Opinión | La escotilla
Culturas (y III)
Uno de los muchos cambios que se están produciendo en el mundo es la presencia de musulmanes en territorios donde hasta hace poco la absoluta totalidad de la población era cristiana. No todo el mundo está aceptando bien este cambio
Si les digo que en el siglo XII en una campaña bélica en una ciudad coincidieron los reyes cristianos de Portugal y de León con el ejército (musulmán) de los almohades, más de uno pensará que los dos primeros actuaron contra el tercero, o viceversa. Una reacción coherente con el paradigma más extendido según el cual el Islam y la Cristiandad, mejor dicho, los musulmanes y los cristianos son incompatibles entre sí y de ninguna manera cabría entendimiento alguno. Menos aún en la Edad Media de la Península Ibérica, donde, según este paradigma, sólo cabía entre ellos la guerra y la Reconquista. No fue así, hubo más de un caso de entendimiento y de cooperación entre cristianos y musulmanes en este territorio durante los siglos del medievo.
El caso al que refería más arriba ocurrió en Badajoz, en el año 1169. El rey portugués Afonso Henriques en su afán por ampliar el territorio de su reino había atacado Badajoz y tenía a la guarnición almohade arrinconada en la Alcazaba. El califa almohade, Abu Yakub Yusuf (Yusuf I), pidió ayuda a su aliado Fernando II de León para levantar el sitio. El leonés bajó con su ejército hasta aquí, derrotó y capturó al rey portugués, quien resultó herido de gravedad, y reintegró la ciudad a los almohades. En la historiografía tradicional portuguesa se conoce como El Desastre de Badajoz, pues frenó la expansión triunfal de su primer rey al ser su derrota más sonada. Estos hechos son sobradamente conocidos y pueden consultarse en cualquier manual histórico. Para quien quiera más detalles se puede consultar un artículo que dediqué al hecho en la Revista de Estudios Extremeños del año 2019, que está disponible en línea.
Lo importante es señalar la colaboración entre leoneses (cristianos) y almohades (musulmanes) contra portugueses (cristianos). En estos acontecimientos lo de menos fue la religión, y lo de más fueron los intereses estratégicos y políticos de cada cual. Está claro que el que colaborasen no significa que se amasen profundamente, ni siquiera que se respetasen entre sí. Ejemplo de ello es que las fuentes en lengua árabe denominan al rey leonés con el apelativo denigrante de El Baboso; y las fuentes cristianas sólo utilizan términos negativos para referirse a los «sarracenos» y, en contra de lo acostumbrado, no ensalzan lo que fue una clara y rotunda victoria militar de Fernando II.
Me interesa recalcar al respecto que las fuentes históricas que he manejado, portuguesas, árabes, castellanas y leonesas tienen un rasgo en común. La incomodidad de unos y otros al tratar esta colaboración. Ya se ha mencionado el apelativo dado a Fernando II, a quien, por su parte, los autores de las crónicas cristianas denigran por colaborar con «sarracenos» y devolverles la ciudad. Hay una clara homogeneidad en todos los autores de una u otra religión en su percepción del «otro» como algo inferior y con el que sería preferible no tratar. Esta es una realidad cultural que subyace a la actitud de ambos bandos y va más allá de las evidentes diferencias religiosas. En este episodio y en las fuentes que nos informan de él, la religión se revela como un accidente, lo que en terminología escolática se llama contingente, no esencial. Por muy distantes que estuvieran entre sí los autores cronísticos portugueses, almohades, castellanos y leoneses, compartían este rasgo cultural común, la aversión hacia el «otro» por encima y más allá de la religión que profesase cada cual.
Resalto este rasgo común, pues hay más, porque ilustra muy bien lo que pretendía explicar en anteriores textos en los que, bajo el epígrafe ‘Culturas’, manifesté que la cultura humana es única y que las diferencias a las que tanta importancia damos no son más que accidentes, rasgos contingentes, y no cuestiones esenciales de nuestra identidad como seres humanos. Y creo que hoy en día es importante resaltarlo. Uno de los muchos cambios que se están produciendo en el mundo es la presencia de musulmanes en territorios donde hasta hace poco la absoluta totalidad de la población era cristiana. No todo el mundo está aceptando bien este cambio, en parte por la muy humana, aunque reprensible, aversión al «otro», en parte por la resistencia que siempre crea cualquier cambio, y en parte porque tampoco se termina de entender del todo lo que está pasando. En esta amalgama de incomprensiones se ha terminado de generar una corriente de islamofobia que está siendo instrumentalizada por diferentes grupos y partidos muy escorados a la derecha (la ultraderecha, digan lo que digan, no es un bloque homogéneo, pero esta es cuestión aparte). Los argumentos que utilizan estos islamófobos se articulan todos sobre la base de que la religión es el elemento nuclear de la identidad cultural y por ello dicen defender la identidad cristiana de Europa, aunque muy cristianos no son (como han recordado el Papa y unos cuantos obispos). Paradójicamente, esta reivindicación de la religión propia como elemento nuclear de la identidad cultural es algo que esta gente comparte con las corrientes políticas islamistas. Lo que vuelve a demostrar mi argumento: más allá de la religión la realidad cultural humana es una y compartida. Quod erat demostrandum.
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