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Opinión | La frontera

Badajoz

Polvo somos

La mesa está junto a la ventana. La elegí para poder mirar la calle. Estoy sola y olvidé mi libro. No hay más compañía que la propia

La camarera dice que se llama Pam. La he oído charlar junto al almacén sobre lo que pasa en Venezuela. Le pregunto de dónde es originaria. Aprendí que esa es la manera en que la mayoría prefieren ser preguntados. Antes, para mostrar interés, en un taxi, en un restaurante …., preguntaba, de dónde es usted y la respuesta era, siempre «de aquí». Da igual que sus ojeras oscuras te cuenten sobre los monzones que doblegan las palmeras y que el interior del coche esté perfumado con el recuerdo del curry que preparaba su madre. Que la música que suene en el local sea una cumbia, y que los que atienden escondan tras la barra sus meneos de cadera. O que en las líneas de las manos de la dependienta de Macy’s puedan leerse las playas largas ronroneantes del caribe.

La mesa está junto a la ventana. La elegí para poder mirar la calle. Estoy sola y olvidé mi libro. No hay más compañía que la propia.

El propio entretenimiento que da la cabeza llena de quehaceres, que cuando se acaban, dejan sitio para que nos abriguen los nuestros, los que de verdad importan, el pensarlos para hacerlos presentes, aunque estén lejos. Y como si ocuparan la silla de al lado, les voy contando.

Sobre el día de ayer, y antes de ayer, sobre que hoy es miércoles de ceniza y que deberíamos intentar encontrar aquella iglesia anglicana, pequeñita, cerca de una librería.

Hace ya muchos años, en mi primera visita, me encontré con una mujer vestida con ropa eclesiástica que me sonreía. Llevaba entre las manos una cajita .

Y allí en la acera, entre el barullo de los que iban y venían, el tráfico, las obras y del ruido de las sirenas, recordaba a quien se detenía , «que era polvo». Solo eso .

A la mayoría, la prisa no les dejaba levantar la vista del suelo, como si les llevara atados del cuello. Como cuando los perros tienen una dueña impaciente que tira de la correa sin dejarles ni siquiera husmear. Me quedé mirando, sorprendida de cuántos, sin embargo, a lo largo del día, llevaban la cruz prendida en su frente. Hombres y mujeres trajeados, jóvenes en el metro, alguien que entrenaba corriendo en el parque, cargaban con la cruz . «Y al polvo volverás».

Me avergonzó recordarme soplando hacia arriba, acomodando el flequillo de mis doce años, para disimular la ceniza a la salida del colegio, casi corriendo a casa para que nadie la viera.

El cristal da tregua a la imaginación. Inventarles vidas a los que pasan, al trocito de espalda que se vislumbra en el segundo piso de esa casa de enfrente en este país sin cortinas. A una señora que pasea despacio, con un gato pelirrojo, en una mochila ajustada a su pecho, me da tiempo a inventarle un cuento entero. Al que va en el taxi que se detiene en el semáforo, que mira a su vez por la ventanilla, y al que le hago un gesto de ánimo. Y a la niña que va en un carrito, y a la que le digo con la mano adiós. Y al chico que pasea cinco perros de distintos tamaños como si se hubiera escapado de una película de Disney.

Una mujer con el carmín de los labios corrido se apoya en la pared para ajustarse el zapato. Acabo de darle pie para que sea el comienzo de un relato.

Pero el café se ha enfriado. Pam pasa de nuevo a rellenar la taza. Y es ella quien me cuenta. La salida apresurada del país. Sin mirar atrás porque solo dejaba penas y miseria. Lo contenta que estaba aquí. «Ya me pude traer a mi madre». «Son muy buenos mis patrones». Vuelve a decir, o a decirse, que está feliz.

Ha empezado a llover. Y el cristal se empaña. Como los recuerdos de Pam. Como a veces la vida.

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