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Opinión | A mesa puesta

Badajoz

Se nos apaga la cuchara

Propongo un mínimo, casi contractual: un guiso diario en el menú o, al menos, un plato hondo fijo cada semana. Que las escuelas de hostelería lo enseñen con la misma seriedad que una espuma. Que los jóvenes cocineros lo firmen sin complejos: pueden afinar, aligerar, actualizar, pero sin vaciarlo de sentido. Y que el cliente lo valore, porque el precio de un guiso no se mide solo en horas: se mide en pertenencia

Judías blancas con oreja, un plato de cuchara.

Judías blancas con oreja, un plato de cuchara. / LA CRÓNICA DE BADAJOZ

Nos quedamos sin cuchareo. Y no es una frase para titular bonito: es un aviso de barra, de mercado y de casa. En Badajoz -y en tantos pueblos de alrededor- hubo un tiempo en el que el calendario no lo marcaban los "eventos", sino las ollas: lunes de lentejas, martes de patatas con costillas, miércoles de potaje, jueves de callos, viernes de sopa de tomate y sábado de caldereta. El domingo, el puchero con su vuelta larga, su ropa vieja y ese milagro doméstico de “mañana está mejor”.

Hoy la ciudad corre distinto. La hostelería ha aprendido idiomas, técnicas, emplatados y ritmos. Se cocina rico, se cocina bonito, se cocina rápido. Pero, en esa carrera, algo se está quedando atrás: el plato hondo, la cuchara que calienta los dedos, el guiso que llega antes que la conversación. Las nuevas generaciones —cocineros y clientes— se han criado entre una oferta infinita que cabe en una pantalla, y eso tiene algo de fascinante… y algo de peligroso.

Porque el cuchareo no era “comida de antes”. Era cocina de fondo. Era nutrición sin eslóganes. Era economía doméstica y sostenibilidad sin etiquetas: aprovechar, estirar, hacer sabroso lo humilde. Una olla de garbanzos alimentaba a una casa y a un vecino. Un sofrito bien hecho levantaba unas patatas. Y un caldo, con cuatro cosas, arreglaba un día torcido. En un mundo cada vez más globalizado, esto no es nostalgia: es patrimonio.

Y es, además, patrimonio de frontera. En la raya, el plato hondo habla en dos idiomas: aquí potaje, allí feijoada; aquí cocido, allí cozido; aquí sopa de ajo, allí ensopado. Recetas que han cruzado mercados y familias sin pasaporte. ¿De verdad vamos a permitir que una globalización de carta corta y cocina de ensamblaje borre ese mapa emocional?

No ayuda la tendencia a la quinta gama, al guiso “terminado” que solo pide regeneración, al menú idéntico en cualquier sitio y al plato que se sirve sin haber olido a sofrito. La tecnología ayuda, claro. La logística resuelve. Y la cuenta de resultados manda. Pero si convertimos la cocina tradicional en línea de montaje, el sabor se queda sin memoria. No hay atajo que sustituya al chup-chup, ni microondas que imite el paso del tiempo.

Aquí va el llamamiento, claro y sin rodeos: hostelería, no dejéis caer los platos de cuchara. No los escondáis como “especial” de lunes, ni los releguéis a un rincón del invierno “por si apetece”. Hacedlos visibles. Defendedlos. Ponedlos en el centro del menú del día, en la pizarra, en la barra. Que se oiga: “hoy hay potaje”. Que se lea: “hoy hay cocido”. Que la gente vuelva a pedirlo sin pedir perdón.

Y sí, esto también va de crítica. Hemos aplaudido tanto la modernidad que a veces hemos despreciado lo que no luce en foto. Hemos confundido lo tradicional con lo cutre. Hemos permitido que la prisa convierta el almuerzo en trámite: más delivery, más ultraprocesado, más comida lista que llega en bolsa y se come sin conversación. Mientras tanto, se nos pierden recetas que no están en libros: están en manos. En la mano de la madre que calcula el punto sin reloj; en la de la abuela que corrige el guiso con un chorrito de vinagre, una punta de comino o una hoja de laurel; en la del cocinero de barrio que sabe cuándo el garbanzo “ya está” con solo mirarlo. Ese saber no se descarga: se transmite. Y si no se practica, se pierde.

La cuchara no pide museo: pide sitio. Pide una cazuela al fuego desde temprano, un camarero que la anuncie con orgullo y un cliente que pregunte qué hay hoy antes de mirar el móvil. Si la demanda vuelve, la oferta se queda. Y eso también es cultura popular: la de aquí. La de verdad.

A las 13.30, cuando se abre la puerta y entra el frío de la calle, un plato humeante hace más por un bar que diez stories. El vapor llama, el olor convoca, la cuchara fideliza. El guiso, además, mejora con el tiempo: permite planificar, ajustar mermas, trabajar con temporada y dar valor a lo local. No es enemigo de la rentabilidad; al contrario, es una forma inteligente de cocinar con cabeza y con corazón.

Los platos de cuchara exigen tiempo, sí. Exigen planificación, fuego bajo y respeto. Pero ofrecen algo que hoy escasea: identidad. La sopa de ajo habla de madrugones. Las migas, de cuadrillas y campo. La caldereta, de fiesta. Los callos, de barra con conversación lenta. Un plato hondo es un relato, y un bar sin relato es solo un local.

No hace falta inventar nada. Basta con abrir la despensa extremeña: garbanzos con espinacas, berzas, habichuelas con oreja, patatas en amarillo, sopa de tomates, arroces caldosos, caldos de matanza, estofados de temporada. Basta con reivindicar el “hoy se come de cuchara” con el mismo orgullo con el que se reivindica un vino de la tierra. Y, si hace falta, montar jornadas de cuchareo para que el barrio recuerde.

Propongo un mínimo, casi contractual: un guiso diario en el menú o, al menos, un plato hondo fijo cada semana. Que las escuelas de hostelería lo enseñen con la misma seriedad que una espuma. Que los jóvenes cocineros lo firmen sin complejos: pueden afinar, aligerar, actualizar, pero sin vaciarlo de sentido. Y que el cliente lo valore, porque el precio de un guiso no se mide solo en horas: se mide en pertenencia.

Si dejamos que el cuchareo se apague, no solo perderemos recetas: perderemos un idioma. El del “échale un poco más”, el del “siéntate, que aún queda”, el del “pon otra cuchara”. Por eso este artículo no es un lamento: es un toque a la puerta. Hostelería, encended el fuego. Sacad la olla. Volved a dar de comer como se ha dado siempre: con tiempo, con verdad y con cuchara. Porque el día que falte el chup-chup, no faltará solo un plato: faltará un hogar.

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