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Opinión | Tusitala, narrador de historias

Librero

Úrsula le Guin: una maga de Terramar

Se podría decir mucho en favor de su visión honda y radical del mundo, y en especial de su afán por impugnar lo establecido, por actuar y escribir desde la disidencia

Portada de 'Un mago de Terramar'.

Portada de 'Un mago de Terramar'. / LA CRÓNICA DE BADAJOZ

Da gusto encontrar nuevos hallazgos literarios, nuevos universos de ficción en los que sumergirse. Sobre todo a partir de cierta edad en la que cuesta recuperar el entusiasmo. A veces la literatura, como el mundo, nos parece un lugar demasiado transitado, un exceso de voces donde ya estuviera todo dicho. Y en esa desidia apareció ‘Quienes se marchan de Omelas’, un relato de Ursula K. Le Guin publicado en edición ilustrada por Nórdica Libros. Su lectura me resultó impactante, un puñetazo en el estómago, un zarandeo que me obligaba a despertar del sueño de la razón. Se trata de un cuento que funciona casi como una fábula, y que describe a una sociedad en apariencia equilibrada y perfecta pero que esconde un secreto terrible, sobre el que no conviene dar detalles para no arruinar la sorpresa a los nuevos lectores.

Si el mensaje central del relato permite diversas interpretaciones, en mi caso fue inevitable aplicarlo a la actual crisis climática, a la certeza de que nuestro ritmo de consumo hipertrofiado se sustenta sobre la paulatina destrucción del planeta Tierra, y así seguimos, como si tal cosa, dejando una herencia envenenada a las próximas generaciones. Otro de los aspectos más destacables del texto, sin desvelar nada sustancial sobre su argumento, es que en esa sociedad que parece idílica existen disidentes, personas incapaces de soportar la gran injusticia que sustenta el entramado social, y que lo por tanto desertan. Un asunto el de la disidencia que se repite en buena parte de las obras de esta autora que reivindicamos hoy en el rincón literario de Tusitala.

Ursula Kroeber Le Guin fue una escritora estadounidense fallecida en 2018, autora de una veintena de novelas y un centenar de relatos. Recibió multitud de premios literarios, y en 2003 fue nombrada en su país Gran Maestra de la Ciencia Ficción. En España no es muy conocida, quizá por ser mujer y para colmo feminista, quizá por recibir su literatura la etiqueta, tantas veces reduccionista, de fantástica. Tras la sorpresa de ‘Quienes se marchan de Omelas’, mi siguiente paso como lector respecto a ella era aquel que siempre postergaba: de ‘Un mago de Terramar’ no sabía casi nada, apenas las difusas recomendaciones de dos amigos que lo habían disfrutado en la juventud. En la era del hype y del spoiler, de las polémicas preventivas, del vamos a contarlo todo para no dejar nada a la imaginación del lector o espectador, zambullirme en las aguas de Terramar sin leer siquiera la contraportada fue un lujo para mí, el paradigma del menos es más.

‘Un mago de Terramar’ es la obra principal en literatura fantástica de Le Guin, escrita en 1968, todavía en la estela del éxito original de ‘El Señor de los Anillos’ de Tolkien. Sin entrar en demasiadas comparaciones, la obra de la escritora estadounidense nos presenta también un universo de ficción que se va desplegando ante los ojos del lector, con hechiceros y dragones, viajes a lugares maravillosos, un pasado remoto de héroes legendarios, y una geografía y unos pobladores muy diversos. La gran diferencia es sin duda el ámbito donde se desarrolla la épica: en las historias de Terramar apenas se describen enfrentamientos bélicos, y los grandes combates se libran en el interior de los protagonistas. Casi todo lo que ocurre tiene un alto grado de simbolismo, en consonancia con la tradición mística oriental. Y en ese propósito de la autora para crear una fantasía medieval con elementos ajenos a la tradición europea destaca también el color de piel de Gavilán, el aprendiz de mago que abre el primer volumen de la saga y vehicula el resto.

Para el segundo libro de la colección, titulado ‘Las tumbas de Atuan’, Le Guin reserva el papel principal a una mujer, aprendiz de sacerdotisa, para equilibrar la escasa y estereotipada presencia femenina en la primera entrega. Sin embargo, se echa de menos en las dos novelas iniciales un mayor repertorio de personajes y de situaciones que espero ir encontrando más adelante. Tengo pendiente todavía la lectura de los cuatro libros restantes de la saga, pero ya me reconozco como un habitante más de las islas de Terramar, como lo he sido siempre de la Tierra Media, y me dejo llevar por su fabulosa magia basada en las palabras, y en el nombre verdadero de las cosas.

Ahora estoy recorriendo otra de sus novelas, ‘El lugar del comienzo’. En ella, dos jóvenes de nuestra época, que al principio no se conocen entre sí, huyen de su muy amarga realidad descubriendo un paraje natural que los traslada no sólo mental sino físicamente a un mundo nuevo, donde son recibidos con los brazos abiertos. Enseguida me seduce la capacidad evocadora de su prosa, la tranquilidad que me proporciona leerla, a pesar de que la alegría inicial de la novela se va complicando y oscureciendo a medida que avanza.

Sobre Ursula K. Le Guin, cuya obra se ramifica en ensayos, cuentos, poemarios y novelas señeras de la ciencia-ficción como ‘Los desposeídos’, ‘La mano izquierda de la oscuridad’ o ‘El nombre del mundo es Bosque’ (clara y no reconocida inspiración para la saga de películas de ‘Avatar’), se podría decir mucho en favor de su visión honda y radical del mundo, y en especial de su afán por impugnar lo establecido, por actuar y escribir desde la disidencia. Basta recordar un fragmento de su discurso de 2014 al ser galardonada por la National Book Foundation: “Vivimos en el capitalismo. Su poder parece ineludible. También lo parecía el derecho divino de los reyes. Cualquier poder humano puede ser resistido y cambiado por seres humanos. La resistencia y el cambio suelen comenzar en el arte, y muy a menudo en nuestro arte, el arte de las palabras”.

Resulta ineludible regresar a Tolkien, con quien Le Guin compartía, aun desde trayectorias vitales bien diferentes, valores ecologistas y anticapitalistas. En una de sus citas más conocidas, el escritor británico afirma: “La fantasía es escapista, y esa es su gloria. Si un soldado es encarcelado por el enemigo, ¿no consideramos que su deber es escapar? Si valoramos la libertad de mente y alma, si somos partisanos de la libertad, entonces nuestro deber evidente es escapar, ¡y llevar con nosotros a tantas personas como podamos!”. En esa fuga disidente estamos, y si bien el camino es incierto y puede que ni siquiera exista, por decirlo a la manera del mejor de nuestros poetas, se hace camino al andar.

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