Opinión | EL EMBARCADERO
Malditas guerras
Las malditas guerras se pueden entender con una idea: la de que, de todas las criaturas, solo los humanos parecen inclinados a destruir y a matar a los de su propia especie
Hoy es un día como otro cualquiera. Te levantas para iniciar una nueva jornada, que parece ser una más de una rutina conocida. Entre otras tareas, ayudas a tu hija a hacer la mochila para ir al colegio y la dejas en la puerta de su centro educativo tras despedirte de ella con un beso. Es un día como otro, o eso piensas porque, en realidad, no la volverás a ver nunca más. Pocas horas después, entre las 10.00 y las 10.45, un bombardeo, a plena luz del día, acabará con su vida y con la de otras 160 niñas y maestros de la escuela. No es ficción; ocurrió el pasado sábado en Irán, cuando un proyectil alcanzó de lleno el colegio de primaria de niñas Shajareh Tayyebeh, en Minab, al sur del país. Como consecuencia, el edificio de hormigón quedó reducido a escombros y decenas de niñas de entre siete y doce años murieron bajo los restos del derrumbe. Las imágenes parten el alma, con los cuerpos de las menores parcialmente sepultados y, entre los cascotes, mochilas de colores manchadas de sangre y cubiertas de polvo del hormigón.
Se trata del episodio con mayor número de víctimas mortales desde el inicio de la ofensiva liderada por Estados Unidos e Israel contra Irán y de una grave violación del derecho internacional. Este macabro ataque es un acto de absoluta crueldad, una demostración de lo frágiles que somos a un lado y a otro del planeta, de cómo todo puede saltar por los aires en cualquier momento, simple y llanamente porque alguien, a miles de kilómetros de distancia, decide accionar un botón que te cambia la vida. El teatro de operaciones donde sufren las víctimas civiles de los conflictos armados se va desplazando: Ucrania, Gaza, Sudán y ahora le toca a Irán. Un país este, la antigua Persia, en el que el régimen de los ayatolás, ya lo sabemos, ha endurecido la represión estatal y se ha producido un aumento drástico en el uso de la pena de muerte y una sistemática violación de los derechos de las mujeres y las minorías. Ahora bien, ¿esta es la solución?: bombardeos aéreos sobre varias ciudades de Irán por parte de EE. UU. e Israel, saltándose, una vez más, el derecho internacional. Han acabado con el líder supremo de Irán, Alí Jameneí, y, a un tiempo, han desatado la respuesta iraní, colocando a Oriente Próximo al borde de una guerra regional, que veremos hacia dónde deriva.
Regresan los sonidos de la guerra, si es que alguna vez se marcharon. Vuelve la sangre, la incertidumbre, los escombros, el halo de los misiles cruzando el cielo por la noche, el hambre, la subida de los precios y el miedo a viajar a cada vez más países del mapamundi, porque casi ningún lugar es enteramente seguro. El caos amenaza a los ciudadanos de Oriente Próximo, los ataques se magnifican y la inseguridad está más presente que nunca. Las malditas guerras se pueden entender con una idea: la de que, de todas las criaturas, solo los humanos parecen inclinados a destruir y a matar a los de su propia especie. El gran dilema sería pensar si hacer la guerra es un rasgo innato y crónico de la condición humana, impidiendo la resolución de conflictos por medios pacíficos; o podemos creer en la esperanza de que es posible un futuro sin guerra, que ésta tal vez sea un rasgo cultural, una consecuencia de prácticas sociales que pueden cambiarse o eliminarse. Si lo pensamos bien, las guerras hoy en día no se parecen en nada a las anteriores. No solo por el uso de drones y de tecnología puntera, sino porque con cada ataque se rompen algunas reglas establecidas. George W. Bush, hace más de dos décadas, antes de embarcarse en la invasión de Irak, buscó el apoyo del Consejo de Seguridad de la ONU y de una coalición de 49 países. Hoy Donald Trump se ha saltado una vez más la legislación internacional y tiene como único aliado directo a Benjamín Netanyahu, el perpetrador del genocidio en Gaza.
Recuerdo perfectamente las manifestaciones multitudinarias del 'No a la guerra', allá por febrero y marzo de 2003, y el clamor de las gentes que nos congregamos en las calles y plazas. Seguramente fue una de las primeras a la que asistía, con veinte años, junto a mis amigos de la facultad; y esa fuerza colectiva nos sostenía para rechazar con más ahínco la guerra e invasión de Irak por parte de Estados Unidos. Esas movilizaciones antibelicistas nos interpelan hoy a actuar, a seguir levantándonos contra la barbarie y la sinrazón de quienes toman decisiones contra la vida. Tanto en 2003 como en 2026 aparecieron los dos bandos: los dos lados correctos de la historia. Venganza y división, porque hasta en los conflictos más complejos hay que posicionarse a un lado o a otro. Sin embargo, cada vez somos más los que nos pronunciamos siempre en contra de la violencia y a favor de la humanidad. Cada vez somos más quienes pensamos que quizá hoy, en un mundo cada vez más global e interconectado, estas guerras-caprichos tengan menos sentido que nunca. Porque, me pregunto: ¿no hay desafíos mundiales más urgentes que estas guerras, como la emergencia climática, el hambre, la desigualdad social y de género o las posibles pandemias que nos queden por enfrentar?
La paz no puede mantenerse por la fuerza, solo se puede conseguir mediante la comprensión. Esto lo dijo Albert Einstein. La democracia, pienso, tampoco puede alcanzarse con la violencia, ni mantenerse por la fuerza, por mucho que el régimen iraní maltrate a sus ciudadanos, por mucho que alguno se crea el rey del mundo, como Trump, y aspire a ganar el Nobel de la Paz derribando todas las bases de la diplomacia mundial y a golpe de bombardeos. La acción militar nunca es la solución correcta, siempre hay otra mejor para resolver el problema. O, como comentó Winston Churchill en 1954, «darle al palique es siempre mejor que guerrear».
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