación con los funcionarios de la Corporación municipal. Era el momento de institucionalizar sin domesticar.
Durante los años siguientes, con alcaldes como Manuel Rojas y Gabriel Montesinos, el Carnaval creció y se consolidó como referencia regional y nacional. Más tarde, otras etapas trajeron cambios discutidos; algunas crónicas hablaron de pérdida de identidad y excesos poco edificantes. Toda fiesta corre ese riesgo: olvidar que nació para celebrar, no para desbordarse sin sentido (¡ay, ese macrobotellón impresentable que aún aguanta!).
A lo largo de estas décadas, no han faltado versiones interesadas sobre el origen del nuevo Carnaval. Sin embargo, investigadores como Javier Marcos Arévalo y Pedro Montero Montero han dejado constancia documentada de aquellos primeros pasos. Uno de ellos resumió con acierto la diferencia de enfoques: unos querían organizar desde arriba; otros, desde abajo. Yo siempre creí que la verdadera arquitectura del Carnaval debía apoyarse en ambos pilares.
Porque el Carnaval de Badajoz no nació de un decreto sino de una convicción íntima: que la cultura es un derecho y la alegría, un acto cívico. Si alguna vez la fiesta se desorienta, bastará recordar aquella tarde de febrero en que, sin más autoridad que el entusiasmo, salimos a la calle. Allí empezó todo. Y allí, si hiciera falta, volvería a empezar.
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