Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión | Disidencias

Periodista

Eso

Los que ya vamos teniendo edad no solo nos sorprendemos con el asunto, sino que, ni muertos, dejamos que nos pongan una correa

No sé si recuerdan la película de Michael J. Fox ‘De pelo en pecho’ (Teen Wolf, 1985), una comedia adolescente donde un hombre lobo estudiante de secundaria se acepta a sí mismo y decide sacarle partido a su condición, convirtiéndose en un tipo popular en el instituto y en un extraordinario jugador de baloncesto.

No era nada del otro mundo, pero resultaba simpática la historia y no provocaba ni miedo ni rechazo. Sin embargo, la licantropía como efecto aterrador aparece en el cine en 1935 con ‘El lobo humano’ y el ya icónico mal de la luna (es curioso que, en inglés, se titulara Werewolf of London, o sea, ‘El hombre lobo de Londres’ y que, en 1981, John Landis, un maestro de muchos géneros, dirigió ‘Un hombre lobo americano en Londres’, revolucionando los efectos especiales y logrando el primer Oscar al Mejor Maquillaje con esa transformación que ha quedado para la historia del cine), aunque será en 1941 cuando ‘El hombre lobo’ se convierta en una película clásica de culto con todos los elementos necesarios para considerarla una de esas pelis de miedo de toda la vida. Aunque hoy ya no dé miedo.

En 1968, nació ‘La marca del hombre lobo’, con nuestro hombre lobo español a través de Waldemar Daninsky, o sea, Paul Naschy, o sea, Jacinto Molina, otro maestro del fantaterror patrio. Tras ellos, llegarían ‘Aullidos’ (1981), donde Joe Dante aún oscurece más la historia y consigue, por momentos, ponernos mal cuerpo o Jack Nicholson en ‘Wolf’ (1994) y algunas más, incluyendo mujeres lobas (’Ginger Snaps’, 2000) donde el patrón siempre es el mismo: el miedo a la bestia externa, la pérdida de la racionalidad y la incapacidad para sujetar los impulsos violentos o salvajes que puedan anidar en la naturaleza humana.

El cine reciente nos ha dado títulos interesantes de individuos relacionados con el reino animal o considerándose parte de ese mundo: la francesa ‘El reino animal’ en 2023 (mutaciones por doquier), ‘Nightbitch’ (Canina) en 2024 (una madre convirtiéndose en perro), ‘Langosta’ en 2015 (esta es una pasada: en una distopía, los solteros son llevados a un hotel donde, si no encuentran pareja en 45 días, son transformados en el animal de su elección), la noruega de 2022 ‘Good Boy’ (atentos a la sinopsis: Christian, un heredero millonario, conoce a Sigrid, una joven estudiante, a través de una aplicación de citas. Congenian rápidamente, pero solo hay un problema: Christian le habla de su perro y ese «perro» parece ser Frank, un hombre aparentemente secuestrado que se disfraza y actúa constantemente como un perro), y más atrás, Cronenberg en 1986 con ‘La mosca’ (no confundir con ‘El hombre mosca’, de 1923, que esta era de Harold Lloyd) y, aún más atrás en el tiempo ‘La mujer pantera’ (1942 y 1944) o ‘La isla de las almas perdidas’ de 1932, sin desdeñar la serie ‘Sweet Tooth’ (El niño ciervo) o las diferentes versiones sobre ‘La metamorfosis’ de Kafka, el relato ‘El asno de oro’, de Apuleyo, con un niño convirtiéndose en cerdo, y que le pasará lo mismo a la protagonista de ‘Cuentos de Cerdo’, de Mari Darrieusecq (por cierto, la película de 1999, ‘My brother the pig’, también explora los caminos del cerdo), o la adaptación de la novela de William Wharton que Alan Parker dirigirá en 1994 y que conocemos como ‘Birdy’, entre tantas otras historias donde humanos y animales intercambian formas de entender la vida. Unas veces, de manera deliberada y, otras, forzados por algún tipo de circunstancia que se les va de las manos o no pueden controlar.

No tenía intención alguna de hablar de eso, porque eso se escapa a mi conocimiento que, sin ser extenso, si me da para conferir que eso se nos ha ido de las manos. Eso es lo que precisamente vi yo, eso, el otro día por San Francisco, aunque otros han visto eso por la Avenida de Miguel Celdrán o por el parque del río Guadiana. Eso que ahora está en todas las redes sociales. Que se ha viralizado, dicen los expertos. Eso que sale en todos los medios de comunicación, en todos los telediarios y en todas esas tertulias donde los que acuden saben de todo y, obviamente, también sientan cátedra sobre eso. Eso, que no es nuevo, no lo han traído los yankis, como casi siempre, que está en la literatura universal, en el cine de toda la vida y en las estupideces de muchos seres humanos a lo largo y ancho del devenir de los tiempos, eso, concretamente, eso no sé si es una moda, un drama social, un capricho de las redes sociales (¿recuerdan a los payasos?), una patología médica, una cuestión psicológica o algo que deba regularse -porque aquí en España ya nos da por regularlo todo para que no se moleste nadie- pero, desde luego, yo eso no lo entiendo, por mucho que la palabra que lo defina tenga su etimología, por mucho que hayan salido algunos diciendo que cuidado que eso es un problema de gran calado y por mucho que unos pocos se dediquen a eso y unos muchos se dediquen a grabarlo para subirlo a sus perfiles.

Yo lo único que sé es que eso no es bueno para salud (ir a cuatro patas puede generar graves problemas de columna), va contra la propia teoría de la evolución, supone un aislamiento social de libro y, desde luego, los que ya vamos teniendo edad no solo nos sorprendemos con el asunto, sino que, ni muertos, dejamos que nos pongan una correa. O un bebedero para el canario.

Tracking Pixel Contents