Opinión | EL EMBARCADERO
La lista de la compra
La lista de la compra se ha convertido no solo en objeto de estudio para economistas, sociólogos y estadísticos, sino también en una muestra de que el consumo nos retrata cómo somos de manera individual
Les planteo un dilema corriente, que nos afecta a nuestros quehaceres domésticos: ¿eres de esas personas que apuntan en un papel lo que necesitan para reponer la nevera y la despensa, o recurres para ello a una aplicación de tu teléfono móvil? Lo reconozco, soy de los que aprovechan un folio reciclado, escrito por una cara y limpio por la otra, para doblarlo y partirlo, coger un trozo y empezar a escribir aquellos productos que tengo que comprar. Ya nos lo han dicho los expertos: escribir a mano ayuda a recordar mejor pues así se activan procesos de atención y memoria que las pantallas no replican de la misma forma. Además, no hay nada, creo, como esa sensación de control que nos da el valor de lo tangible, de doblar ese papel que llevamos en el bolsillo, tachar con un bolígrafo los artículos que vamos cogiendo de los lineales del súper. Para mí, esta acción nos genera una experiencia física más clara, directa y satisfactoria que la interacción con una ‘app’.
Ya sea de una u otra forma, ir a la compra es algo que realizamos todo el mundo y lo que metemos en el carrito dice mucho de cada uno de nosotros. Lo sabe bien el Instituto Nacional de Estadística (INE) que diseña una cesta de la compra nacional, una especie de radiografía precisa sobre nuestras prioridades como consumidores, lo que proyectamos que vamos a adquirir al escribirlo en ese pósit que colocamos en la puerta del frigorífico. Nuestros hábitos de consumo cambian y, por eso, cada cinco años, el INE actualiza la lista de la compra que utilizan para calcular los datos de inflación, para saber si los precios suben o bajan. Este año ha tocado renovar y se incorporan productos que entran con ganas en nuestras neveras como el aguacate y salen prendas del armario como, por ejemplo, los pañuelos de tela o la corbata. La elegancia, al parecer, se mide ahora de otra manera.
Uno de esos alimentos de moda es, sin duda, el aguacate, que se puede consumir de muchas formas (en guacamole, tostas, ensaladas…). Los compramos más y, por eso, el INE lo incluye en la cesta de la compra, como los arándanos (que los solemos tomar mezclados con yogur natural, por ejemplo) o los refrescos de té o cervezas con limón, que se han generalizado en muchas mesas. Se podrían sumar más alimentos en boga como la soja, tan alabada por su alto contenido en proteínas y aminoácidos esenciales, vitaminas y minerales; o la quinoa, cultivada en los Andes y cuyos altos valores nutricionales han captado el interés de consumidores europeos y estadounidenses que, en las últimas décadas, ha disparado la demanda mundial de este superalimento y también sus precios. Si hiciésemos un viaje en el tiempo por la dieta de nuestros antepasados, muchos de los ingredientes que hoy dominan las redes sociales, cartas de restaurantes y estanterías de supermercados no existirían. Entre las razones que explican este nuevo fenómeno se encuentra la globalización, que ha desempeñado un papel clave; como también los flujos migratorios, que han traído tradiciones culinarias diversas, y la proliferación de un marketing especializado en gastronomía internacional, fundamental para popularizar estas comidas, que se han dado a conocer en redes sociales y en programas de televisión como ‘MasterChef’.
Esta convergencia de factores ha provocado una auténtica revolución alimentaria que ha expandido nuestros horizontes gastronómicos. A los alimentos ya citados anteriormente habría que incluir otros como el kimchi coreano, el trigo sarraceno, el hummus, el kéfir, las algas, las semillas de chía, el jengibre, el té matcha… A quién no le gusta descubrir nuevas texturas y sabores en nuestra boca, pero todo esto me recuerda cómo, por el contrario, hay platos que quedan relegados al olvido, a hojas polvorientas de recetarios de nuestras abuelas y madres, y que bien merecerían ser rescatados para poder llevarlos a la mesa. Ahí podríamos situar la ropa vieja, el hígado encebollado, los riñones al Jerez, las albóndigas en salsa, la sopa de tomate, la merluza en salsa verde, los huevos rellenos o la leche frita, entre otros.
En esa nueva cesta de la compra de los españoles en 2026, según el INE, no solo hay comida, también se cuelan las radiografías (se tiene en cuenta que se acude más a la sanidad privada) y ganan peso la restauración y los servicios de alojamiento turístico (nos gusta mucho viajar y comer fuera de casa). Siempre es interesante preguntarnos en qué nos gastamos nuestro dinero, pues nos ofrece una información muy valiosa sobre cómo somos como sociedad. En la evolución de esa cesta ha habido incorporaciones destacadas, durante las últimas dos décadas, como las mascarillas, los servicios en línea de audiovisual y música (lejos quedan los tiempos del VHS, el DVD o el discman), el café en cápsulas o monodosis, las ‘táblets’, la depilación láser o la cirugía estética.
En suma, la lista de la compra se ha convertido no solo en objeto de estudio para economistas, sociólogos y estadísticos, sino también en una muestra de que el consumo nos retrata cómo somos de manera individual, cómo nos sentimos, qué nos preocupa, nos hace felices… y, por qué no, en un trozo de papel en el que también se puede escribir la letra de una canción como nos cantaban, allá por el 2001, La Cabra Mecánica y María Jiménez: «En el mismo folio, la lista de la compra y una canción como un cupón de los ciegos. Rima la soledad con el atún en aceite vegetal en oferta. ¡Vaya precios sin competencia!».
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